Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua


viernes, 27 de enero de 2012

PAZUZU

PAZUZU
“El vientre es el escudo de la hembra, también su arma letal.”Margaret Sanger, co autora de la pastilla anticonceptiva.
Mercedes Mendez Lazarevic denominó como una tarde feliz esa que pasó con sus 10 ex alumnos y ahora sub alternos, riéndose de las formalidades y ceremonias del mundo, con la estrella de la recién creada nueva vida aferrada a su vientre, lista para por fin comprender los misterios y risas que solo la maternidad puede dar a una mujer. La nueva estrella de su gestación relumbraba más para ella que las tres que andaba en sus charreteras a cada lado. Estaba sudando a chorros en su uniforme de gala azul, el cual aún le quedaba holgado. Nadie sabía de su recién estrenado estado de gestación, a los 45 años de edad y luciendo tan lozana como a los 25, pero todos comentaban que no sabían si era el cabello cortado en paje o la expresión del rostro, pero la piloto lucía radiante. Sentada en primera fila con sus diez pupilos, también ataviados de gala, esperaban el comienzo de la ceremonia de traspaso del mando de un jefe viejo, tolerante, erudito y enfermo, a otro viejo, panzurro y al parecer intolerante que asumiría el mando de la Fuerza Aérea de Nicaragua. Los miembros de la banda del ejército no tardarían en sudar doblemente al comenzar a interpretar la pesada marcha del Danto, desafinadamente como siempre. Eso no importaba. Al llegar de nuevo a su enorme mansarda normanda que ella había construido se refocilaría con El Huapango de Pablo Moncayo o con Raví Shankar de la India. Meche, o Merchita, a como era popularmente llamada Mercedes Méndez Lazarevic, solo miraba las enormes cortinas de luz del atardecer en colores flamíferos, posó una mano protectora sobre su barriga aún chata, y sonrió. Sus diez jóvenes pilotos la miraron complacidos, embelesados, esa era la sonrisa, decía uno de ellos, de la Virgen Negra de Praga. Era increíble lo que las hormonas podrían hacer, y atrás quedaba la cara de susto del hombre de ojos verdes que le había puesto la barriga y luego le había rogado temblando que no le fuera a contarle a nadie, pobre cobarde. Mercedes Mendez Lazarevic había construido su propia mansarda normanda como réplica de la que su bisabuelo Jean Mendez había hecho en Rouen, Francia, tenía buenos ingresos y no tendría para que rogarle a un asustado capitán de artillería para que viera por ella. Para el capitán su período de utilidad había caducado. No era casualidad que lo hubiera seleccionado precisamente pusilánime, era para garantizarse que la cría fuera solo de ella.
Volviendo a la tarde de la ceremonia, la mujer estaba en su mejor momento. Les contó a sus chicos, a quienes llamaba su propio Fasimba recordando al rey Shaka Zulu y su regimiento élite, que habían cosas en la naturaleza que eran maravillosas. Los olores del banquete que habría luego de la fastuosa ceremonia llena de piropos almidonados tenían con hambre a todos. Les pregunto a los muchachos si estaban listos para bajar los ojos, y al verlos anonadados, les comentó que los sapos bajaban sus ojos a nivel de la lengua para poder deglutir la comida, empujando el alimento panza abajo. Esta improvisada lección de biología hizo que los jóvenes soltaran una estrepitosa ola de carcajadas y el viejo jefe solo meneó la cabeza. Mercedes Méndez Lazarevic nunca iba a cambiar, con su modo iconoclasta de ver las cosas. No tenía para qué cambiar. No era una oficial promedio. Tenía sólido respaldo financiero que su padre Norberto Mendez le había dejado al morir, el pedigree innegable que confiere descender del rey serbio Stefan Lazarevic, entrenamiento estelar y una valentía única. Proverbial, se diría. Pero eso quedaría para el futuro. Las nubes coloridas, cortinas flamíferas de esa tarde calurosa, tomarían pronto otro color. Tampoco se percató de unas pequeñas volutas de humo gris perla que salían de atrás de un enorme ceibón. Y aunque Mercedes Méndez Lazarévic se hubiera dado cuenta que existía el humo lentamente saliendo, no hubiera podido hacer nada. El poder de Pazuzu, contrastaba con su sudorosa cara de santa bizantina. Mercedes Méndez Lazarévic lo hubiera reconocido de haberle visto. Ella leía mucho en muchos idiomas. Pazuzu era a menudo representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en vez de pies, dos pares de alas de águila,rabo de escorpión y pene con forma de culebra.. También se solía mostrar con la palma de la mano derecha hacia arriba, y la izquierda hacia abajo. Esta posición de las manos simboliza la vida y la muerte, o la creación y la destrucción. En realidad, muchos hubieran creído que la tecnología moderna y la globalización hubieran acabado con Pazuzu, pero como la tecnología de punta mas bien pone los pelos de punta, no era de extrañarse que el viejo diablo del Medio oriente anduviera merodeando esa tarde. Además, el olor a la rica comida que habría en el banquete lo había atraído, y tenía pensado convertirse en sapo para ir a bajar los ojos a la lengua más luego.
En la antigua civilización sumeria Pazuzu era uno de los Siete Demonios Malvados, y era invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. A pesar de ser Pazuzu en principio un ser maligno, no era del todo hostil al hombre, pues su imagen se usaba en amuletos para rechazar a su consorte y enemiga Lamashtu, una especie de réplica de la Lilith reina de los súcubos, un demonio femenino que se alimentaba de recién nacidos y sus madres. Este amuleto se colocaba tanto en la madre, llevándolo al cuello, colgando sobre los pechos llenos de leche, como en el niño, mientras que otros más grandes se colocaban sobre ellos en una pared. Lamashtu ya le habia echado el ojo a Mercedes Méndez Lazarévic y por eso Pazuzu quizás andaba suelto.
Tres días más tarde, después de la ceremonia de traspaso del mando en la cual Mercedes Méndez Lazarevic pasó tan alegremente con sus protegidos, el capitán Arnaldo Tercero, el macho que preñó a la piloto, irrumpió intempestivamente en su oficina muy de mañanita. Sacó a Tita, la mona titi que era la mascota de Mercedes Méndez Lazarevic, inceremoniosamente colgándola de la cola, echó a tres de los pilotos jóvenes del séquito de la coronela, y comenzó a dar gritos. Reclamaba derechos enormes, le refrescaba la memoria que Napoleón Bonaparte había comenzado como un insignificante teniente, ni siquiera capitán, de artillería y fue cuando la lengua mordaz de la mujer le zumbó que lo unico que él tenía en común con el Petit General era la malacrianza, el tamaño de chihuahua atrevido y la capacidad para causar daño. Una súbita oleada de náusea hizo que la mujer saliera corriendo hacia su baño privado. Arnaldo Tercero no era ningún idiota. Hizo sus cuentas y se vio favorecido. Tenía garantizado todo, en sus doradas cuentas. Al ver salir a su ex amante secándose la cara con un pañuelo de seda, toda pálida y sudorosa, supo que tenía que reclamar lo que consideraba sus derechos. Los ojos verdes le brillaron con codicia. Si tenía que casarse para conseguir la mansarda, el Mercedes Benz y la cuenta de ahorros de la mujer en el banco Capital One de Estados Unidos, pues se sometería a eso. Propuso y se llevó el chasco de su vida cuando la mujer solo le dijo que daba criatura y mano en boda sobre su cadáver.
Fueron al final de cuentas palabras vagamente proféticas. Dado que nadie sabía de su estado de gravidez, Mercedes Méndez Lazarévic se ofreció para el día siguiente a llevar unos pertrechos al Río San Juan. Muchos se extrañaron cuando la piloto no quiso llevar a ninguno de sus diez mimados como copiloto .Abrazó mucho a la mona antes de irse, les recomendó a sus muchachos que siempre la cuidaran bien. El helicóptero 325 apodado el Vercingétorix, el mismo que ella bautizó como tal estampándole una sonora botella de Dom Perignon hace años, jamás volvió de esa misión. Encontraron los restos del mismo por el delta del Río San Juan, y los cadáveres de toda la tripulación menos el de Mercedes Méndez Lazarévic. Ni rastro de ella.
La desaparición súbita de la única mujer piloto después de la heroica Zayda González, también muerta en accidente de aviación en los 80, tiró una sombra de nubarrones de duda sobre la Fuerza Aérea. Los periódicos y noticieros solo hablaban de eso. Nadie explicaba la desaparición de la piloto, y no podría haber sobrevivido al impacto que despedazó la nave. Ecos del fundador de Air France, Antoine de Saint-Exupéry, desaparecido antes que acabara la II Guerra Mundial? O para no irnos muy lejos, la piloto gringa Amelia Earhart desapareciendo en 1937? Los 10 jóvenes que fueron sus pupilos se miraban entre sí sin atinar a llorar o reir. La jefa siempre había sido rara, a ellos les constaba. El sabor a escándalo lo propinó el capitán Arnaldo Tercero, quien iracundo arremetió contra los mandos y dijo que era su mujer y había muerto embarazada, que eso violaba las regulaciones de la aeronáutica, que era prohibido dejar volar a una piloto preñada, y que el seguro de vida le pertenecía a él ya que era su mujer e hijo que habían muerto, y como ella solo tenía dos hermanos que vivían uno en Jamaica y el otro en Francia, él debía ser el beneficiario. Al no presentar certificado de bodas, ni chiquito ni grande, el capitán se quedó ladrando como viejo perro cazador al tronco caído, su jefe perdió la paciencia con él y lo echaron preso para que cerrara el pico. Los hermanos lamentaron la muerte de su extraña hermana, se dividieron el seguro de muerte, perdón, de vida, y jamás preguntaron nada más. La enorme mansarda donde ella vivía fue remitida a ser alquilada por una agencia de bienes raíces, pues por sentimentalismos absurdos ninguno de ellos la quería vender. Dijeron que tenían miedo que su hermana mayor se saliera de la tumba a patearles el culo si la vendían, pero que Meche jamás hubiera protestado por unos realitos extras. Los jóvenes pilotos jamás pudieron olvidarla, ni la joven mona tampoco. Eso fue algo clave para después.
John Thomas Hammerstein miró con fastidio su relojito Rolex. Se estaban tomando demasiado tiempo con el sepelio de su mujer e hijo, muertos de forma inexplicable cuando su esposa dio a luz en la mejor clínica de Boston. El tiempo era oro. Su vuelo saldría en unas tres horas para Nicaragua, ya debía estar en el aeropuerto John F.Kennedy de Nueva York. Una muerte, o dos en la familia, no podría jamás ser un escollo para hacer lo que mejor sabía hacer John Thomas Hammerstein: producir dinero. Su estrambótico padre le había puesto el nombre de John Thomas por culpa de haberse enamorado de la legendaria novela erótica de DH Lawrence, el Amante de Lady Chatterley. En la obra, los amantes denominan a sus genitales como Lady Jane para Connie y John Thomas para el leñador. Era una broma pesada, pero así se había quedado. Tenía poco tiempo y solo se atenía a la satisfacción que su dinero había conseguido una vejez de golf y tranquilidad para su bromista viejo viudo. Ahora le esperaba una aventura nueva. Por fin terminaron el sepelio y John Thomas Hammerstein se montó a su limosina. Bárbara Mandrell, cantante gringa de música country, lo hubiera identificado bien como el macho arrogante de su superhit Los Angeles aman a los Hombres Malos, un despiadado con una mano en la calculadora, y otra en sus menudencias. Llegó a tiempo al aeropuerto. Se preguntó, mientras alisaba el cabello rubio sol y se ajustaba bien las gafas, si Howard Hughes al estar en Nicaragua en el último piso del Hotel Intercontinental o Robert Vesco al caer en la nublada Costa Rica se habían sentido igual. El también iba huyendo del goloso fisco del IRS en Estados Unidos. El no iba a permitir, a sus 38 años de edad, que el estado se convirtiera en su petsywetsy, en el gigoló, de lo que a él le costaba ganarse aunque fuera imponiendo casi ley marcial a sus empleados. Iba a Nicaragua a buscar nuevos horizontes, a fundar una maquila de voces, a invertir con mano de obra barata, o voces de comemierdas a como èl catalogaba. El mercader de almas. Así le había llamado su esposa en la reyerta que acabó inesperadamente cuando el diablo interior que vivía dentro de John Thomas Hammerstein le indicó que una patada en el vientre gestante de Alina era la mejor manera de acabar con el ruido. Igualito que el emperador Nerón con su Poppea. Luego había llevado a la sangrante mujer a la clínica con más prestigio de Boston, alegando que un sirviente había arremetido contra su mujer. El dinero compraba muchas cosas, el silencio, o la expresión de impotencia del inspector de policía para quien al rompecabezas le faltaban piezas. Era facilísimo.
Ya sabía John Thomas Hammerstein que en Nicaragua, siempre que hubiera plata, podía hacer lo que le venia en gana. Era harto conocido que ser político era declaración abierta de corrupción, y que eran bastante baratos los politiqueros nicaragüenses comparados con otros en paises más distantes. No era que Urcuyito, al salir huyendo Somoza Debayle, se había vendido por una caja de whisky Chivas Regal?
John Thomas Hammerstein había ido a visitar a su papá antes de planificar su aventura comercial en Nicaragua. Nomás verlo entrar el viejo tuvo el fugaz presentimiento que lo veía vivo por última vez, pero no quiso decir nada al respecto. La última conversación con su padre había dejado algo agitado al magnate, pues el viejo le había expresado resquemores en cuanto a su nuevo proyecto. Billy Hammerstein era republicano, protestante a su manera, temeroso de dios hasta donde podía, estaba viudo y tenía los mismos ojos de color indefinido que su ambicioso hijo único. El hubiera querido nietos, lamentaba la súbita muerte de su nuera al dar a luz, tener una vida de familia con su unigénito, pero John Thomas Hammerstein estaba decidido a solo proveerle mucha comodidad física y nada más. Nunca iba a cambiar. Billy Hammerstein se resignó solo a darle una bendición de mala gana, no quería luego tener motivos para autoculparse si algo le pasaba al hombre en Nicaragua. Solo le dijo que no escatimara dinero y esfuerzo para buscar la mejor protección, porque no era el favorito de muchos en Estados Unidos y la mano de los gringos era más larga que la del zar y Stalin revueltos juntos en la historia de Rusia.
Durante su vuelo a Managua, John Thomas Hammerstein fue cavilando sobre las recomendaciones de su papá. No se hacía ilusiones. Venía a hacer dinero, que era lo que mejor sabía hacer en su vida. Era un desastre de hombre como marido, o amante o cualquier otra cosa. No iba a dejar ancla en Nicaragua, solo venía a crear una máquina de hacer dinero y nada más. Estaría en Managua hasta que dejara bien montada su empresa y después a otra cosa, a otro lado. Pero quería estar cómodo, y traía entre sus cosas el teléfono de alguien que le podía proveer con todo lo que necesitara en los dos años que pensaba estar en Managua. Recordó la leyenda de Howard Hughes, magnate de aviación que estuvo recluso en el último piso del Hotel Intercontinental hasta que el terremoto de diciembre de 1972 lo sacó volando. Para entonces el multimillonario no tenía contacto con el mundo exterior, un recluso de pelo imbañable y uñas enormes. El no iba a hacer nada similar. Quería vivir en una casa que no aparentara ser tremendo bunker aunque lo fuera. No la iba a comprar, pero ya había alertado a su persona de confianza en Nicaragua que venía a ocupar una genuina residencia y no otra cosa, debía de tener las condiciones adecuadas o no entraba a vivir en ella. Iba a requerir un buen equipo de seguridad personal, la última tecnología y la garantía que su último proyecto no iba a costarle la vida.
La idea era venir a hacer dinero, no a convertirse en un bonito cadáver.
David Mendieta era su hombre de confianza en Nicaragua. El hombre, nacido en una familia aburguesada, había estudiado en Estados Unidos y luego cometió lo que muchos consideraron un desatino: se repatrió y se metió al ejército nicaragüense. Tras una carrera accidentada que lo había llevado a Cuba, a la entonces Unión Soviética y luego a El Salvador, David Mendieta estaba aburrido de todo. Había sido echado del ejército por nimiedades, pero para entonces ya era teniente coronel y había amasado una pequeña fortuna no dejándose poner la bota encima, aprendiendo a comerciar con el dolor y la preocupación ajena. Supo aprovechar su momento negociando con la angustia de las madres, cobrando buenas sumas cuando el servicio militar obligatorio se llevaba a los chicos de papi que no querían ir a molerse los huesos en los tristemente célebres Batallones de Lucha Irregulares(BLI) que proveían la carne de cañón en la guerra fratricida de los 80. Cuando John Thomas Hammerstein arribó a Nicaragua en medio de una lluvia con sol ya lo esperaba David Mendieta en la pista del aeropuerto, listo para llevárselo al salón VIP, donde aún no habían barrido las colillas de cigarros dejadas por un grupo de peludos, tatuados y malmasticados reyes del perreo que habían llegado a alborotar a los chavalos nicas el día anterior. David Mendieta se lo llevó a su residencia porque el gringo había dicho que no confiaba en los hoteles, que él era cara conocida y lo podrían identificar. En su casa ya no vivían ninguno de los tres hijos procreados con la esposa, y la mujer había sido aleccionada para que no le asustara los frijoles que aun no había comido al estadounidense apenas pusiera pie en la casa.
Al día siguiente de su llegada, el magnate pidió ser llevado a ver la casa que se había adaptado para él. Con amabilidad le dijo a David Mendieta y su esposa que ya tendría tiempo para ver las bellezas del país. Había visto en fotos varias residencias posibles pero la mansarda normanda que fue de una piloto muerta años atrás lo flechó desde el inicio. Había instruido a David Mendieta que hablase con los dueños o apoderados y los hermanos Méndez habían opuesto una medida de resistencia cuando se les dijo que la casa de su hermana iba a sufrir ciertos cambios para mejorar la seguridad. Pidieron una cantidad bastante elevada, alegando que a lo mejor esos cambios jamás le hubieran gustado a la dueña original, limitaron el contrato a dos años sin prórroga y buscaron al notario más caro de Managua para garantizarse que todo fuera conforme sus deseos. Poder adquirir, aunque fuera solo los cambios, y no la casa en sí, le daba a John Thomas Hammerstein el regusto a poder, ese poder brutal, navajero, trapero del capital. Dollars are bullies, los dólares mandaban a la brava, quién lo dijo, Rockefeller? Bueno, la familia de Rockefeller había logrado borrar el Lenin del mural enorme que le jodieron al azteca Diego Rivera.
Los Méndez eran gente bastante difícil, pero la coronela Méndez Lazarévic siempre fue rara. No era de extrañarse que sus hermanos menores la consideraran un poco como diosa casera, aún después de muerta. Cuidado y le alumbraban velas como a una santa, pensó con sorna David Mendieta al firmar el contrato leonino por el alquiler de la casa.
John Thomas Hammerstein confirmó que su flechazo había sido bueno cuando vio la propiedad donde iba a residir por 2 años. Era el hunch, como decía su padre, el pálpito que era un sitio importante. David Mendieta observó la expresión en el rostro de facciones perfectas del magnate. Era la adrenalina adquisitiva, la misma que había sentido hace tantos años la coronela dueña de la casa cuando vio El Columpio de Jean Honoré Fragonard en Europa… aunque sabía que era imposible adquirir la obra. La casa no estaba a la venta. Eso se lo habían enfatizado los hermanos Méndez cuando David Mendieta firmó el contrato. Bajaron de la camioneta 4runner de David Mendieta. La residencia estaba enclavada al costado sur este de Managua, en las coordenadas (N12º03`14.01” W086º16`07.89”) en un área con poca densidad poblacional, con un solo camino de acceso de todo tiempo y sin revestimiento. El entorno le encantó a Jo hn Thomas Hammerstein, no quería estar en un barrio superpoblado. Era una zona alta con clima helado, húmedo, lluvioso y brumoso en horas de la tarde y madrugada, horas en que los ángeles peinan sus imaginarios cabellos para hilar tragedias reales, terreno escarpado con vegetación exuberante, pájaros atrevidos y hasta uno que otro zorro meón que se anunciaba con su perfume de amor, pendientes pronunciadas que dificultaban la visibilidad y permitían el acercamiento de sospechosos hasta el muro perimetral del terreno, enclavado entre los distritos 5 y 3. John Thomas Hammerstein sabía que iba a alquilar la casa hecha por una leyenda urbana de Nicaragua, por una extraña mujer que en su cabeza portaba un velo tenue de misterio y excentricidad. Quién era la persona que pudo haber creado una residencia así? John Thomas Hammerstein pensó que le hubiera gustado conocerla, una self-made woman, una luchadora. Por qué el kismet, a como llamaban los turcos al destino, se llevaba a las mujeres extraordinarias y dejaba un montón de anodinas pedigüeñas sueltas para fastidiarle la vida al prójimo, musitó John Thomas Hammerstein mientras David Mendieta le iba explicando los detalles de la casa. David Mendieta explicaba con detalles sobre el lugar escogido. Le llamaba a la casa “el objetivo”, y se encontraba por el costado sur este de Managua, en los ejes de carretera de la pista de que conduce a la Rotonda Universitaria y el paso a desnivel de la Carretera a Masaya y La pista a Villa Fontana. Y los vecinos, ah bueno, iban a estar de larguito, aclaró David Mendieta comenzando a sudar a chorros. Sabía que el señor era misántropo. Habia hacia el norte un terreno baldío con un frente de 200 m. y cerco de malla ciclón. Al Sur estaba una Pista de promedio y el colegio LASALLE con un frente de 140 m. y la gasolinera de PETRONIC con 60 m. y muro de bloques de 2.4m de altura. Al este está la Pista de promedio y el Hospital Monte España con 68 m. de frente y gasolinera PETRONIC con 65 m y muro de bloques de 2.4m de altura. David Mendieta le aclara que ese centro de atención no es alternativa, pues le dejan tijeras en el cerebro a los operados y luego funcionan mejor. Para el occidente hay un cauce de por medio y un terreno baldío que mide unos 170 metros en total. del cauce, pendientes pronunciadas hacia el Norte y Oeste del Complejo Financiero que dificultan la visibilidad y permiten el acercamiento de sospechosos hasta el cerco perimetral del objetivo, enclavado al igual que la residencia entre los distritos 5 y 3 por lo que es atendido por las estaciones policiales de ambos distritos en los cuales según estadísticas y la apreciación de las capacidades de respuesta de la Policía Nacional estos tomaran más de 20 minutos para el distrito 5 localizado a 1.2 Km. Al este del Objetivo y de 40 a 45 minutos para una respuesta de la delegación del distrito 3 localizado a 5.3 Km. Al oeste del objetivo a quien por jurisdicción le corresponde en responder ante hechos extraordinarios.
David Mendieta no le quiso mencionar que en el cauce que pasaba cerca encontraron en 1992 la cabecita de una chiquita vende tortillas cuyo cuerpo preadolescente encontraron violado a varias cuadras de ahí. Hubiera sido problema mayor. Claro, a la policía de Nicaragua trompeteaba que era el paisito mas seguro de toda America Central. David Mendieta jamás le dijo a su cliente norteamericano que de las Fuerzas Policiales de ambos distritos sabemos según estadísticas que la actividad delictiva más significativa y que pudiera incidir en el bienestar del cliente en cuestión, de por sí un prójimo perseguido por las autoridades de Estados Unidos. Si supiera de ellas, gritaría soy Americano no disparen..?La lista era más grande que la de judíos salvados por Schindler durante la II Guerra Mundial. Y había para todos los gustos:149 Robos con Intimidación , lesiones, homicidios, asesinatos, amenazas, estupros, a todo color y sonido. Las denuncias eran incontables, resueltas aún menos contables. Y ahí iba David Mendieta a meter a John Thomas Hammerstein, en la hipnóticamente atractiva mansarda normanda que había dejado la coronela enigmática al desaparecer unos años atrás.
David Mendieta se ufanaba de haber preservado la casa-hasta donde las medidas de seguridad de inserción de cámaras de circuito cerrado, diapositivos infrarrojos, termostatos y otros aditamentos había permitido-a como si estuviera viva y habitando ahí la coronela legendaria. Mencionó que entre el personal de seguridad iban dos elementos que fueron muy allegados a la dueña de la casa, una cocinera de origen indígena, y el hombre que coordinaría todo dentro de la casa.
John Thomas Hammerstein de vez en cuando iba alzando una ceja al oir la cháchara de David Mendieta, un gesto de ironía que era mitad tic nervioso y mitad burla sencilla. En realidad era un asunto harto serio, su vida estaba en peligro. Le gustaba la casa, aunque posaba ciertos riesgos para la seguridad. Un incendio convertiría la mansarda en un infierno mortal. La residencia tenía un cierto encanto, y John Thomas Hammerstein era demasiado susceptible al encanto. El charme, a como decían los franceses, era un poco de veneno y tres partes saber caer en su tentación. Una vez afianzado el compromiso del magnate de residir ahí, tras un copioso almuerzo ejecutivo, David Mendieta comenzó la faena de detallarle al hombre cómo sería el asunto de velar por su seguridad. Le planteó que era carnada jugosa no solo para extremistas, sino también para las fuerzas del gobierno de los Estados Unidos, donde era buscado por evasión fiscal y otras acusaciones más. Tenía que ser una fortaleza infranqueable, pues él era un objetivo viviente. Donde estuviera siempre tendría que mirar sobre el hombro. Su enorme caudal de dinero lo convertía en fácil presa de estafadores, asesinos, mujeres acostumbradas a abrir sus propias cuentas de banco cerrando todo paso a la decencia. Y las infiltraciones? Le podían meter un caballito de Troya. La casa en sí era un blanco. Era una de las vías de acercamiento que pueden emplear los grupos delincuenciales o los sabuesos del IRS de su país, con la finalidad de realizar un acercamiento gradual al objetivo, el reconocimiento de las características del área interna del objetivo, el conocimiento de la rutina del objetivo, la relación con el personal y el detalle de los sistemas de seguridad.

Generalmente para cumplir esta tarea se utilizaban puestos de trabajo claves en el objetivo, que tengan acceso a todas las instalaciones y que pasen desapercibidos como jardinería, personal de limpieza, conserjes, cocina, guardas de seguridad, conductores, o mantenimiento, además esta tarea la puede cumplir personas que no trabajan permanentemente en el lugar de residencia pero que por las características del trabajo que realizan se familiarizan con el personal cercano al objetivo como son proveedores de todo tipo, trabajadores de mantenimiento externo, etc. Otro potencial de peligro para el magnate norteamericano estaba en las emboscadas, que llevaban a un posible secuestro y el asesinato. De acuerdo a las características topográficas del terreno es posible la realización de este tipo de amenaza específicamente en tres tramos de la vía de acceso principal con características apropiadas para este tipo de acción. Una era en el inicio del tramo de tierra hasta la salida de la primera vuelta a 1.9 Km de la entrada. Otra era la segunda vuelta hasta el colegio Emmanuel Mongalo a 3.1 Km de la entrada. Y no habría que olvidarse de la pasadita por el Colegio Odontológico en el terreno sembrado al este de la Vía a 3.2 Km. No se podía descartar la actuación de una fuerza con capacidad operativa empleando tácticas militares capaces de aprovechar las condiciones de la vegetación, la poca visibilidad y la dificultad de tránsito de la vía.
Las emboscadas tienen siempre como característica la rapidez en la acción, Era clave el factor sorpresa…vaya si no lo supo el dirigente irlandés Michael Collins cuando lo atraparon en West Cork allá por 1922. El empleo de personal experimentado en este tipo de acciones, el conocimiento exacto de la rutina del objetivo, el conocimiento pleno del dispositivo de seguridad que acompaña al objetivo, el empleo de armas de asalto de alta cadencia de fuego y el aseguramiento de una vía de escape a prueba de riesgos. Este tipo de acción es realizada generalmente por grupos externos pero deben contar con suficiente información del objetivo que les permita dominar la situación y adelantarse al mismo (necesidades que reúnen mediante la implementación de lo que se conoce por infiltración). David Mendieta consideraba que este tipo de acción es el que tiene mayor probabilidad de ser puesto en práctica considerando la naturaleza del delito y su comportamiento en el periodo analizado. No se ha percatado que tras abrir una especie como de auditorio, donde está el piano de semi cola Wurlitzer, unas tenues volutas de humo han comenzado a salir de una esquina, por donde está colgada de un clavo una guitarra andaluza, la cual supuestamente perteneció a Francisco Tárrega, el maestro a quien le debemos el arte de bien tañer la guitarra.
Para asaltos, era otro lío por completo. Este tipo de acción se llevaría a cabo en la casa de habitación del objetivo y en su realización se podría dar utilizando personal altamente preparado para este tipo de acción con armas de guerra de alta capacidad, particularmente por la noche o durante actividades recreativas desarrolladas en la casa. Lo bueno, pensó David Mendieta es que el tipo era un misántropo y no se esperaba que diera fiestas o nada parecido. Taciturno, dado a largos silencios, no parecía como un hombre que tuviese demasiados amigos. John Thomas Hammerstein era un islote de piedra, como aquel en el cual enterraron al violinista Nicolás Paganini porque los curas no querían sepultarlo en tierra consagrada de camposanto cristiano. Otro temor que albergaba David Mendieta era que lo hicieran volar en trozos a su cliente, tanto por mérito propio como por accidente. Considerando que el objetivo esta enclavado en una zona exclusiva en donde residen Personalidades de la política y la economía nicaragüense, estos son susceptibles de ser Objetivos Blancos. Las condiciones de la vía y la costumbre de los depósitos de basura visibles sobre la vía facilitan la colocación de artefactos explosivos. Estos tendrían capacidad operativa para realizar golpes propagandísticos, ajuste de cuentas y asesinatos por encargo que son característicos del crimen organizado donde se incluyen los grupos de poder de distinta índole, sobre todo político. Los puntos críticos eran numerosos, pero quién estaba 100 seguro en cualquier lado? Lo único seguro era la muerte.Y las volutas de humo que nadie se había percatado que surgían de rincones.
Los puntos rojos estaban por doquier. sobre la vía saliendo del residencial en dirección a los semáforos del Club Terraza, eran numerosos. Estaba el Empalme con camino vecinal por el Este a 600mts. de la entrada. El otro empalme con camino vecinal de entrada a Residencial Altos de Villa Fontana por el Oeste después de la curva que topa con el tanque de agua a 1.1Km. de la entrada. Era como un campo minado en las costas de Normandía durante la II Guerra Mundial. Empalmes por doquier, centros comerciales que aunque pequeños eran propios para un ataque. salida al Este con 3.6 Km . de longitud por el itinerario).Era una zona repleta de sitios propicios para atrapar a cualquier objetivo, como la Rotonda La Centroamérica con su comiquísima piedra citando a un magnate que pedía a dios piedad por los pobres(aunque él nunca la tuvo en sus empresas), la Rotonda Universitaria en honor al poeta Rigo Lopez Perez quien había ultimado a balazos al fundador de la dinastía Somoza, la Rotonda Jean Paul Genie (en honor a un adolescente rico de pelo castaño quien había perecido baleado por un escolta del general Humberto Ortega, y para colmo era hijo único), la Plaza de Las Victorias (carretera a Masaya frente al Hotel Princess, para honrar al púgil que fue tricampeón de boxeo hasta que cometió el desatino de meterse a político y todos apuntaban a la fea mujer del dictador por el supuesto suicidio del deportista), la Rotonda de Metrocentro con un facsímile de la firma del bardo Ruben Darío colocada en una placa, la “Pana de Polvo” a como era llamada popularmente le insurrecta Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la Universidad Centroamericana y la pista que culminaba por los Semáforos de Villa Fontana. Cualquiera hubiera dicho que David Mendieta pensaba que se despacharan pronto a su cliente estrella, pero como con los abogados nunca se sabe qué traen entre manos.
Iba a ser una jaqueca cuidar al cliente estrella de David Mendieta. Era tan conspicuo, no solo por su dinero, sino por su historial, actitudes, y un mostacho a lo Vercingétorix que daba risa a algunos, y que orientalizaba su rostro de tez pálida. Cierto, John Thomas Hammerstein iba a ser una buena fuente de ingreso mientras estuviera en Nicaragua, pero iba a ser un dolor de hígado también. Sus preferencias y cuitas personales habían arribado en un grueso expediente meses antes para que David lo estudiara a profundidad. Era una pluma blanca en el sombrero de David Mendieta, hubiera dicho el rey Enrique IV de Borbón de Francia. Para enfrentar todas las barbaridades que podrían acontecerle a John Thomas Hammerstein, iban a ser necesarias extremas medidas de seguridad, entre ellas un dispositivo de seguridad física, otro de seguridad electrónica, sin olvidar el de inteligencia respuesta rápida en caso de emergencia.
La seguridad física de John Thomas Hammerstein tenía que contar con personal, armamento y medios de apoyo suficientes para enfrentar con relativa comodidad las amenazas y tareas cotidianas de seguridad y protección física del gringo y su entorno, ocupantes del inmueble, garantizando su privacidad. Iba a ser difícil. El personal debía incluir como mínimo, un jefe de dispositivo, un supervisor que fungiera como sustituto del jefe de seguridad, operadores de circuito cerrado de TV razón de uno por turno, guardas de seguridad siendo ellos 10 por turno (según se determinó en el estudio de área y planes de seguridad en este caso en particular), el uso de patrulla de perros en la residencia, y la patrulla motorizada en los lugares de acceso a la residencia. Las armas a ser usadas en la protección del magnate iban a ser provistas por la empresa de seguridad que lo iba a proteger. Entre ellas iban armas cortas como pistolas para el personal de seguridad, particularmente calibre 9mm Semi Automática Doble Acción para los posiciones de resguardo en la residencia y el edificio en el cual instalará John Thomas Hammerstein su call center. Entre las más recomendadas varias pistolas TANFOGLIO, Modelo MAPP1MS ya que estas tienen muchas más ventajas sobre los revólveres en cuanto a Cadencia de fuego (180 D/M), capacidad de carga (16 + 1), poder de Parada (115 Grano) (165 J).La Pistola Glock de fabricación alemana se recomienda también en el Modelo 17 ó L-17, considerando sus características técnicas y sus limitados requerimientos de mantenimiento, alta calidad y confiabilidad), para la seguridad en marcha empleada por el conductor escolta. Las escopetas Cal. 12 con cartuchos de perdigones de los tipos Sloock, Buck 00, 04, 08 para ser empleados para los diferentes tipos de fuego según las necesidades tácticas. El hombre que va a estar a cargo de la seguridad del magnate recomienda acerca de las escopetas semi automáticas actualmente la Fábrica de Escopetas Safir de Turquía introdujo en el mercado la SAFIR T-14 en calibre 410 este modelo está basado en la carabina de asalto M-16 con sistema Modular a sí que se puede adquirir como accesorio al igual que los módulos de los rifles 7.62mm x35 Rusia, 6.8mm, .308, .50 GI. Finalmente, el M16 estadounidense es uno de los fusiles de asalto más populares de la historia. Su eterna rivalidad con el AK47 y su intervención en los principales conflictos armados del siglo XX, le han granjeado una enorme fama internacional. Bajo esta perspectiva, no es extraño que su inconfundible diseño haya sido objeto de copias durante muchos años. Una de las últimas en unirse a esta moda procede de la firma turca Safir Arms y su familia de escopetas T14.
La compañía Safir Arms inició su camino en el sector armamentístico en el año 2005. Con sede en Estambul, la empresa otomana ha estado durante prácticamente los últimos tres años trabajando en un proyecto único: la fabricación de una escopeta con un diseño similar al del clásico M16. Después de pruebas y múltiples estudios, en 2007 salió a la luz el primer prototipo de lo que posteriormente se convertiría en una completa familia de escopetas. Aquel primer prototipo recibió la denominación comercial de T14 y se alimentaba con cartuchos del calibre .410 (36).
Andrés Framingham Norori , producto de la aventura de un inglesito enamorado del tercer mundo y una indígena monimboseña que no se quiso casar con él .Posteriormente la mujer, Amanda Norori, se casó con otro monimboseño, a quien le caía en gracia tener un hijastro chele. Sin embargo, tanto insistió el inglés que deseaba criar al niño que la madre se lo dio por completo cuando el muchacho ya tenía 4 años, y desde entonces fue criado solo por su papá, quien era ya un viejo rabo verde, ex miembro de las fuerzas élites del ejército británico. El aventurero británico estuvo en las Malvinas donde le metieron un tiro en la columna y fue tan suertero que no solo no quedó en silla de ruedas, sino que lo pensionaron jugosamente. Andrés Framingham Norori era el hombre que tenía a su cargo la seguridad de John Thomas Hammerstein. Andrés Framingham Norori era la joya de la corona de su papá. Hablaba perfecto inglés y alemán, y había sido de la élite de favoritos de la coronela Mercedes Méndez Lazarévic, quien fue su maestra y le crió el buen hábito de ser detallista. No faltó quien dijera que Andrés Framingham Norori había tenido amoríos con la oficial, pero en realidad solo les había unido una entrañable amistad. Andrés Framingham Norori siempre estuvo enamorado de ella, pero al ver que la coronela no tenía inclinaciones amorosas por él ni por nadie más, se resignó a ser el confidente de la militante soltería de la mujer. Era un experto en armamento, le encantaba la lectura y tocaba guitarra. Conocía las virtudes de las armas de memoria, las consideraba tan genuinas obras de arte como cualquier pintura de gran maestro y poseía una memoria fotográfica. Su violenta salida del ejército después de haber estado en Iraq se debió a la natural rebeldía que todo intelectual lleva adentro, y aunque Mercedes Méndez Lazarévic le aconsejó que no se fuera así, salió corriendo ganándose el apodo del Renegado. El segundo golpe de su vida fue cuando supo que Mercedes Méndez Lazarévic había desaparecido estando embarazada. No sentía celos, solo piedad por el latoso capitán de artillería que le hizo el hijo a su mejor amiga. Cuando su cuñado David Mendieta le había confiado que iba a atender a un potentado gringo, creía que era ficción. Tenía tildado de iluso y tonto a su cuñado, no se explicaba cómo su prima se había casado con él. El amor era ciego y te hacía estúpido, pensaba Andrés Framingham Norori, y pronto estaba destinado para confirmar de nuevo que esa frase suya era pavorosamente genuina y comprobable.
Volver a la mansarda, pensó Andrés Framingham Norori mientras rellenaba su pipa de tabaco y la prendía. Después de la desaparición de Mercedes Méndez Lazarévic había vuelto a fumar, no como una chimenea, pero sí cuando necesitaba relajarse un poco. A Mercedes Méndez Lazarevic no le gustaba que fumara, y siendo él su alumno en una ocasión casi se muere del susto cuando Mercedes Méndez Lazarevic le apagó un cigarrillo en el cucurucho y la quemó el cuero cabelludo. Iba a ser difícil recorrer la larga entrada a la casa de su amiga, sabiendo que ella no estaría ahí con sus gatos, su música de Claudio Gizzi y Ravi Shankar, y la sazón perfecta para unas pechugas a la Kiev o un buen gallo pinto sazonado con chile y aceite de coco. Ella había sido la mujer perfecta, y se le había escapado de las manos. Era casi una desecración que su casa hubiera sido puesta para alquiler, por lo menos imaginaba que los hermanos Méndez habían sacado buen dividendo. Era como prostituir la memoria de su amiga al capitalismo, pero los hermanitos de su amiga siempre habían sacado mayor ventaja de tenerla en la familia. Andrés Framingham Norori no podía ponerse sentimental tras haber firmado el contrato para dar cobertura a John Thomas Hammerstein durante los dos años que estaría en Nicaragua armando su zona franca refrigerada. Eso era como mejor podía definir a los call centers. Si viejo padre laboraba en uno para no perder la costumbre de trabajar, además que se consideraba joven a los 61 años. Por supuesto que el salario era bajo, pero el viejo Framingham gozaba trabajar a la par de jóvenes imberbes y chicas con pelo morado, tres tatuajes en las nalgas y nada en la cabeza.
Su padre vivía feliz en Nicaragua, posponía las visitas a Londres y aportaba bastante a la empresa de seguridad que su hijo y dos otros retirados del ejército habían montado. Le preocupaba intensamente la soltería de su único hijo, pues él deseaba la delicia de tener nietos, pero enfin, Andrés Framingham Norori tenía 40 años, tenía tiempo para escoger bien y hacer hijos. De momento quizás, pensó su padre, estaría bastante entretenido.
Andrés Framingham Norori tenía mucho en qué pensar, desde la escogencia de canes para armar el grupo de técnica canina para actuar como elemento disuasivo en el area residencial y perimetral, con todo y vehiculo de doble tracción para que sirva de patrulla motorizada, previendo que sea un vehiculo tipo cuadraciclo para que sea agil y económico a la vez. Había que conseguir los mejores radios portátiles con audífonos para los guardas de seguridad y radio base para el control de circuito cerrado de TV. Una estación de radio móvil para la patrulla motorizada y una estación telefónica satelital en el vehículo principal serían parte de las necesidades básicas para proteger a John Thomas Hammerstein. La Seguridad Electrónica debe dejarla en manos experimentadas,
La seguridad electrónica incluye un sistema de circuito cerrado de televisión. El magnate va a ser cuidado por un equipo de 5 hombres rotables cada 8 horas, En realidad, vivir tan vigilado no es vida. Pero un solo descuido le podría costar la misma vida que no es vida. Iba a estar en manos de quizás gente más traumatizada y con tendencias sicópatas mas agudas que las de muchos criminales. John Thomas Hammerstein necesita llevarse una victoria empresarial más de Nicaragua. Está convencido que su plata lo puede todo. No quiere comenzar desde cero. Quiere tener información veraz de los call centers ya existentes, y si así mejor puede comprar uno ya hecho, aunque pague el doble de lo que le costaría comenzar uno desde el punto de partida, mejor. Haría una operación limpieza del personal, contrataría nuevo personal si fuese necesario, pero le urgía jugar a ser dios. Era una enorme necesidad. David Mendieta no quiso opinar nada al respecto, solo se limitó a confirmarle una serie de citas y entrevistas. Para entonces el costo sistema de seguridad y escoltas de John Thomas Hammerstein ya estaba montado, y el hombre estaba que rascaba por entrar en acción. Andrés Framingham Norori estaba pendiente del más mínimo detalle, pero aún así nunca se percató que unas pequeñas volutas de humo, como de incienso, parecían aparecer en los rincones de la enorme casa. Parte del personal que Andrés Framingham Norori había seleccionado incluía personal que hubiera contado con el sello de aprobación de su difunta amiga. Era gente buena, honrada, acostumbrada a dar lo mejor de sí. Y John Thomas Hammerstein siempre estaba listo para exigir más.
Un mes después de arribar a Managua, el magnate gringo encontró lo que deseaba. Era un enorme call center ubicado a la salida de Managua, con unas 1500 almas trabajando ahí, incluso el padre de su jefe de seguridad. El propietario mayoritario vivía en la vecina Costa Rica, aunque no huía del IRS estadounidense como él. Hace unos años sus caminos se habían cruzado en Nueva York, y John Thomas Hammerstein recordaba a Blake Erickson como un gordinflón acomplejado, ataviado con un chillón dashiki que le quedaba como carpa de circo, una predilección por anunciarse semidesnudo en sitios como Fanbox o Tagged, aunque en público le encantaba proclamar de ser el cabeza de una familia cristiana y modélica. Era conocido que tras su fachada de patrocinador de eventos deportivos y artistas de “buenas costumbres”, Blake Erickson era un negrero con sus agentes y de vez en cuando bajaba como obeso buitre a consumir chicas de su empresa, las llevaba a comer y luego a una casa en las afueras de Escazú, en San José, llamada en broma El Matadero por sus escoltas. Luego la nena de turno desaparecía de la planilla y no era mencionada por persona alguna. Una no persona, como cuando Stalin le agarraba tirria a alguien y los hacía desaparecer. Algunas veces era descarado, como cuando Stalin obligó al gran militar Frunze a someterse a una innecesaria intervención quirúrgica estomacal y de ahí Frunze salió bien fruncido, tanto que no había más que hacerle que enterrarlo. Los métodos de Blake Erickson eran harto conocidos, pero en realidad nadie sonaba el pito sobre lo sucedido. Había demasiado de por medio. La plata platicaba. Por eso Andrés Framingham Norori, quien no había visto demasiados buenos tiempos desde que lo echaron de las fuerzas armadas, se encogió de hombros cuando el gringo le dijo de su viaje a Costa Rica. Era un viaje de negocios, y aunque Costa Rica no le gustaba mucho porque habían demasiado ticos ahí, Andrés Framingham Norori se alistó para viajar.
En un rincón de la mansarda, una pequeña columna de humo va subiendo hacia una de las ventanas. Pazuzu no sabe que hacer, aunque las leyendas lo ponían como un todopoderoso. Se siente cansado, se estira y la voluta de humo blanco, casi transparente, se hace un poco más larga. Si alguien estuviera viendo con detenimiento, se percataría de la presencia de este fenómeno. Pazuzu ha hecho lo que le tocaba, defender a la coronela y su gestación, y miren cómo había acabado todo, la mujer y cría idos, la casa alquilada a un capitalista que atropellaba a todos, y Andrés Framingham Norori, a quien creía Pazuzu de confianza, siguiendo como sabueso fiel al norteamericano. Cuántas veces lo vio Pazuzu contenerse la angustia, preocupado por las excentricidades de la mujer que con suavidad le decía no? Y cuando se difundió la noticia que no había regresado del último vuelo, y que no se había encontrado rastro de ella? Pazuzu había retorcido varias cuerdas de la mandolina del destino, trayendo a la mansarda a tantas personas que habían tenido contacto con Mercedes Méndez Lazarévic, hasta la mona que había sido comprada a buen precio por el magnate era la misma que estaba en la Fuerza Aérea. El propósito tenía que cumplirse. Pero en cuanto tiempo? Pazuzu se daba cuenta que la paciencia nunca había sido su mejor aliada. Sentía sus alas cortadas, su poder limitado. Pero era cuestión de seguir adelante. No estaba contento consigo mismo. No le gustaba sentir emociones humanas. Eran tan complicadas.
Virgilio Ovidio Andrade despertó de un sobresalto que casi le saca el corazón del pecho. Estaba bañado en sudor, la piel de la barriga y las nalgas se le agitaba en espasmos y escalofríos. Nunca se había dormido en una oficialìa de guardia desde que era un cadete màs en la academia militar. El sueño que había tenido se replegó hacia la ventana de la oficialìa, y le amenazò desde ahí. Era tan real. No era que el encantador mulato no soñara a menudo con quien fue su maestra, amiga y jefa. Virgilio Ovidio Andrade era uno de los pilotos de helicóptero màs destacados y tenía salud de hierro, cara de muñeca y un porte que muchos generales hubieran deseado. Medìa mas de 6 pies distribuidos en una musculatura estilizada. Hablaba inglès, español, miskito y ruso y su nexo con la desaparecida Mercedes Mèndez Lazarèvic había sido intensa, salpicada de diferencias debido al carácter explosivo del joven piloto, quien después de cada reyerta se arrepentía de contrariar a la coronela, quien acababa con los ojos vidriosos de reproche. Virgilio Ovidio Andrade se restregó los ojos vigorosamente y se puso a hacerse un tè de Jamaica. Las manos le temblaban. Era una costumbre que Mercedes Mèndez Lazarèvic le había inculcado…tè de Jamaica. De alguna forma la textura de la piel de la mujer y su carcajada cristalina se le había quedado en la punta de los dedos al muchacho. Se sentò a beberse la taza de tè rojo. Poco a poco se le fueron disipando las ganas de llorar. A la jefa habìa que recordarla con una sonrisa y mucha alegría, ya que nunca fue pesismista. Lo había forjado a èl y los otros 9 pilotos con tanto amor, dedicación y picardìa que era una desecraciòn ponerse a llorar recordándola. El sabìa que a los otros les hacìa una falta olímpica, y siempre se preguntaban, le hubiera parecido bien esto o aquello a la Meche? Mantenìan vivo el recuerdo, y dolìa no tener una tumba donde irse a sentar para sentirla màs cerca de ellos. Virgilio Ovidio Andrade en realidad nunca la dio por muerta, no había cadáver, no hubo sus restos. El había sido forjado como un pragmático recalcitrante porque ella creìa en lo que tocaba, veìa o saboreaba. Ella era atea, pero nunca quiso torcerles la fe a sus alumnos. Virgilio Ovidio Andrade personalmente era cristiano sin definición, debía haber algo allà en el cielo, o por debajo de la tierra. Como que al morir la coronela, si de veras murió, se riò el muchacho, se haya convencido que había alguien superior, y la mujer hubiera tenido que retractarse. Solo imaginarse a su jefa disculpándose con una deidad por no creer echaba a reir a Virgilio Ovidio Andrade a carcajada suelta. La imaginaba con las cetrinas mejillas sonrosadas por el bochorno y quizás un poco de alivio. La deidad pudo haber sido otra mujer, bella y sabia como la Indira Gandhi, contemplando complacida a esa criatura única que era Mercedes Mèndez Lazarèvic. Adnan Izquierdo, oficialmente asistente de la coronela y de una rubia belleza que hacìa que hasta los animales se voltearan a verlo pasar, era católico sin duda alguna y varias veces Virgilio Ovidio Andrade lo encontró rezando y mencionando a la jefa en sus oraciones. Entre los otros ocho muchachos que fueron forjados por la jefa había un miskito de religión morava, dos de ellos se convirtieron al Islam y secretamente aplaudìan a Bin Laden, otros 3 quisieron hacerse judíos pero cuando les mencionaron que tenìan que circuncidarse salieron huyendo. Se habían quedado navegando en una mezcolanza de fe que era parte ortodoxa rusa con algunos elementos judaicos. Solo dos eran tan ateos militantes como la jefa y buscaban còmo pescar pleito con todo creyente que se les cruzara adelante. Mercedes Mèndez Lazarèvic les repitió el sano consejo que le había proporcionado el Papa Juan Pablo II en su segunda visita a Nicaragua, cuando ella se sentò por 1 hora a charlar en buen italiano con quien ella llamaba con afecto galopante y admiración sincera el Xele Karol, y era que si eran felices con sus religiones o creencias, que se quedaran a como estaban.
Un suspiro de nostalgia escapa de Virgilio Ovidio Andrade. En el sueño la veìa salir del fuselaje del helicóptero, en un lago de lìquido rojo como la Jamaica que tomaba,con el uniforme en trizas y sangre brotando del vientre, con un bebè en brazos goteando sangre también. Habìa una nube de pàjaros negros en torno a la figura lesionada de la coronela en el sueño, y una especie de humazòn de color gris. Ahi estaba el lìo. No querìa imaginarse a la jefa haciendo el bebè con ese hombre. Era un abominación. No era que esperaran que la mujer guardara el himen para llevárselo a su vejez y al màs allà. Desde que el capitán de ojos verdes comenzó a seguir a Mercedes Mèndez Lazarèvic, todos los diez chicos bajo el mando de la mujer se sintieron incómodos, aunque no lo manifestaran verbalmente. El capitán, chanconcito y a veces grosero con ellos, era un intruso. En una ocasión la coronela le manifestò al capitán que se abstuviera de criticar o molestar a sus niños, que eran sus hijos y no permitìa que ni con el pètalo de una rosa se les tocara... Desde entonces los muchachos hicieron una muda defensa de las líneas limítrofes entre ellos y la relación informal de la jefa con el capitán. Tita participaba en esa complicidad, llegando de su palo de mango puntualmente a la hora que el capitán llegaba a visitar a la coronela a la oficina. La mona lo detestaba abiertamente. Lo desafiaba con sus ojos vivaces. El capitán sabìa que los chicos eran corteses con èl por una cuestión de rango, y quizás para no contrariar a la jefa. Chateles malcriados, pensaba en su interior. El rencor seguía vivo aunque Mercedes Mèndez Lazarèvic estuviera muerta. O desaparecida, preferìa opinar Virgilio Ovidio Andrade.
Y còmo deshacerse de la nostalgia? El piloto termina su taza de tè, se sirve un poco màs y enciende su MP3. Fue un regalo de ella para su cumpleaños en agosto de ese último año antes del accidente aéreo. Sale la voz de ella, con la guitarra que aùn cuelga de una de las paredes de la sección de ellos. Una vez ella estaba cantando, era una trovadora encubierta, músico de closet. Es la canciòn cantada en triste, Song Sung Blue, del gringo Neil Diamond. El la grabò sin que ella se diera cuenta. Habìa sido una tarde de música para ella, y todos ellos andaban en un ejercicio y ella había quedado sola, y se había ocupado con la guitarra. El había terminado primero sus deberes y se había regresado a la oficina de la jefa, quien estaba sola con la mona. Tita la escuchaba embelesada, y èl deslizò el mp3 por la ventana que estaba abierta, cerca de la mujer. Ne me quitte pa(no me dejes) de Jacques Brel, La Vie en Rose de Edith Piaf, Tonto otra vez, de los irlandeses Westlife, Country Roads de John Denver(quien por cierto murió en un accidente aéreo también), Berlìn del germano Peter Schilling, Eternal Flame de las Bangles, Yo comencé una broma, de los Bee Gees, Tu estàs en mi corazón, de Phil Collins como tema de la película de Disney sobre Tarzàn. Todas estaban grabadas en su mp3 y ahora las escuchaba, con una segunda taza de Jamaica sobre la mesita. Nunca olvides, que pase lo que pase, vos sos solo un cachorro y yo soy la leona que te hizo. Esa frase se la decía una o otra vez, particularmente después de que èl la contradecía…repitiendo lo que la bella sultana valideh Cyra Hafise del imperio otomano, le había dicho a su hijo Solimàn el Magnìfico cuando ya el mejor sultán de lo osmanlíes estaba ungido. Son babosadas, jodido, la jefa era una real estadista, la mujer perfecta, diosito perdóname cuànto la hice sufrir con mis malacrianzas, solo era para dismular mi reverencia e idolatrìa, a las mujeres les hace daño sentirse adoradas, se dijo Virgilio Ovidio Andrade sin percatarse que una enorme làgrima bajaba de su ojo izquierdo. No bastaba la voz de ella, no. Extrañaba a la mona Tita, la cual el jefe mayor había vendido a un gringo maldito que se apareció en un auto engañosamente sencillo con un monigote que obviamente era su escolta. Gringo mierda pero que al parecer tenía suficiente pasta como para comprar la reliquia viviente de la fuerza aérea. Virgilio Ovidio Andrade se secò el rostro y terminò de beber su segunda taza de tè de Jamaica. Se levantò y se salió de la oficialìa. Iba a irse a despejar, el aire estaba fresco, con restos de humedad de la lluvia que había cesado una hora antes, con el mp3 en el bolsillo y la voz de ella. Y no se percatò que de la taza que había dejado sobre la mesita unas pequeñas volutas de humo blanco salìan lentamente.
John Thomas Hammerstein, a pesar de tener una cama de agua sabrosa y dormir en silencioso aire acondicionado, tampoco puede conciliar el sueño. No es porque pasò una tarde agitada con una chica de pestañas verdes y pantalones tan ajustados que parecían pintados en el cuerpo rollizo. En proceso de gestionar su compra del centro de llamadas, ha estado frecuentando a varias de las muchachas pobres-cuyo único tesoro es un inglès callejero pepenado en Hell`s Kitchen o en Nashville como mucamas o lavaplatos-de las que creen ser princesas por vestir al estilo punk. Katrina, con una pierna màs corta que la otra a causa de una polio mal curada en su niñez y nombre de huracán, ha sido una decepción. John Thomas Hammerstein siempre se ha interesado por mujeres con alguna tara o deformación. Igual que Ana de Curlandia en Rusia amaba los enanos, osos albinos y otras criaturas de distintas capacidades, John Thomas Hammerstein busca mujeres asì para ratificar su sentido de superioridad. No la iba a conservar una vez que el centro de llamadas fuera suyo. Ninguna de las muchachas que llevò al motel fuera de Managua conservaràn sus puestos como agentes. La despedirìa con un bono generoso y que fueran a buscar empleo a otro centro que no fuera el suyo. Muchas de ellas eran analfabestias, ignorantes de las leyes que las podría proteger, asì que podría hacer lo que le diera la gana con ellas. El desahogo físico era pasajero, momentáneo. Eran cuerpos donde descargar la tensión física, sin nexo emocional. Eso nunca le había sucedido a èl, y tomarìa las medidas para que nunca le sucediera. Todas eran iguales, incluso esta altiva Katrina, con su gorda pierna mas corta que la otra, y la chaqueta negra que la distinguía como agente superior, escaladora, como le llamaban. Sobre cuàntos compañeros de area de producción había pasado Katrina, pisando sus cabezas como peldaños para ganar 100 dòlares màs que ellos y poderse sacar la rabia en ellos? Era una carrera de ratas, los proletarios despedazándose entre ellos por una chuletita extra. Katrina y su boca golosa que la tenía a ella gruesa y fofa, siendo su solidez la que le daba la ropa ajustada que le daba el aspecto de chorizo en vejiga. Habìa insistido en que ordenaran algo de comer antes de irse del motel, y John Thomas Hammerstein la vio devorar con desesperación de perro callejero primero su plato de comida y luego el de èl, porque èl tenía prisa por salirse ya y zafarse del bulto, no tenía inclinación para comer. El colmo fue cuando la mujer le solicitò que le empacaran otro servicio de comida para llevar. Todas iguales, no personas del tercer mundo, siempre listas para pedir y nunca dar, pensó en un sùbito borbotòn de ira John Thomas Hammerstein.
Una vez en su cama, el magnate no podía dormir. Compras una cama pero no te garantiza el sueño. Se puso las chinelas felpudas y se salió de su alcoba. Sabìa que habían varios seres que no dormían para poderlo cuidar y satisfacer sus antojos. Colgada de un enorme árbol de mango, estaba la mona que había comprado a la Fuerza Aèrea de Nicaragua. Tita. Estaba acurrucada en una rama, semicolgada como los leopardos, y cómoda consigo misma. Cuànta de esa comodidad podría adquirirse con todo su dinero? Què disparate lo llevò a adquirir a la mona, sabiendo que era amada en su unidad militar y que para muchos era tener un poquito del recuerdo, de la esencia de quien fue su socia? La animala nunca le puso mucha atención a John Thomas Hammerstein, aunque èl la quiso conquistar en los primeros días, llevándole galletas y hasta aceitunas. La monita lo había rechazado con suavidad, prefiriendo los frutos del árbol o aceptando bananos o tortillas de la cocinera. Pensàndolo bien, la mona tenía màs dignidad y compostura que las enésimas agentitas del call center que se llevaba al motel y que luego eran misteriosamente despedidas. Por lo menos se la ganaba por kilómetros a Katrina, la que había llevado horas atrás.
Mùsica. Hay música cerca. John Thomas Hammerstein sigue el tenue hilo hasta que èste se hace casi visual, tornasolado. Llega a la parte trasera de la casa, justo debajo de la mansarda y ve una luz prendida, y la música emanando como sangre sonora de un cuerpo. Andrès Framingham Norori està ahì solo, mas no es èl quien toca. Hay una guitarra en la pared. La música sale de unos parlantes negros pequeños. Es música española. El magnate entra y se sienta a escuchar, sobrecogido por la música. Tras dos estudios de Sors, están Recuerdos de la Alhambra y Capricho Arabe de Francisco Tàrrega. John Thomas Hammerstein se va relajando. Luego entra un estudio de Villalobos y Andrès Framingham Norori le comenta que quien toca es Mercedes Mendez Lazarevic, la difunta quien construyò la casa…y no puede amarrar su lengua. Se suelta en una cascada de expresiones.Un ser extraordinario, mujer del renacimiento quien no debió nacer en este siglo, músico, publicista,diseñador gràfico,humanista,maestra, aviador, una Saint Exupery con el aspecto màs subyugante Impecable e imprudente virgen certificada hasta que el instinto de reproducción le jugò la peor pasada de cuentas.Vìctima del proceso màs retardado de envejecimiento, y dotada de un sentido del humor que dejaba atrás a Harold Lloyd, Charles Chaplin, Fernandel y Cantinflas revueltos juntos. Fuimos compañeros en las filas del ejército, y pordiosito que si me hubiera pedido que me metiera la mano en la barriga o por el culo para sacarme yo mismito mis entraña palpitantes, no lo dudès que lo hubiera hecho con gusto y sin anestesia .La admirè y venerè entero, con la piel y la vista y la risa y las tripas, a como dicen los islámicos que se debe de amar a Alà. La hijadelagranputa màs perfecta del mundo, una maquina del amor que nunca quiso enamorarse ni de mì ni de nadie, solo de su propia grandeza. Una madre idónea, maestra sin reproche, filántropa empedernida, desquiciada por los animales, piloto estrella que no me creo que se haya estrellado.
John Thomas Hammerstein lo mira de reojo y algo que nunca había sentido en su agitada vida lo sacude como un sismo interno. Cristo bebiendo moonshine, el hombre sigue enamorado de la occisa, se dice el magnate a sì mismo con un poco de sorna y tanta làstima. Debe ser un infierno cotidiano para este hombre trabajar aquí en esta casa sin estar ella presente. No soy yo su cruz, su calvario es haberla conocido. Què alivio. Y tocaba tan bien ..es que la mujer tocaba la guitarra como un angel. Estoy seguro que parte del encanto de esta dama me tocò desde que vi la casa, porque de alguna forma supe que estaba destinado a estar aquí, fuera para bien o para mal. Una sombra pequeña pasa por una de las ventanas del estudio musical. Es Tita, la mona. Se posa frente a la ventana en una rama de un aguacatero. Està escuchando a su ama tocar la guitarra. El perrito y la voz del amo en el gramófono de la RCA Victor. Un sùbito destello de luz lìquida, como làgrima o gota de rocìo,se refleja de los ojos del animal. Lloran los monos? Es obvio que hacen llorar a los humanos, porque este hombre està entablado en lucha cuerpo a cuerpo con sus recuerdos, volteando la cara para que yo no me de cuenta que tiene los ojos vidriosos .Quiero ponerle la mano sobre el hombro, aunque yo nunca he sabido lo que es el amor, y Diosito sabe que jamàs me quiero ver en semejante aprieto, pero me da miedo que se desmorone, que llore como niño y me arruine màs la noche de lo que ya la tengo.
Acaba el cd con música de guitarra tocada por la coronela y John Thomas Hammerstein se levanta. Siente que puede dormir ahora. Andrès Framingham Norori le sonríe levemente con una mueca sardónica y gentil a la vez. Se siente desnudo y vulnerable y solo confía en su voz para espetar un goodnight ronco . El magnate sale del estudio mientras unas volutas de humo se intensifican donde la mona estuvo. Solo han quedado ellas, Andrès Framingham aùn soñando despierto con la difunta, y la figura del tristìsimo Pazuzu en percha arriba del árbol de aguacates donde estuvo la mona. Para èl el sopor està lejos.
Pero no es el único a quien el sueño reparador evade. El mayor Arnaldo Tercero se levanta sofocado de la cama y contempla el cuerpo sudado y flojo de su esposa, Karen Perez. Està fatal, tuvo que cumplir con su deber marital y no le gusta verse obligado a hacerlo. Karen Perez fue la abogada que lo sacò y lo defendió años atrás cuando el ejército lo echò preso cuando èl se adjudicaba la fortuna de la difunto coronela que fue su amante. Sì, ya sabìa que la mujer solo lo usò como experimento genètico, querìa un inseminador que se pareciera un poco a ella para que el hijo saliera como un clon, se lo habían gritado los iracundos hermanos y los muchachos que laboraban con ella y que nunca lo soportaron. La falta de testigos que confirmaran que la difunta y èl eran pareja, la ausencia de documentos de matrimonio, todo se había confabulado en contra suya. Para colmo el general de ejército de turno era un tripudo gritòn y rubio que para callarle la música lo echò preso, sacàndose las rabietas que le producía tener poder por fin y no lograr una sola erección ni con Viagra y conchas negras…Hasta que apareció Karen Pèrez, ex domèstica convertida en abogado cuando un perverso diputado sandinista le dio una beca a cambio de ciertos favores siendo ella la pleitista sirvienta que laboraba en la casa del político. Pequeña, regordeta, con nariz chata y ñata, de ojos pequeños, cuerpo de león accidentado y senos ya colgantes, la mujer hizo hasta lo imposible por defender al capitán en desgracia. Como pago exigió boda, aunque en realidad el reo y la abogada practicaban un amor de conejos asustados en la cárcel donde èl estaba. Cuando la mujer salió embarazada gritò que se lo sacaba si no la honraba con boda, y lo volverìa al tabo acusándolo de violación…Eso se dio aunque no era virgen al conocerla y ya llevaba una hija de 4 años resultado de amores con su patrono político. Tras el nacimiento de la segunda hija de la abogada se dio la boda y desde entonces èsta lo celaba hasta con las cobijas. Era còmico, pensaba el ahora mayor , mientras se fumaba un cigarrillo desnudo en el inodoro, ventoseando como cañòn con la tronera atorada, su vida le había salido al revès. Hasta en eso sos artillero hjp tenes culo adentro un auditorio con mejor capacidad acústica que el teatro Ruben Dario y el Teatro Colon puestos juntos le había dicho la coronela ahora occisa, con su irreverente sentido del humor que no se ausentaba ni después de una sesión de cama. La finada no había querido boda, y su esposa solo querìa ser la señora de Tercero. Ahora vivìa en los suburbios en una casa con techo de perrera a nombre de la esposa, quien cuando estimaba conveniente lo sujetaba a humillaciones monetarias y lo capaba en público con sus reproches. Era como oir a los Tigres del Norte después de haber escuchado el andante del Concierto No. 21 para piano y orquesta de Mozart, hubiera dicho la misma Mercedes Mèndez Lazarevic, quien en su poco tiempo le enseñò a no comer camarones con el tenedor para la ensalada y a no sacudirse los mocos en público ni pedir champiñones fritos en manteca de chancho, a como los hacìa la segunda esposìsima de pasado turbulento de un ex presidente obeso de Nicaragua. A menudo el mayor Arnaldo Tercero sentía en su costado izquierdo que se acomodaba un cuerpo frìo que al contactarlo a èl se convertía en una masa tibia y respirante. Al despertarse dando gritos la sensación se iba disolviendo como una blanca voluta de humo. Ese fenómeno siguió aùn cuando fue reinvidicado, y lo sacaron del tabo y posteriormente subió al rango de mayor, tres años después de la muerte de Mercedes Mèndez Lazarèvic. Se levantò del inodoro, buscò papel higiénico. Nada. Por què era tan tacaña su mujer? Se metió a la diminuta ducha y buscò jabon. Solo un microscópico trocito. Bah, eso nunca hubiera sucedido con Mercedes Mèndez Lazarèvic, tan elegante y tan única. Y tan fugaz. Con evocarla no podía traerla de nuevo a èl, y si pudiera, antes de revivirla le pedirìa papel firmado para hacerse con la mansarda, que por bruto le pasò no heredar ni las cucarachas de la casa ni la baterìa del Mercedes Benz. Su esposa le había enseñado a ser màs maldito.
Se metió de nuevo al lecho, para descubrir que su esposa estaba con los ojos ya pelados, con la piel aun sudada(y decía que no compraban abanicos porque eran malos para la salud porque un mal aire se metìa por el culo y causaba pulmonía), esperando otra sesión amatoria. Alagranputa, pensó, deja descansar al bacalao, mujer golosa. Pero evocò a Mercedes Mèndez Lazarevic para lograr funcionar, porque de mostrarse desganado comenzarìa otro bochinche, de los que ya eran el chiste del vecindario. El gran problema fue cuando el agotado militar al momento del paroxismo graznò Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay merchita estàs mejor que un quesillo de Nagaroteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
Al dìa siguiente el mayor Arnaldo Tercero regresò con su enorme mochila donde cargaba sus chinelas de gancho, a hacer vida de unidad militar –sin salida cotidiana-porque su mujer lo había echado, otra vez, de la casa .Ya los escándalos protagonizados por el militar con su explosivamente celosa y fea esposa eran legendarios. En una ocasión una chica con quien había estado teniendo cybersexo por webcam lo grabò y mandò copias del video a sus amigos y a la abogada. Ahí estaba el regordete hombre con los pantalones caìdos y los verdes ojos desorbitados, resoplando como toro Miura que iba tras el torero. Poco después de este triste incidente, una vecina moldava, casada con un militar de la misma unidad donde èl estaba, lo sedujo a plena tarde untándolo de chocolate espeso de los que usan para sundaes en las sorbeterìas, con la desgracia que Karen Pèrez regresò temprano del trabajo porque tenía vómitos a causa de una comida que le hizo daño. El bochinche fue tal que llamaron a la policía, y el adùltero, aùn embadurnado con el chocolate que la moldava no terminò de lamerle del cuerpo, fue llevado arañado y semidesnudo seguido por una estela de moscas, aùn jadeante, por las fuerzas del orden, quienes se iban partiendo de la risa.
Poco días después que el desafortunado mayor Arnaldo Tercero regresò a su unidad militar para evadir la ira de su esposa, John Thomas Hammerstein pagò la suma completa que pedìa el dueño del call center para completar la transacción de venta. Se cambiò de slogan, nombre y jefes de estatus grande. Hubo zozobra entre los agentes, preguntándose si iba a seguir la política de “buen ambiente de trabajo” que significaba en la pràctica rifas de artefactos usados pero remozados, celebraciones de días absurdos, chocolates a granel y gritos de los supervisores con un megàfono en un ambiente circense màs adecuado para el Ringling Brothers o el nacional Firuliche que para un centro serio de trabajo. John Thomas Hammerstein solo se presentò el dìa de la reinaguraciòn del centro, pero no se le volvió a ver mas por ahí, sin embargo estaba pendiente hasta del màs mínimo detalle. Katrina por supuesto ya había sido despedida, asì como otras de las chicas que compartieron lecho con el magnate. Habiendo completado la transacción de adquisición, John Thomas Hammerstein tuvo un poco mas de tiempo libre, sin descuidar que todo marchara bien. Habìa conocido alguna gente interesante en Managua y siempre bien custodiado les visitaba. Era causa de mucha curiosidad de estos allegados cuando el magnate les mencionaba que vivìa en la mansarda de Mercedes Mèndez Lazarèvic. Andrès Framingham Norori consideraba que no era prudente mencionar tal dato, pero John Thomas Hammerstein se ponìa a reir. Era demasiado neurótico, le decía a su jefe de seguridad. David Mendieta opinaba que de todas maneras se iba a filtrar que el magnate fugitivo de la justicia norteamericana estaba por aquí y los gringos ya debía saber hasta que le gustaban los nacatamales o los huevos de paslama con chile en una cama de yuca bien reventada. Como si la presencia de Robert Vesco en Costa Rica durante los 70 no hubiera sido un secreto a gritos. Entre los nuevos conocidos de este extraño magnate estaba la actriz Rosamunda Toledo, una señora cincuentona que había sido amiga de la desaparecida militar. Graduada de un conservatorio europeo y muy culta y deslenguada, la matrona del teatro evocaba a Mercedes Mèndez Lazarèvic a menudo. Sospechaba que el magnate gringo querìa saber màs de la misteriosa dueña de la casa donde habitaba, pero no se atrevìa a preguntarle a nadie. Era normal, pero John Thomas Hammerstein al hablar de ella tenía los ojos angustiados. Como que una pena le andaba adentro, una mezcla estrambótica de curiosidad, ansiedad y obsesión. John Thomas Hammerstein comenzaba a entender bien el español nicaragüense, teniendo una buena base de español castizo de sus tiempos de universidad. Mientras sorbìan tè de Jamaica en tardes de lluvia, la actriz y el magnate hablaban de la mujer que fue Mercedes Mèndez Lazarèvic. Ay, mhijo, esa doña sì que fue una fuerza dionisìaca de la naturaleza. No había quien le pusiera rienda, hasta sus superiores le tenìan un poco de miedo, de veras. El papa era medio normando medio portugués,loco de atar, y chiquita ya leìa a Luis Vaz de Camoens a la par de Darìo y Guillermo de Aquitania.Pudiendo ser cualquier cosa, se le metió el diablo que querìa ser piloto militar. Su papà le dio demasiada puerta abierta a las locuras de la muchacha, y casi ni se ocupaba de los dos varones. Criò un monstruo, pero el clavo es que la condenada era tan linda que hasta los animales se volteaban a verla pasar. Asì como ella me imagino a la virgen Marìa, mas que usaba unos velos preciosos aun cuando andaba de uniforme. Nunca se quiso casar, y le salìan una chorrada de enamorados, y los sacaba corriendo cuando se cansaba de ellos, el juego era macabro como cuando ves al gato jugando con el raton hasta que por fin lo mata. Querìa morir señorita, decía que le valìa verga el sexo, que si lo que querìa era sudar mejor levantaba pesas, que el hombre era como el chancho, quizás sabroso pero dañino en todas sus formas. Como el puerco en asado, frito o en estofado. Mucho colesterol, y luego que engordas, y se tiraba una carcajada macabra.Todo lo sabroso o mata o preña o engorda, decía la bandida. Siendo rica, odiaba al capitalismo. Atea y arrecha comunista. Dicen que murió encinta de un mequetrefe que no sirve para nada, fijate como es dios de pendejo que la matò a ella y al hijueputa hombrecito ahí esta vivo y coleando dando imbolismos a cada rato, no sè còmo no le han dado la baja deshonrosa. Francamente que cuando la Mercha me decía que dios no existìa pueda que tuviera razón, escoge dejar vivos a una gente tan poco sabrosa..Nadie tan dotado de mal gusto puede existir, pueda, no? Ah bueno, pues, con los ojos me estàs preguntando còmo diablos conoció la jefa a ese hombrecillo que no solo le quitò la moronga sino que la piponeò.
Merchita estaba muy involucrada en el ámbito artístico e intelectual de Nicaragua, y fuera del país también. Hablaba un cachimbo de idiomas, creo que màs que el Papa Juan Pablo II, que diosito me lo tenga comiendo polenta con los àngeles. Pues ya que era músico también-y tenía barriga de músico porque era perra al diente, o sea bien hartona,me entendès-pobre chele este nicañol no te lo enseñaron en la universidad, se involucrò en un concierto para el dìa internacional de la niñez, con la orquesta sinfónica de chateles de aquí. Decidieron montar la obertura 1812 del pato de Tchaikovsky y vos sabès que al final entra toda la baterìa en lleno, y como una vez en Francia la Merchita vio que una orquesta de jóvenes contò con las salvas sincronizadas de un equipo de artilleras del ejército francés, se le ocurrió hacer lo mismo acà y no hubo manera de sacarle eso de la cabeza, mujercita màs mula que era. Pues consiguió que el general de ejército autorizara la idea y los alcahuetes de la brigada de artillería le prestaron 6 artilleros-claro que no hembras como en Francia pero ni modo- y a cargo de ellos iba el fatídico capitancillo de ojos verdes, un aprovechado advenedizo sepa judas que pato puso ese huevo. Imaginate semejante atajo de ignorantes, que no sabían màs que la Cumbia chinandegana del Jorge Paladino, a coordinarlos con los chavalos de la orquesta para que dispararan el vergazo donde era y no cuando ellos querìan, y los padres de los chavalos cagados que cuidado el disparo salìa por la tronera de la pieza de artillería y no por delante y les pasaban dando a sus muchachitos, y los chateles cagados del chiste, entusiasmados porque parecían juguetes las piezas de artillería. Los ensayos fueron una samotana, un circo, pero al final todo mundo aplaudió el concierto porque fue pijudo.
La Merchita siempre gustò de los niños, y estando en contacto con ellos se le metiò el diablo que querìa uno ella. Los hermanos le sugirieron que adoptara uno, pero ella los regañò diciendo que no podría llevarse bien a tiempo completo con alguien que no le hubiera visto la rosca del culo desde adentro, sì hombre, asì les dijo, si era màs vulgaraza que yo que es decir bastante. Creo que hizo sus cálculos de còmo querìa al hijo, se metió a internet a asuntos de ingeniería genética y lo que tuvo a mano fue al tal Arnaldo Tercero. No me convence mucho que le hayan hecho rico, ese carajito parece gallito Bantam y sospecho que fue polvo de gallo. No me imagino a ese chaparro con la coronela en la cama y aunque el Marques de Sade decía que el la cama todo se emparejaba, no me imagino a ese gnomo trepado en ella, debe haberse visto como que lo estaban pariendo de espalda, no jodas. Ademàs ese hombrecillo me cae en las meras patas, es un gigoló completo que al perderla quiso apoderarse de ahí donde vivis vos, pero mas bien lo echaron preso.La que lo saco de la prisión fue esa mujer, la abogadita que luego le exigió boda. Se tuvo que conformar con llevar una vidita bien mediocre, imaginàte pues casarse con una sirvienta que era pichel de un diputado y a escopeta cargada porque èl ya la había traveseado .Clase de horrible, John, casi tener en manos una princesa y ni el hijo le quedó, para acabar con la sirvienta, que el hecho que ahora sea leguleya no le quita el tufo a chancleta y el hecho que ya llevaba el hoyo hecho porque le tuvo una hija natural con el diputado al que le trabajaba. Huy, con razón el hombre solo vive dando escándalos el maje .Comièndose las sobras del diputado.
La cosa es que la Merchita es màs legendaria ahora muerta que viva. Los hermanos dicen que han visto a una mujer con un niño deambular a medianoche por los pasillos de la casa donde vos vivìs, te lo cuento porque sè que no creès en nada de eso. Que la mona que vos le compraste al ejército la mira. Y tu pobre jefe de seguridad no puede librarse del efecto hipnótico de su recuerdo, pobrecito. Trabajò muy de cerca con ella y todo mundo esperaba que se casaran y sale la Merchita con la barriga del mequetrefe èse y luego morirse pipona y jamás hallar trazos de ella…parece cosas del diablo.
Lo ultimo que ha dicho la actriz se queda en la mente del magnate. Cosas del diablo. John Thomas Hammerstein ha leído lo suficiente del gènero terror y no se ha detenido a analizar si a èl algo asì le podría pasar. Ha sido siempre incrédulo, leyendo con calma a Poe, a Lovecraft, Ira Levin y por supuesto Stephen King, aunque le gusta bastante el inglesito Clive Barker y la árabe Jordana Natyr, a quien conoció en persona en Nueva York en una feria del libro. Buena manera de cocinar un bestsèler, pero ya en la vida real había peores cosas que le podían pasar a uno. Su padre al mandarlo a escuela dominical se había garantizado que el predicar le metiera suficiente miedo al diablo y temor de dios al muchacho que era John Thomas Hammerstein en aquel entonces. El magnate conservaba la apariencia de un cristiano norteamericano blanco promedio. Para poderle reportar a su padre por correo electrónico que no se había contagiado de malas costumbres, iba a una iglesia lujosa llamada Hossana que quedaba en las afueras de Managua. Llegaba los domingos todo de blanco o de gris. Daba una buena ofrenda, pero no amistaba con nadie. La idea era pasar desapercibido. Curiosamente ahí se sentía màs desprotegido que en cualquier otro sitio. El lujoso templo con sus paneles de vidrio presagiaba tragedia. Era solo una sensaciòn, pero le erizaba los pelitos cortos de la nuca y John Thomas Hammerstein nunca había sido supersticioso, por lo que le extrañaba sentirse asì en el templo . No se lo había comentado a su equipo de seguridad porque estimaba que era una ridiculez. Nadie le hubiera creìdo.
Pero volviendo al asunto de cosas del diablo que decía la actriz, hace como dos noches se había percatado que después de una lluvia copiosa, el jardín se veìa como envuelto en una niebla rara. No era difusa. Eran como volutas de humo gris, como si la naturaleza estaba fumando. Y no era un fenómeno parejo, solo en algunos lados. Era como un aliento càlido que echaban las plantas. Y había tantas flores. En la noche la enredadera del traspatio, flor de luna, sacaba enorme capullos fantasmagòricos y se envolvía tras la lluvia en una estola de humo gris. En medio de tal jardín misterioso la figura de la mona, Tita, se destacaba siempre arriba de un árbol frutal. La mona no era huraña con èl. Sencillamente no le hacìa fiesta. No supo explicarse por què relacionaba a la monita con algún influjo diabólico. Era un truco barato de los escritores de horror, se dijo. Sencillamente la dueña de la casa había sido una mujer extraordinaria, rara, con mucha influencia emersoniana. Habìa sido una hembra con mucha autodeterminación y eso en la machista Nicaragua . Buceando en la extensa biblioteca que había quedado intacta, John Thomas Hammerstein encontró un grueso volumen de obras de Emerson. El libro tenía las páginas bastante gastadas y en el margen habían apuntes en tinta morada, seguramente de ella. Emerson. A èl se lo habían metido como supositorio de trementina como los que se usaba para sacarle voz a las loras renuentes. Pero a Mercedes Mèndez Lazarevic le había gustado tanto, a juzgar por la cantidad de apuntes en cada página, observaciones tan filosóficas, sensatas, llenas de sabiduría pràctica. Còmo podría una mente tan aguda haber estado en las fuerzas castrenses? Era un sitio de obediencia ciega, de seguir sin chistar. Y eso ella no lo había hecho. Nadie que dejara esos apuntes en un libro de Emerson hubiera podido ser un soldado màs. Era una forjadora de mentes libres, por ende peligrosa para el ejército, màs en una dictadura oportunista de izquierda. Se sabìa que ella no era partidaria del partido de turno en el gobierno. Se el conoció siempre como una marxista extrema.
El magnate comenzó a estudiar la posibilidad que la coronela hubiera piloteado un helicóptero saboteado, por alguien mismo del ejército, y su cuerpo lo hubiera ocultado el estado. Para después armar la alharaca. Buena patraña. El había tenido que lidiar con las autoridades del país presentemente y eran una piara de corruptos. Le tocò untar un sinnúmero de manos golosas para poder establecer su negocio con prisa. El dólar aceitaba los gonces de los tràmites en Nicaragua. Era el juez corrupto que se vestìa de saco y corbata y que por un auto mas te sacaba libre a narcos peligrosos, o permitìa que a una obrera embarazada la corriera el dueño de una maquila. Por menos podrían retrasar un juicio, como en el caso de una de las chicas que fue a plantar demanda laboral porque la echaron del call center que ahora era suyo. El juicio iba para el año del humo, como se decía en Nicaragua. Era màs prudente que se callara, aunque el magnate no creìa que la tipa fuera a asociar el hecho de haberse ido a la cama con un desconocido norteamericano con su despido tan sùbito. La joven no tenía el suficiente seso, a como sì lo tenía la dueña de la casa donde èl habitaba. O había sido una patraña suya de desaparecer para evitar que alguien le echara el guante? Quièn? No era solo escapar de verse atrapada en una boda con un mediocre a quien solo usò como semental. Tenìa todo para ser feliz, plata, personalidad, pinta, el amor del pueblo. Què le faltaba, en caso que hubiera sido una fuga? Dònde estaba si es que no estaba muerta? Le dolió dejar a sus allegados, a sus animales? Què tipo de persona era quien se arrancaba todo lo querido de sì misma y se lanzaba al vacìo de la inexistencia? Era un suicidio?
John Thomas Hammerstein mirò detenidamente alrededor de la biblioteca, los libros mudos. Una partícula viviente de ella…a como había dicho Erich Segal en la floja secuela de Historia de Amor, cuando el viudo Oliver buscaba en las cosas dejadas por su mujer Jenny. Un rastro de Mercedes Mèndez Lazarevic, con la elusiva sonrisa de modelo profesional que fue en su adolescencia, en las fotos con armas o su guitarra, o cargando a la mona. De veras era un diablo con contornos de mujer? Còmo podía ella posesionarse de su mente sin haberla conocido físicamente, sin haber sentido su perfume o haberla visto volar? Nunca vio su expresión de placidez mientras escuchaba Equinoccio de Jean Michel Jarre, o reírse de las ocurrencias de sus allegados. John Thomas Hammerstein estaba tejiendo una impresión de ella a punta de hacer un cobertor de muchos trozos de impresiones, retazos de recuerdos ajenos, hilos fosforescentes de detalles sin pies ni cabeza, su música grabada en un DVD. Còmo hubiera sido un hijo de semejante mujer tan formidable? No siempre los hijos de padres o madres increíbles salìan bien, mirando el triste guiòn que fue Luis XIII de Francia, hijo del gran Enrique IV y papà del esplèndido Luis XIV el rey Sol…Pero, no! Semejante torta de neuronas y encantos no pudo haber producido nada mediocre. Quièn sabe si habìase perdido un futuro Antonio Vivaldi o Jawaharlal Nehru? Còmo decían los nicaragüenses, a como es el niño es su juguete?
El magnate se percatò cuàn solo estaba. No tenía con quien compartir sus dudas y pensamientos acerca de Mercedes Mèndez Lazarevic. Nunca podría confesarle a su padre allà en Estados Unidos lo que sentía, si es que sabìa què era lo que sentía. Ademàs que su viejo le hubiera dicho que fuera sensato y regresara a casa, que no estuviera especulando carambadas. No bullshit, Johnny, era la reprimenda usual.

Mucho le hubiera inquietado al magnate si se hubiese dado cuenta que Mercedes Mèndez Lazarèvic era una persona que aprendìa mucho de las experiencias ajenas, y quizás de estar viva estaría riendo con èl sobre este o aquel asunto ajeno. Quizàs una de las cosas que màs resolvió a la piloto a quedarse sin marido y solo usar al capitán de ojos verdes como semental y jamàs esposo fue el matrimonio de Angelique Andrassy Casares. Desde niñas fueron juntas a la escuela y eran producto de matrimonios entre eslavos y nicaragüenses, siendo Janos Andrassy el padre de su amiga. Angelique Andrassy Casares había sido casada con poca voluntad contra, perdón ,con Anìbal Mongalo, el hijo de un arquitecto del cual se decían muchas cosas, nada de ellas buenas.
Apenas la Andrassy acabo su carrera en la Universidad Nacional de Ingenierìa, se había dado el enlace con un fiestón en el Hotel Intercontinental de Managua. Mercedes Mèndez Lazarèvic se espeluznò del boato con que fue armada la boda, pues ya tenía idea que mientras màs lujosa fuera la ceremonia de esponsales, màs agruras habrìa en el matrimonio. No le gustò Anìbal Mongalo, ni ella le cayò bien al nuevo marido de su mejor amiga. El carajo ya llevaba dos niños malcriados y odiosos de una aventura que tuvo con una mulata extricada de un burdel hondureño. Anìbal Mongalo provenìa de una familia de burros con reales, a como llamabanse a los campesinos ricos pero sin educación en Nicaragua. Nunca había estado con una dama por lo cual le fue imposible lidiar con su nueva esposa. La llamaba prostituta, la humillaba y una vez embarazada del primer hijo, la arrodillaba junto a la cama para exigirle perdón de pecados que la mujer ni había cometido. Semejante maltrato le contaba Angelique Andrassy Casares, entre sollozos y moretes. Mercedes Mèndez Lazarevic pensó que si èse era el amor, o el matrimonio, o lo que fuese, ella no estaba dispuesta a aguantarlo. Jamàs permitiría que un hombre se hiciera cargo de ella. La prole de su amiga iba a ser su mayor jaqueca con semejante esposo. Mercedes Mèndez Lazarevic aprendió que el matrimonio era sumisión, esclavitu sexual, sufrimiento y asco. Jamàs tragarìa esa moneda. Iba a huirle al anillo de bodas como quien ve llegar la plaga bubónica. No podía hacer nada por su entrañable amiga, quien jamàs tuvo el espíritu de lucha que ella poseìa. Angelique Andrassy Casares permitió que el macho verdugo con quien se casò ahuyentara a sus padres, y cuando murió don Janos de un infarto fulminante, el flamante esposo no la dejó ir al entierro, y esa misma noche metió una pareja de prostitutas del sector rojo para que Angelique Andrassy Casares se distrajera viendo a su marido hacer el amor de las formas màs bizarras “para que aprendiese a ser buena esposa.”
Mercedes Mèndez Lazarevic continuò aprendiendo a apagar fuegos contemplando los incendios que se daban en las vidas de los demás, navegando ella misma como San Bernardo de Clairvaux, en paz sobre las aguas de su vida que serìan el equivalente al Lago Lehman de Suiza donde el santo predicaba. Indiferente a todo, se hizo su propia centinela de su virginidad, gozò estudiando cada vez màs y llegando a hacer proezas temerarias en su helicóptero. Se dedicò a obras sociales, a patrocinar a grupos de jóvenes, a frecuentar la orquesta de los niños, y a montar varios proyectos con madres solteras y niños abandonados. Su amor por el prójimo la hizo la figura màs popular de todititas las fuerzas armadas y no había evento relevante que no contara con su presencia. La mujer se dio cuenta, con el pelo parado del susto, cuando encabezò en 1986 un bloque de mujeres oficiales y reservistas en el gran desfile en honor a Carlos Fonseca Amador en noviembre. En sì Carlos Fonseca no le interesaba, ni para honrarlo ni para nada. Pensaba que había sido un buen líder pero que se apendejò confiándose de sus correligionarios, hasta el punto en que le despegaron la cabeza del resto del cuerpo en Zinica. Un chele cuaco, pensaba la piloto. Ese dìa el pueblo mostrò en cuanta estima la tenía. La ovación con que fue recibida por el populacho la conmovió. Merchita MERCHITA MERCHITA gritaban las vivanderas, las enfermeras, los hombres sencillos que recogían la basura, malpagados por la alcaldía. Los dirigentes se miraron de soslayo en la tarima, escandalizados que una mujer de origen ricachón tuviera tanta influencia sobre el pueblo humilde. Era presidenciable, que horror. Si las elecciones se hubieran dado en el marco de ese desfile, Mercedes Mèndez Lazarèvic se ciñe la banda presidencial. Era atea, de origen serbio, nacida en cuna de oro y el carisma que tenía para con los desposeídos era tan incandescente hasta ser llamado letal por un furioso dirigente. Habrìa que observarla. Muy de cerca. Meses atrás había levantado revuelo al presentarse en Leòn el 24 de septiembre, dìa de la Virgen de Mercedes, a donar unas candelas perfumadas para una virgen en la cual no creìa. Era peligrosa, como lo fue Enrique IV de Borbòn quien siendo ateo se cambio de religión tantas veces como fue necesario para asir la corona francesa, ya que Parìs bien valìa una misa según èl. Tanto el mejor rey galo como Mercedes Mèndez Lazarèvic eran violentamente amados. No podía ir al mercado, en shorts y chinelas, sin maquillaje con el pelo parado, sin que las locatarias se desvivieran por atenderla y mandarla a casa cargada de obsequios. En una ocasión en que le preguntaron por què no se casaba, dijo ya estar matrimoniada con los pobres, con su pueblo. Ecos de la reina Virgen Elizabeth I Tudor de Inglaterra? El ministro de defensa la llevaba a la Asamblea Nacional para pedir màs presupuesto, y los diputados estaban tan alelados viéndola que daban el voto positivo para el ensanchamiento del presupuesto militar, mientras la piloto comìa galletas y el ministro de defensa la miraba complacido.
El magnate lee con fruición su diario, escrito en menuda letra como bebès de arañas. A ella parecía gustarle tanta atención. Escribìa complacida sobre su éxito social. Pero en una ocasión citaba a Janis Joplin cuando la rockera dijo que le había hecho el amor a miles de persona en el concierto pero se iba a la camita sola. Una punzada de tristeza. Una punzada que le entraba en la mente a èl también. Un hilo de seda de luna entrando por la ventana. El norteamericano no se percataba que la figura de la mujer se iba adueñando de su interior, que se lamentaba no poder conversar con ella, intercambiar puntos de vista sobre política y tantas otras cosas. El estaba en una concha de acero, protegido de todo lo terrenal, una burbuja de protección y soledad, viviendo en la casa que la había albergado a ella en vida. Soy un intruso en su hogar, un inquilino de su ausencia, una voluta de humo sobre lo que ella dejó tras de sì, se decía . El magnate se acostaba en la hamaca monimboseña que ella había colgado del estudio. Aquì estuvo su presencia, de aquí colgó su cuerpo lleno de vida, aquí meciò sus ansias, aquí leyò a sus autores favoritos. Si ella regresase del nunca jamàs, de la última curva antes de la laguna de arcoíris, de la Gran Divisiòn, me echarìa de su hamaca llamándome usurpador, igualado, atrevido? Me botarìa al piso? Me reprocharìa el estar pensando en ella como la màs futil de las obsesiones?
El magnate estaba tan involucrado con la presencia inmarcesible de la piloto que no se concentrò en percatarse todas las señales de peligro que le rodeaban. Las volutas de humo en las esquinas de su casa, los tumbos que daba la mona en los àrboles aledaños a la casa, la ladradera de los perros que cuidaban la casa. Su jefe de seguridad en varias ocasiones quiso hablar con èl, sin lograr su atención. Estaba como alelado. Por eso cuando un diapositivo explosivo detonò en la casa, partiendo el cuerpo del norteamericano en pedazos cuando se sentò a defecar en su baño interno, los guardas de seguridad sabían que èl se lo había buscado al no ponerle atención a las òrdenes y sugerencias de ellos. Andrès Framingham Norori no se sintió sorprendido que su cliente hubiera acabado despedazado. Todo le llevaba a sospechar que el destino del norteamericano estaba trazado desde antes de venir a Nicaragua. Al examinar las pupilas de los ojos del muerto no había màs conclusión a la cual llegar. Ahì estaba ella, siempre ella, para siempre ella, quien no había tolerado que nadie quisiera acercársele. La inútil policía nicaragüense, màs corrupta que un senador romano de aquellos dorados tiempos, concluyò que el gringo tenía demasiados enemigos, pusieron los tristes restos del hombre en un tambor de lata y lo remitieron a la embajada norteamericano a ver què hacían con èl, fuera que repatriaran los despojos o què. Los hermanos de la dueña de la casa llegaron, aquilataron los daños y se dieron a la tarea de repararlos. Tenìan elección de otra persona que iba a ocupar la casa. El padre del magnate asesinado vino a Nicaragua y se hizo cargo personalmente del call center que su hijo había abierto. Un dìa apareció en un cauce el cuerpo en descomposición de la agente de call center Katrina, con el vientre partido en canal. Quienes dijeron conocerla sabían que tarde o temprano iba a acabar asì, buscando hombres de cualquier calaña que la mantuvieran.
El gobierno de Estados Unidos no interfirió para nada en la muerte del magnate, quien le debía un montòn al fisco. Las volutas de humo se acabaron en la mansión de la piloto. Sin embargo, allà en los hielos de la Antàrtida, unos pingüinos asombrados ven salir de una base a una mujer extraña que hace unos años llegó ahì. Anda con un niño de ojos celestes y siempre parece verse seguida por una sombra contenta, que es la de Pazuzu. Fue este demonio protector de maternidades quien venció a Lamashtu en la batalla por el hijo de la piloto, y le dio a ella la oportunidad de saltar del helicóptero, caer a tierra sin dañar al feto en su vientre, y ser rescatada por un equipo de expertos casi llegando a Greytown en la frontera sur de Nicaragua. Tras haberse refugiado en Noruega, ella trabajò con dos científicos investigadores noruegos, pero de vez en cuando, durante el breve verano del Polo Sur, se sienta en una piedra viendo hacia el norte con la sombra de Pazuzu a su hombro izquierdo, y una làgrima furtiva se le hace un chip de hielo al bajar sobre su mejilla aùn lozana. Ahora que ya tiene a su hijo tan deseado, tan planificado y tan logrado, sabe lo que duele separarse de los seres queridos. Sus diez hijos adoptivos y su mona pronto la verán de nuevo. El contrato que la sujeta laboralmente se acaba en el próximo invierno, y la patria le muerde una llaga de jaguar en el costado, algo que Mercedes Mendez Lazarevic no puede seguir soportando. Y a como dicen los judíos, próximo año en Israel, ella sonríe tenuemente y al dormirse con su hijo, con doble frazada, va a soñar con su regreso a su país.

5 de septiembre de 2011.

lunes, 3 de mayo de 2010

El Garfio




El garfio
Para la memoria de Josip Broz Tito
“Explícame cómo extricar esa obsesión incluso de mis huesos, si no hay forma de lograr un aliento que no lleve sus huellas digitales.”Alphonse Bertillon, máximo detective francés y padre de la antropometría.
“Yo voy por el lago, navego, calma es conmigo, palomas blancas en mi sangre .En torno mío el crepúsculo estalla, el mundo se convulsiona , y yo en mi templo de paz interior.”San Bernard de Clairvaux, fundador de los cistercienses
“De todos aquellos bebés que nacieron en torno al 4 de octubre y que fueron destinados a la sala de incubadoras del Hospital El Retiro en la vieja Managua antes del terremoto del 72, el que más recibía atención de todos los 15 era yo, pero en ese entonces qué me iba a dar cuenta de esa arma letal y mágica que da el destino, la vida, o si sóis religiosos atribuyámosla a Alá o a Ahura Mazda o a alguna diosa hindú de aspecto exótico. Estaba demasiado ocupada tratando de sobrevivir al horrible impacto proveniente de la caída aparatosa de mi madre de un bruto garañón a quien ella quiso montar en pelo estando ella ya abultada en el sexto mes de embarazo y seis semanas , ay mi imprudente madre a quien ni 20 caballos mustangs podrían dominarla. Había sido extraída yo de su pobre y golpeada humanidad con un fórceps-algo obvio cuando veis mi frente de enormes entradas-mientras se dudaba si ella o yo podríamos sobrevivir, pero una vez afuera me di cuenta que si no luchaba el mundo nunca sería mío. El renacuajo endeble y amarillento que fui al nacer vino a este valle de lágrimas con unos ojos que podrían mejor ser descritos como blancos oscuros, o gris perla, enormes, hipnóticos, inhumanos, a como podríamos imaginar los ojos de un alienígena. Las enfermeras de la sala de incubadoras debieron haberse percatado que no sería cualquier cosa, y era el bebé más atendido y protegido de todos, aunque habían otros seres más desvalidos y de aspecto más ratonil que yo ahí. Mi madre se fue a casa a los dos días de ser yo extricada de ella, más o menos zurcida y con mareos, mientras mi padre suspiraba de alivio que ninguna de las dos se murió.
Luego el autor de mis días me contaría que a diario, él pasaba preguntando cómo iba, y siempre encontraba a un fascinado trabajador de la salud pendiente de mí. Uno de ellos, fanático religioso, decía que me parecía a lo que él se imaginaba hubiera sido San Francisco de Asís, y chequeaba siempre que la temperatura estuviera ajustada, que mi alimento llegara puntualmente, y anotaba cada mejoría. Mi padre preguntó por qué yo era la más atendida, y según me relataba luego, el enfermero gay le había dicho que solo me mirara a los ojos y tendría una contundente respuesta sin tener que preguntar nada más. Al parecer mi progenitor lo hizo, pasando a ser otra víctima del efecto del garfio. Esa atracción ineludible, fatal, perpetua, intoxicante y tan imborrable que habría de ejercer sobre los humanos, y sobre los animales a como luego iría descubriendo, sería lo que me acompañaría por el resto de mi vida. El garfio, a como le llaman en varios países asiáticos.
Un mes después de nacer, mis padres se vistieron de gala para ir a traer al ya no tan espantoso bebé que yo era al hospital. No más incubadora. Mi madre aún me encontró un poco deprimente y me miró como con ganas de preguntar si no había alguna ley que prohibiera llevar a un objeto viviente tan horroroso a la casa, pero se conmovió al ver que el equipo entero de enfermeros y doctores que atendían la sala de incubadoras estaban tristes porque yo me iba. Una enfermera gorda mulata, doña Luisa, le dio a mis padres un dije de media luna con una estrella- el símbolo del Islam- en coral negro para que me protegiera. Ese dije se lo había regalado un amante árabe que ella mucho había amado. Luisa lloraba a mares, como si ella hubiera querido llevarme con ella. Para entonces ya estaba más redondita y estaba por probar de nuevo que mi poder de engarfiar a otros seres vivos era innegable. El doctor les había advertido que debido a que había nacido prematuramente a los seis meses y tres semanas de gestación, tendría siempre frío, no digeriría mariscos y leche entera y podría tener una serie de alergias. Pero no era alérgica al pelo del gato, y apenas llegué a casa y me pusieron en mi suntuosa cuna, Morfeo el gato negro de mi papá me dio la más cálida bienvenida, entrando al lujoso moisés a acurrucarse conmigo. No había manera de sacar al enorme y mechudo persa negro de ahí y desde ese instante se convirtió en el custodio más celoso y cariñoso de mi persona. Mi padre decía que fue un coup de foudre-un amor relámpago-en su más puro estado. Mi madre colocó el dije islámico en una cadenita de oro y lo puso en torno a mi cuello, ahora más rellenito. Aún tenía pavor de tocarme, le parecía que yo era una figurina de cristal de las de Murano, Venecia, y que me iba a romper en mil pedazos en cualquier momento. Pobrecita, debe haber sido un infierno tener que atenderme.
El garfio, a como pude ir experimentando, funcionaba para atrás y para adelante. O sea que no solo garantizaba que alguien quedara adicto a mí por el resto de su vida, sino que también podía sellar un odio visceral hacia mi persona digno de una telenovela o cuento de terror. Lo que garantizaba el garfio era la perpetuidad de ese sentimiento, fuera una adicción desbocada o un aborrecimiento instantáneo. Mi hermano mayor Paul nunca pudo asimilarme desde que llegué envuelta en una preciosa colcha gitana a la casa, y hasta la vez él existe en Estados Unidos y yo en Managua y tras tantas reyertas mientras crecíamos juntos jamás pudimos dirigirnos la palabra sin colmarnos de insultos el uno al otro. Maestros que fueron mis admiradores y defensores acérrimos tenían contraparte en otros que decían que yo era un engendro del diablo, y amigos leales como Davy y Jonathan y Marianne quien murió en circunstancias extrañísimas mientras le extirpaban un pólipo cerca del pulmón, iban en contraste con la latente y galopante envidia de una buena cantidad de mis compañeros de clase del colegio, quienes aún tantos años después se mueren de la ira cuando gano otro premio literario o tengo algún logro de mucha monta, aunque son muy puntuales para enviar el esperado e- mail de cortesía felicitando a vuestra servidora por otro éxito más. No conviene contrariarla, nos puede hacer la vida pesada, no? Hay caldos que nunca se enfrían, señores, será mejor que lo creamos para vivir más a tono con la realidad.
No puedo quejarme de los efectos del garfio cuando fui estudiante becada de una potencia europea. Me di cuenta no solo que el poder del garfio seguía intacto , pero que también era susceptible a que otros lo ejercieran sobre mí. En 1980 estaba destinada a darme cuenta cómo padecían los otros por culpa de un golpe del garfio, cuando pude sentir sus efectos. Desde en enero estuve pendiente de la salud de mi ídolo, el incomparable más allá de lo incomparable, Josip Broz Tito, el unificador de lo que fue Yugoslavia. Ya existía referencia que mi papá lo había conocido poco después de la II Guerra Mundial donde ambos combatieron pero no juntos, y desde niña mi papá hablaba incansablemente de él. Sabiendo que el líder padecía de diabetes-a como padezco hoy en día yo-estaba en alerta que los años que tenía Tito no le iban a ayudar mucho. El viejo guerrero estaba enfermo. Yo tenía que darme prisa. Soñaba con él, coleccionaba sus fotos, y no tenía paz. Compré el boleto de tren para Belgrado. Estudiaba en medio de un mar de sudores, aunque era invierno al inicio de 1980 y luego la primavera que tenía ganas de desbordarse sobre mí. El garfio que tuvo Tito para con tantas personas que lo conocieron estaba haciendo estragos sobre mí. Para colmo unos ineludibles exámenes hicieron imposible que pudiera ir a Yugoslavia antes que se muriera, y a inicios de mayo de 1980 el líder que me enloqueció y hasta la vez me trastorna se fue del mundo físico.
Andaba siempre yo con un radio de transistores chiquito y mientras hacía un examen en la universidad, el locutor dio la noticia que Tito se había muerto. No me pude controlar. Rompí el examen en trizas, hice una bola con algunos pedazos y se la lancé a la cara al profesor, quien me miraba espeluznado mientras yo gritaba, me revolcaba y lloraba. A estas alturas que ya tenía ojos color de tornado, era una inundación de lágrimas. Me enfermé, y pasé dos días sin comer. Cómo era posible que el kismet me hiciera esto? Tito se había ido del mundo sin conocerme, no había podido llevarle girasoles grandes y de aspecto alegre pero de centros siniestros como yo. No era posible. Seguí sus exequias enrollada en la cama, por televisión, y supe que tendría que ir a Yugoslavia. En efecto, apenas hube terminado con mis compromisos semestrales de estudios, me fui por tren a Yugoslavia. Ya para entonces habían remitido los restos de Tito a un mausoleo, y con un manojo de girasoles fui ahí, de negro cerrado, con un velo nigérrimo, mi amuleto del Islam alrededor del cuello en riña con doble collar de perlas legítimas. Una vez en el mausoleo puse las flores y me tembló la mano, luego la barbilla y me desgracié en público, pues las mujeres no debemos llorar ante todos. Una mujer madura pero aún bellísima se acercó a mí y me puso su mano pequeña sobre el hombro. Era Jovanka, la viuda. Sonreía, entendiendo el efecto que aún después de muerto, seguía teniendo su hombre. Me invitó a tomar té con ella y me estuvo refiriendo cómo su marido usó el don del garfio para fines políticos. Había sido irresistible, lo sabía ella. Me dijo que yo tenía el mismo don, o maldición, y que le hubiera gustado mucho ver cómo su esposo hubiera reaccionado al conocerme. Hubiera sido tremendo pugilato de poderes, hija, me dijo a carcajadas.
Años después. Habiendo ya sacado el doctorado, regresado a casa y tras de ser reclutada para el ejército, y tiempo después de casarme sin que el garfio tuviese nada que ver(increíble, pero con algunas personas el garfio no funciona, son inmunes porque les falta la estopa que hace que el fuego sople y se arme el incendio que provoca el garfio)y a punto de creer que el sebo de mi candela para dicho efecto se había terminado o gastado hasta la nimiedad, la vida se encargó de reiterarme que el garfio era para siempre. Acompañada de un ex jefe, por cierto un destacado publicista quien siempre supo que el garfio vende y vende a millones, visité una tienda de mascotas en un centro comercial. Y hélo ahí, un conejo negro joven, si un solo pelo de blanco, me lanzó el garfio. Decidió que era yo quien lo habría de llevar. No andaba un cinco sobre mí, y generalmente los animales más atractivos poco duran en los negocios de mascotas pues ahí nomás se los llevan, así que la esperanza de que lo pudiera encontrar al día siguiente que era día de pago era mínima. Lo miré detenidamente y pareció sonreír. Me fui con la imagen del animal estampada en la memoria. Al día siguiente apenas toqué el sobre de pago, me fui a la tienda de animales y ahí estaba. Todos sus otros 6 compañeros ya habían sido comprados, solo quedaba él. La despachadora me mostró un brazo todo herido y me explicó que intentó venderlo a 4 personas y el animal armó tal lucha que los posibles compradores no lo pudieron llevar. Otros le tuvieron miedo. Cuando extendí una mano al animal, éste se me acercó y me brindó su cara. Compré una jaula para llevarlo, y en ella él se metió de inmediato. León Uris, así le llamé por el autor norteamericano que nos dio super novelas como Trinity, Exodo y QBVII. Esta vez el garfio era mutuo. No sé cómo pero quizás vosotros me podéis explicar cómo funciona el asunto del garfio, pero estoy segura que ese bello conejo no se dejó llevar de nadie más porque sabía de alguna forma que yo llegaría por él.
A estas alturas de mi madurez, me iría mejor si pierdo el garfio. Ya lo conozco demasiado bien, es como sensación de trepidación helada que baja por el espinazo, un imán que atrae sin que esté previsto por plan ni medida. La vista curiosa, color tolvanera o verde mar, o incluso café y prohibida ya, sigue la silueta que entra del sol, un poco sin aire, y la mirada se queda en las canas que ya comienzan, y se detiene en los ojos y luego sigue a su libre albedrío. Ay no, otra vez no. Sucedió el año pasado y esta vez fue incontenible. El rastro a perdición con seudónimo de miedo, la primera palabra, el primer apretón de manos. La rosa de los vientos buscando cómo huracanarse. La paz gélida en el interior para mí, colmada de indiferencia amable, con toda la Antártida y sus pingüinos riéndose adentro, pero la adrenalina envenenando al otro ser vivo, como mordida del alacrán, serpiente enroscada en el tobillo, vampiro legendario listo para morder, fascinación ponzoñosa que le atribuían al basilisco. El poder de atracción que le atribuían a Rubén Darío? Y si hubiéramos nacido en la misma época, me pregunto entre vanidosa y muerta de miedo.
Es lo mismo que sintió Morfeo al verme siendo bebé, la misma sensación urgente del gato pequeño allá en Ciudad Darío que un domingo soleado le hizo seguirme mientras visitaba a una pariente, lo que hace que los pajaritos azules que pululan por el cafetín de la unidad militar donde estoy asentada se equivoquen, me sigan y quieran pasar por el vidrio del laboratorio y eso les cause dolor y dejar una gota de sangre sobre el cristal, y yo me sienta culpable. Lo mismo, lo mismo, el pavor disfrazado de júbilo que luego se disuelve en incertidumbre. O adicción. Saca a los zanates de sus nidos para aterrizar en los hombros no tan cansados, irrita al perro pastor alemán por la parada del bus, el garfio va envuelto en erudición o en un rastro de olor, pero ahí está. El amuleto del Islam parece garantizarme la paciencia de Mahoma para con sus gatos, y me deja nula y plácida y sin agitación. Luisa, donde quiera que esté la vieja enfermera, sabía a qué se refería. Curioso pues quien transmite la hemofilia, la mujer, no la padece. Pero el velo oscuro no deja sombra tras de mí ni a la luz de la luna y me urge canear, me urge una menopausia que no me quiere para nada, me es de emergencia reposar mi huesera que ya no quiere más accidentes de los que tuvo en el campo de batalla, porque es triste ver que los capullos florecen en los árboles por todo trayecto donde se pasa, las aves con sus alucinaciones oníricas se salen de sus nidos y la tierra se incendia en silencio solo porque al fin y al cabo, ni la muerte, a como fue en e caso de Josip Broz Tito, resuelve el poder dionisíaco y casi infernal de un garfio que traemos desde las entrañas de la madre. Nos vanagloriamos en secreto, nos regodeamos del efecto causado, hasta podríamos refocilarnos en actos de crueldad involuntaria. Y al final, el regreso al centro gravitacional de serenidad que permite apreciar los estragos causados, es un poco como volver de la guerra, donde vimos tantas cosas que quizás no queremos recordar. Es otro el que se retuerce, es otro el que se angustia, tiene otro apellido la ansiedad. Y el garfio sigue igual, hasta que un día el numeral perdido en la sucesión de número primos se oblitere y aún cuando lleven a lanzar el corazón desde un helicóptero sobre el Río San Juan, el velo o hálito fatal seguirá siendo el susurro en la tarde de quienes aún recuerden las torturas eximias del garfio más excelso. “
25 de febrero del 2010 6:50 pm
Cecilia Levallois H.

Vol de Jour




MUNDO DE CANICA
MERCI Antoine de Saint Exupéry, je vous remercie Silvio
EL ARTE ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO. William Shakespeare.
“Vuelo hacia vos, y no sé si el vuelo y la anticipación de verte es por fin más que el arribo.”Antoine de Saint Exupéry, aviador y escritor francés
“No fue hasta que vi la mirada transparente, fija, tan inmensamente azul que me di cuenta que estaba predispuesta desde la cuna para pasar por este experiencia tan extraordinaria. Yo había sabido desde chavala, desde aquel incidente con las canicas multicolores de mi papá supersticioso, que iba a vivir en un mundo de canicas. Chibolas, les llamamos en Nicaragua, trocitos de mundo le llamaba un entrenador vietnamita que tuve y al cual aprendi a adorar sin que ninguno de los dos nos enterásemos, sino hasta el momento que se fue para Vietnam de nuevo. Pero antes del vietnamita, antes de este vuelo de día que ha sido como una pequeña serenata diurna y que me perdone Mozart por usurparle el título, las canicas de mi padre me habían marcado el destino. Siendo hija de un judío irlandés que estuvo en el Desembarco de Normandía, tuve que acostumbrarme a su sentido del fatalismo que caracteriza a judíos y árabes por igual, y saber que tenían ritos supersticiosos para todo. Es curioso que alguien quien creció con rugby en su país de origen se hubiera hecho tan fanático del beisbol y en particular de los Indios del Boer. Amaba con una pasión leonina a dicho equipo, y lloraba en público si perdían…ese era mi señor padre.
“ Antes de cada juego de su equipo, enterraba dos canicas.-de colores distintos a los que había enterrado la ver anterior, pero siempre de las más caras que el dinero pudiese comprar en los mercados- y con eso garantizaba la victoria del amado equipo. En la temporada beisbolera de aquel entonces que yo tenía trece años, mi padre ya había enterrado alrededor de unas 50 canicas o más en el jardín donde mi madre sembraba sus Príncipe Negros, Philadelphias, Oro de Ophir, Triunfos del color pálido rosa del interior de una concha marina, Rosa de Paz y aparte de las rosas de distintas razas, las vistosas gerberas. Ese año mi madre cometió el disparate de creer que los tulipanes podrían florecer en el trópico, compró a precio de oro varios bulbos de dichas flores turcas y le dio la orden a don Pedro, nuestro gentil jardinero valetudinario, que le preparase un trecho de tierra por debajo del porche de la casa, pues ella personalmente plantaría los bulbos de tulipanes ahí. Al preparar la tierra con fertilizantes, don Pedro se halló con la sorpresa que habían casi sesenta canicas plantadas ahí y se asustó.
“el jardinero le dijo a mi madre que sepa judas qué brujería estaba practicando mi padre, tomó las canicas, las metió en una bolsa y se las dio a mi mamá, quien las guardó por someter a su esposo a una interrogación peor que los autos de fe de la Inquisición española. Da la mala casualidad que esa tarde jugaban los Indios del Boer en la noche y mi padre se había ido al estadio conmigo pues yo era quien lo atendía desde una enorme hielera en forma de iglú donde mi madre le empacaba toda suerte de bocadillos y golosinas. Esa noche el equipo predilecto de mi padre perdió 6 a 2 y el autor de mis días lloró como plañidera en público mientras yo me moría de la vergüenza y trataba de esconderme detrás de la enorme hielera. De regreso a casa, faltaba lo peor. Mi madre lo abordó iracunda con la enorme bolsa de canicas exigiendo la verdad y solo la verdad poniéndole la mano sobre el libro de El Capital de Marx(mi padre era ateo y marxista y por ende no se le podía pedir la verdad jurando sobre la Biblia, el Torah o nada parecido). No recuerdo haber visto a mi papá tan pálido como cuando mi madre le presentó la bolsa de las canicas. Comenzó a gruñir que por culpa de mi mamá habían perdido los Indios del Boer, por desenterrarle las canicas, que no era culpa de don Pedrito, y que se habían cagado en él como fanático. Explicó con asomo de sonrojo su creencia que las canicas traían buena suerte al equipo favorito, que no había realidad científica pero en algo había que creer aunque no en dios, agarró la bolsa de canicas y maldijo a los tulipanes. En efecto, los pobres bulbos nunca llegaron a florecer y mi madre casi llora al ver a los zompopos salir encebollados cargando los embriones de tulipanes que nunca llegaron a nacer, siendo ésta una locura que a mi madre le costó más que un collar de malaquita. Mi padre esta vez re-enterró las canicas, más otras 4 más de desagravio, en otro lado del vasto jardín- sospecho que bajo el árbol más grande de icacos, pues mi madre se burlaba diciendo que nos iban a salir en el postre de icaco en miel que ella hacía. Las canicas…vaya pues. La lección estaba aprendida, pero jamás me hubiera imaginado qué tipo de dividendos yo iba a ganar en el futuro. Si hubiera sabido, hubiera tratado de luchar contra el kismet, el sino, el destino?
“Mi padre estuvo en la Royal Air Force (RAF)como piloto de combate y participó en la Segunda Guerra Mundial. No era tanto que él quisiera que yo fuese una réplica femenina de él, sino que seguir sus pasos era lo más normal y se sentía tan cómodo, tan genuinamente yo. Fue un placer ser ganadora de medallas en pesas, kendo y lanzamiento de la bala como él, pero la decisión de ser piloto de combate resultó uno de los pasos más difíciles de mi vida, no porque yo no quisiera serlo, sino por el país donde vivíamos. La única piloto femenina, una hermosa militar morena llamada Zayda González, había perecido en un accidente aéreo a inicio de los 80 y desde entonces no habia existido otra. Entre las clases extras que mis padres me pagaron estaban unas de vuelo con un piloto de una aerolínea comercial, y así aprendí el manejo de avionetas fumigadoras cuando era apenas una adolescente. Me bachilleré a los 15 años y ya podía hablar varios idiomas y pilotear avionetas. Tras haber sido enviada a Inglaterra me di cuenta que estaba destinada para la aeronáutica y dejé la carrera de filosofía. Me entrené en el manejo de aeronaves Cuando retorné a mi país años después me di cuenta que las cosas eran muy distintas para los que deseaban ser pilotos militares. La mayor parte de ellos habían recibido la debida preparación teórica, sabiendo de motores, aerodinámicas, fuselaje y tras haber sido la carrera de solo un año con el requisito preliminar de ser bachiller y estar en óptima salud, ahora eran tres años de carrera y para los pilotos militares comenzaban ya para entonces desde finales de los años 90 por ser cadetes en la academia militar del ejército. Aunque no había requisito de estatura mínima sí pedían que no hubiera anteojos de por medio. El inglés era un requisito que se pedía pero que pocas veces se tomaba en cuenta a como debía de ser. Yo con mis casi seis pies de estatura y la coloración oscura de irlandés negro de mi padre me sentí como Blanca Nieves rodeada de sus adoradores enanos cuando fui a parar a la Fuerza Aérea, y en realidad para ser sincera no estaba tomando las cosas con la debida seriedad. Había heredado una granja repleta de cítricos al lado de Niquinohomo, un legado de mi tío Juan quien murió solterón y tenía la idea de experimentar genéticamente con algunos árboles fruteros me llamaba la atención. Si alguna vez alguien se hubiera atrevido a insinuar que mi propia genética iba a ser alterada le hubiera dado muerte con una hulera.
“Mis viejos como que olían que iban a morir pronto que les dio prisa por “dejarme colocada”, a como ellos llamaban al matrimonio arreglado a como se acostumbraba para los judíos de antaño. Dado que desde niña me habían acostumbrado a la idea de que no iba a casarme por amor, el concepto del matrimonio para mí fue como el gusto adquirido por las aceitunas, que la primera vez saben a una montaña de sal y luego una hasta las echa al nacatamal aunque no venga en su receta original. Todo era relativo, y lo dijo Einstein, quien era tan judío como yo. Por eso la gente dice que los judíos venimos solo a joder al mundo. No había terminado de acostumbrarme a mi overol de piloto militar cuando mis padres me zamparon en un traje de novia que les costó un ojo de la cara, con bordados Richelieu y todo cuento, me consiguieron una chutzpah que parecía toldo de carretón de diligencia y me maniataron a Elser Kellerman, gordo, judío, de cuentas cómodas y cara de querube enojado. Así pasé a ser Madame Esther O´Malley -Kellerman, aunque nunca me firmé con el apellido que le costó a mi padre una buena casa como dote. Los intentos por conseguir descendencia fueron poco sabrosos e infructuosos, él se dedicó a su microfinanciera mediante la cual le sacaba en unto a los campesinos y microempresarios con préstamos de intereses leoninos mientras yo acababa mi entrenamiento. Me especialicé en helicópteros, generalmente uno entraba a la fuerza aérea y partían el lote de pilotos a la mitad, un tanto para los aviones y otros para los helicópteros. Me dio cierta risa cuando me dijeron que era imposible que volara estando gestante, pero ese no era un problema conmigo. Elser Kellerman y yo teníamos el matrimonio más perfecto posible ante las circunstancias de nuestro enlace: casi no nos veíamos y menos que nunca en la cama. No había araña, no podía haber telaraña. Elemental mi querido Watson hubiera dicho Sherlock Holmes. Por eso aquello de la vibración abortiva me dejaba fría. No era riesgo para mí. Estaba casi resignada al hecho que jamás tendría hijos.
“Poco después de la muerte de mis padres en un accidente aéreo, el gusanillo de la curiosidad me atacó. Ellos me habían casado para ver nietos, y se habían ido de este mundo sin ver cumplido el anhelo más grande de todo padre de familia. Me adentraba en mi especialidad, aprendía con una velocidad pasmosa. Tenía una curiosidad sin límite. No en balde había tenido un ascenso meteórico.
“Una tarde mientras miraba que le acomodaban artillería a un helicóptero en el cual había volado con asientos para VIP el día anterior me pregunté si mi estado personal no era casi como el de una cotorra. O el de una lesbiana casada, aunque nunca me gustaron las mujeres. Volaba helicópteros MI17 y aunque nunca nadie se había molestado en ponerles otra cosas que no fuera placas y numeraciones a los tantos aparatos, y tampoco a los casi 20 aviones tenían nombres, yo comencé a llamarle Brian Boru-como el rey inglés que fue ancestro de mi papá-al que yo más frecuentemente volaba. Una noche casi a escondidas me llevé una botella de vino Anjou Rosé y la había estampado sobre el helicóptero, soy tu Ban Righ, tu reina, Brian Boru le dije en el poco galés que yo hablaba como parte de mi herencia celta. Una lágrima cristalina me asomó a solo un ojo. Un rito católico de bautismo hecho por una judía más creyente en el marxismo que en dios. Cómo hubiera sido ponerle nombre a un hijo.
“Al día siguiente tuve programado vuelo, Brian Boru estaba recibiendo su mamila de 2,785 litros de un combustible llamado Jetta-1, una sustancia de alto octanaje que mas bien parecía gas. Irían conmigo el co-piloto, el técnico de vuelo y unos cuantos oficiales. En la cabina a la izquierda iba yo, a la derecha el copiloto y en medio como salero iba el técnico de vuelo. Antes de entrar a la nave, le habíamos dado el chequeo de 360 grados, viendo que todo estuviera en orden, como cuando el Garfield de las comiquitas le da una vuelta al trozo de lasagna que va a consumir. Es un acto gatuno, ejecutado ya en el overol rutinario. Era una réplica de la vuelta que daba mi gato angora en casa a la vieja espineta que nunca aprendí a tocar bien. En misiones llevando a ministros o mandatarios, era posible llevar puesto el uniforme de gala, con su forro de seda capitonada que daba un calor arrecho. No me había gustado la broma de Elser Kellerman me dio en una ocasión en que volé a un vicepresidente sudamericano, diciendo que era muy práctico volar en traje de gala porque si se descachimbaba el aepopló(nunca les quiso llamar helicópteros) ya solo lo echaban en la caja a uno porque de todas maneras a los milikos los enterraban siempre en traje de gala, eso si quedaba algo que enterrar o uno no quedaba como los pollos para freír que los venden en piezas.…así se ahorraban tener que vestir al muerto en otra cosa, y fue cuando le dije que por eso nos odiaban a los judíos, por ser pinches y no gastar en nada extra, porque si todos los maridos judíos como él fuesen mujeres lavarían los paños sanitarios de una regla para usarlos en la siguiente. La sonrisa se le había quedado congelada en el rostro de luna llena a mi pobre esposo. No le gustaba que algo tan mínimo como una mujer, por muy propia que fuera, le ripostara. Quiso disimular diciendo que lo mismo pasaba con los tuxedos o smokings, que los hombres los usaban, de todas religiones, siempre que les fuera a pasar algo horrible, como casarse, ser electos presidentes o ir en un ataúd cuya comodidad ya no sentían rumbo al cementerio. No le quise decir que vivía en un mundo ficticio donde todo se medía por términos como débito y crédito sin pensar en cómo comerciaban con la miseria humana de nuestros paísitos subdesarrollados.
“La planta eléctrica en tierra que se usaba para energizar al aparato estaba ya lista, el técnico había chequeado todo y ya estaba conectada la planta para el arranque. Los pocos oficiales que iban con nosotros estaban ya en sus lugares. Calentamos por un minuto mientras comprobábamos los sistemas. Hice la comunicación con la torre de control, di el plan de vuelo, y se hizo el taxeo hacia la pista principal para el debido despegue. Una vez en la pista pedimos autorización a la torre central para despegar. Con el bastón colectivo cuyo movimiento es de arriba abajo se incrementó la potencia y movimiento de las palas o aspas.
”Es increíble como la destreza nos hace un poco autómatas. Me sabía mejor que la palma de mi mano las palancas y maniguetas que lleva un helicóptero. Los dos pedales que gobiernan la dirección hacia los lados, el bastón cíclico que va al centro para regir el medio que controla las aspas que el aparato como corona móvil. El despegue en vertical daba lugar a vuelo estacionario de 3 a 5 metros por encima del suelo por unos instantes. Se daba el último control de parámetro, el bastón colectivo hacia arriba, el pedal derecho para controlar qué giro daba la nave. El bastón cíclico se fue hacia delante bajo la mano y la nave salió volando hacia adelante en vertical. Se podía despegar de corrido como avión, pero esta vez despegué en vertical. Una vez Elser Kellerman me preguntó si tenía palanca de retroceso y me había hecho estallar de la risa. Por supuesto que no la tenía, pero solo en la mente criminal de un usurero podría caber semejante idea tan descabellada...
“Nada se compara con el sabor del aire lavado por la lluvia reciente. En tierra yo ya había preparado el vuelo, trazando la ruta, ya que el vuelo se había hecho bien planificado. Sobre un mapa se habían marcado las coordenadas del punto de partida y de el de arribo, ingresándolos al GPS(sistema de posición global). Este era un navegador y era usado rutinariamente como instrumento de navegación. Ibamos para el Castillo de la Inmaculada Concepción sobre el Río San Juan, el mismo donde la mozalbeta mulata Rafaela Herrera a sus 19 años había defendido la provincia de Nicaragua contra los piratas inglesas para un rey que no solo no le daría las gracias sino que le restregaría en la cara el haber nacido al otro lado de la cobija matrimonial, bastarda sin derecho a nada en aquellos crueles tiempos…
“ Habíamos visto el sitio que era nuestro punto de arribo desde lo alto, perdiendo altura poco a poco conforme el uso del bastón colectivo hasta una altura de 15 a 20 metros donde hicimos un vuelo estacionario antes de aterrizar una vez que se había bajado el bastón colectivo. Salimos raudos, agachando las cabezas por medida de seguridad, demasiadas películas a lo Rambo donde habíamos visto que las cabezas salían volando cercenadas.
“En esta vez no se había planificado ningún salto departe de los oficiales. Los saltos se daban a alturas desde 600 a 1200 metros para caída libre(o sea cuando uno soltaba el paracaídas por cuenta propia). Había un poco de lluvia pero no neblina. En una ocasión en que yo había hecho un salto libre en la misma zona casi había caído cerca de donde un enorme cuajipal almorzaba saber qué criatura que le había caído en fauces. Esa vez anterior andaban conmigo una veintena más de oficiales, y uno había hecho la mitad del vuelo en el inodoro pues el estómago lo llevaba jugado del miedo. Yo lo había tratado de alegrar recordándole que contara las luces que tiene un helicóptero, 3 de navegación, 4 de formación, una de taxeo y dos faros para aterrizar, y que no dijera caballadas porque nuestros helicópteros no acuatizaban, sino que aterrizaban solo en tierra. El joven teniente solo había tenido tiempo de decir que con todas las luces prendidas el aparato parecía un árbol de navidad barato antes de ir a sacar otro medio litro de bilis, dándole gracias a su dios que este helicóptero tenía cagadero.
“Una vez concluida la misión en el Castillo, nos habíamos vuelto a preparar para salir, esta vez de regreso a Managua. Una súbita tormenta violenta que casi oscureció por completo lo que habia sido un día muy soleado pareció aparecer de la nada. Ya estábamos en el aire y esperábamos poder viajar más rápido que las enormes nubes negras cumulonimbos que amenazaban sobre el horizonte. El copiloto me había insinuado que solo una mujer podría ser tan impulsiva, y que hubiera sido mejor esperar. Lo oí musitar entre dientes, qué se puede esperar de la teniente coronel, judía y mujer, rechinada por ambos lados. No quise entrar en disputa con él. Tenía una sensación extraña de urgencia, de salir de ahí lo antes posible, porque algo azul se cernía sobre mí. No pude abrir la boca y confesarle a los oficiales que nos acompañaban cómo eran las coordenadas de la sensación atosigante de miedo que sentía, no de volar, ni mencionar la idea que una extraña presencia externa pero cálida se apoderaba del ambiente dentro de la aeronave, porque nunca sentí miedo de eso. Era un sentimiento raro, una premonición de acecho que tenía que ver con mi huesera, con mi carne femenina como tal. Una impresión que me estaban viendo desde adentro, una paranoia de los músculos, un escalofrío de la sangre que desafiaba descripción. Una ballerina esperando entrar a escena para dar los 32 giros continuos del acto segundo del Lago de los Cisnes, sabiendo que era la culminación y ordalía a la vez.
“Una inmensa esfera azulada, como réplica del globo terráqueo apareció ante mis ojos, disminuyó de tamaño pero no de brillo, luego otra igualita y pude ver que era un par de ojos más celestes que la esencia del azur jamás visto. Azur, el azur divino de Rubén Darío. Recordé las canicas supersticiosas de mi papá, pero eran de material inanimado. Estos eran ojos, y estaban vivos, y un hilito de sangre parecía derramarse de uno de ellos. Me percaté que mi copiloto iba dormido profundamente, y el técnico de vuelo como en estado de trance, pero siempre en medio como salero reinando una mesa. Nadie parecía estar respirando, y abajo las aguas del Cocibolca ya no eran azuladas o sucias sino como un torrente de vino tinto, o sangre.

“Si me preguntan cuánto duró el instante no les puedo decir pues ni yo misma lo supe. Mi mentón fue tomado en unas manos suaves, sedosas, de uñas transparentes. Una suave lasitud se apoderó de mí. La nave parecía balancearse suavemente en el aire, como una pluma de ave que lentamente cedía ante los inevitables requiebros de la gravedad. Fui cayendo en un sopor tranquilo, como que inhalé un éter que solo podría ser la ambrosía de los dioses, y el néctar de la vida fluyó por mí. Antes de perder el conocimiento, un destello azulado y aquel rostro de ojos azules, sonriendo como si fuera un angel extraviado, se fijó en mi memoria para nunca más salir de ella. La sensación de la piel de este ser se quedó archivada en la punta de la yema de mis dedos, y el olor detrás del cartílago donde mi nariz se funde con el hueso. Busco perfumes para obliterar ese recuerdo aromático y aún así no lo logro.
“Estoy contando el cuento porque sobrevivimos todos intactos a ese extraño trance. Bueno en mi caso, casi intacta. De algún manera nos percatamos que salíamos del sopor y los instrumentos de vuelo de alguna manera nos llevaron hasta el punto donde vimos la población de Tipitapa y los reflejos del Momotombito en las aguas oscuras del Xolotlán. Estábamos por llegar a Managua cuando estuvimos conscientes. El aire dentro del helicóptero parecía estar poblado de trocitos de diamantes, centellas como luciérnagas diurnas, y digo diurnas porque apenas el sol comenzaba a despedirse por el horizonte del ocaso. Aterrizamos y todo pareció normal. Por acuerdo tácito, nunca expresado, jamás hablamos de la experiencia inesperada que tuvimos de la nave. Sería un secreto colectivo, si algo así podría existir.
“Meses más tarde, a mis cuarenta y cinco años, perdí la regla y no era la entrada de la menopausia. Elser Kellerman, con quien no había tenido intimidad desde una semana antes de ese vuelo extraño, debatió consigo mismo entre repudiarme y quedarse callado, ganando como siempre el terror a lo que digan los demás, la lucha por la respetabilidad burguesa a toda costa, el amor a las pantallas y la sociable afición a los sepulcros blanqueados. Nunca más lo volví a tocar, y era extraño estar embarazada sin síntomas ni malestares. Una blanda cortesía nos ataba tan fuertemente a como nos unió la tradición y el amor a seguir obedeciendo costumbres por las cuales dicen que los judíos somos tan odiados y considerados tan criminales como por lo que hace Israel en la Franja de Gaza. Quién diría que el bebé Kellerman que heredaría la microfinanciera que se nutría de la sangre de los más desposeídos no llevaba una gota de sangre del orgulloso propietario? No he vuelto a volar y aguardo el nacimiento de la criatura.
“Me mantengo en mi oficina con buen escritorio y al llegar a casa, mi gato de angora parece presentir que algo extraordinario me sucede. Creo que me tiene un poco de lástima, pero prefiere disfrazarla de respeto. A diario, las pesadillas se apoderan de mi mente y me hacen ver toda suerte de manos deformes, cuerpos tarabiscoteados y piernas torcidas. A veces mientras me inclino sobre mi pequeña refrigeradora de oficina para sacar té de mi pichel siempre lleno, o estiro las manos sobre mi vientre cada vez más abultado, una sensación de inquieta paz viene a anidarse en mi torrente sanguíneo. Pero en algunas pocas noches al mes el recuerdo de unos ojos azules como el globo terráqueo, a como lo vio Yuri Gagarin en su vuelo espacial admirando lo bello que es el mundo, navega por sus propios senderos hacia mi memoria y me reconforta, recordándome que este es un mundo de colores iridiscentes, un mundo de canica en el cual por fin tendré el honor de ponerle nombre a algo que no solamente es un adorado trozo de metal. Sé que volveré a volar, que sobreviviré al parto, aunque en mi descendencia se plasme la sombra que tiene el lado oscuro que no vemos de la luna, con su brillo opalescente que admiré por primera vez en las canicas de la suerte de mi papá, y que conocí personalmente por breves instantes en una tarde de tormenta durante un vuelo ordinario y extraordinario a la vez.”
Cecilia Levallois
29 de noviembre de 2009, en vísperas del Día Mundial del Historiador, a prueba de mala música(ruido), tareas “propia de la mujer” y demostrando que uno aprende mucho como maestra también de sus alumnos.