Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

sábado, 5 de enero de 2013

EL PRESAGIO DEL COCO

EL  PRESAGIO DEL COCO
Para Aristóteles Levallois, mi gato hijo quien me dio la idea
“Si hay boda sin amor, pronto habrá amor sin boda.”Benjamin Franklin
No fue hasta que regresé a mi hogar, donde mi hermano Esteban, que me di cuenta que la pesadilla que me tocó vivir estaba ajena a mi voluntad, aunque los espasmos de culpa me seguían invadiendo como oleadas de una marea roja de sangre. Yo nunca le quise dar crédito a Arnold Toynbee, quien decía que la vida y la historia eran cíclicas. No fue indiferencia por bruta, sino porque quizás creía que me iba a vacunar contra los dolores cotidianos de estar viva. Cada quien tiene su forma de autoflagelarse, de eso estaba segura mirando a un joven capitán entrenado como kaibil, cuando se veía en el espejo la angustia lo escalaba como un gato sube por un tronco clavando uñas, huy un kilo de mas pronto estaré sin entrar en mis talla perfecta pantalón 30. Yo nunca quise estar proclive al fino arte de hacerse mierda una misma. Desde niña me inculcaron amor a la carne propia, a la tierra que lo vio nacer a uno, o al país que te acoge en tiernos brazos de nacionalización. En realidad estaba bien hasta que se les ocurrió arreglar mi matrimonio con Bayardo. Mis amigas me lo decían, Olivera, esta reguapo y con reales, y no es un chavalito culo cagado. Un generalote con futuro(ay y yo pensaba, con unos hijos velitres e impaladeables que me tocara sonreírles aunque los quiera pescar del pescuezo y darles vuelta como a gallina para sopa). Olivera, mujer bonita, reíte de tu suerte. Hasta te ayudará en tu negocio de diseño gráfico, con lo difícil que es el comienzo. Para una mujer de 30 años, considerada ya para vestir santos(aunque prefería desvestirlos), Bayardo Andino era un trofeo de cacería. Y me lo estaban regalando a mí, sin saber que siempre opiné que cualquier hombre  aun regalado es caro. Yo quería pasar el resto de mi vida con mis gatos, mis computadoras, haciendo fractales, diseñando campañas publicitarias. Fue mi mismo hermano Esteban quien me convenció de no echarme atrás una vez que mi palabra fuese dada al hombre. Ya conmigo sería la cuarta esposa, mala onda un carajo que no daba pie con bola, que hacia trapisondas con sus bienes raíces y hasta había un enredo de una casa en una zona occidental de Managua, la cual había dado primero a una furcia con nombre de nazi con quien había tenido un bastardo y luego cometió estelionato regalándosela de nuevo a un viejo negro que quería ser el nuevo  Colin Powell en versión nicaragüense. Imaginense, un dia que la tipa quiso alquilar la casa a una medico  el coronel negro y ella se trenzaron a gritos delante de la galeno, quien salio huyendo. Cuando por hablar de algo, le pregunté a mi esposo Bayardo sobre el asunto , una mirada helada de esos ojos grises tan crueles me silenció ipso facto.
Desde el primer dia de casados jamas dejó que me acercase demasiado a él. En la suite sobredecorada  del hotel , donde decidió ponerme para la noche de bodas, fue bien claro que necesitaba alguien para llenar el lugar protocolario de la esposa del general. No estaba enamorado, pero ya que estábamos aquí a la faena pues , que no había para que desperdiciar el chance. Yo creo que el ejército estaba pagando por los gastos de la boda, pero no había reales para aumentarle el salario a la tropa. Agárrenme ese trompo en la uña.Estaba yo espeluznada! Para colmo, a la hora en que todo iba a suceder, un gran mariposón negro entró a la suite y se pegó en una cortina. Si había algo que siempre me dio pavor, fue la aparición de estos insectos.  Eran sicopompos, ese algo escalofriante que aparece anunciando cosas aciagas. Jodido y la pava me iba a caer a mí! Clase de horrible. No solo era acostarse con alguien que a una no le gustaba, sino lo que podría pasar tras el coito. Exigí que el hombre sacara al animal volando, siguiéndolo con una escoba que pidió por room service. Cuando por fin llevaron la escoba, el triste espectáculo del hombre desnudo siguiendo al papalote por lo menos  me dio risa, asomándome por la ventana del baño. Si ese bicho me hubiera caído encima por diosito  que dejo la muestra de mierda encima de la alfombra. Pero Bayardo lo había logrado sacar del dormitorio. Y luego ni modo, a cumplir. Bayardo procedió al siguiente paso. Nada agradable, con eso les digo todo. Se arrechó cuando le dije que quitara el Nocturno de Borodin del equipo de sonido e ipso facto me arrepentí pues puso música de los Tigres del Norte. Casi devuelvo la grasienta cena que habíamos consumido.Y tuvo la cachaza de preguntar donde estaba la sangre, el sello de garantía, el himen perdido. A lo cual contesté que si sangre era lo que quería hubiese ido a comprar unas cuantas bolsas a la Cruz Roja, donde la vendían a precio de esmeraldas proveniente de donantes  babosos, consuetudinarios y con su itinerario que llamaban a los periódicos cada vez que iban a soltar sangre, buen negocio por cierto, aunque no salían fotogénicos porque eran un cuarteto de flacos mas feos que Cristos de lata mal hechos. Le espeté que era ridículo que solo las mujeres tuviéramos pasado cuando por la misma zona genital los hombres hacían descalabros. Desde ese momento supe que jamás iba a haber real comunicación entre nosotros. Era una transacción comercial, y en realidad había mercancía por ambos lados. Pedía mucho, y en realidad, daba poco. Un general desnudo no anda las estrellas pegadas en la pinga, y menos cuando era de ese tamañito.
Apenas nos establecimos en la enorme mansión silenciosa en las afueras de Managua, nos terminamos de quitar las vendas imaginarias de los ojos reales. Me abrió Bayardo una cuenta corriente aparte de la que yo tenia para mi negocios y depositó una suma fuerte en ella, siendo bien claro que era para mis gastos de representación como esposa del general. Por lo visto se creía a las alturas de un Patton o De Gaulle, pero bueno, mientras más inflamada tuviera él su visión de sí mismo mejor para mi. Tenia mi habitación aparte de la suya, lo cual era algo bueno. No era el estado de éxtasis de recién casados que se amaban, pero ni modo. Aunque yo viniese de una familia de sangre azul, nunca había tenido en mis manos tanto dinero puesto junto al mismo tiempo, pues yo ya había nacido en tiempos flacos. Me reintegré a mi oficina y labores comunes pero sí, había una diferencia. No era lo mismo ser la artista gráfica loca, tratando de buscar más anuncios para poder pagar una planilla y no quedar mal con nadie, que ocupar el puesto con cierto respaldo. Los anuncios para publicidad del estado comenzaron a caer paulatinamente. Era el sitio “in” donde hacer los mensajes propagandísticos del totalitarismo en el poder. Ya no me tildaban de nazi por escuchar la música de Wagner a todo volumen en la oficina, como era la esposa del general, era politikamente correcto. Pero debajo de todo este bienestar algo falta. Tengo preciosos gatos y un garrobo llamado Joaquin, un Mercedes Benz y un kaibil gentil que me cuida, y yo lo cuido que no coma en exceso para que no pierda sus bellos uniformes. Asi se sintió el inexistente dios cuando decidió crear el problema, perdón, digo el Mundo? Estoy solo, me haré un mundo, según la Creación del negro James Weldon Johnson. No se complicó la vida dios al crear al mundo tal y como está? Crear? Aparte de los anuncios, casi mágicos que tengo que crear para lograr que el dictador se mire como de quince años de edad? Crear un hijo, no. No puedo darle un hijo a este hombre, ni lo quiero ni me quiere. Una victoria del macho sobre mi cuerpo de mujer. No señor. Pero me falta algo. Es lo que me sale de los ojos cuando oigo la obertura del Tannhauser de Wagner o el Trío para piano de Schubert, el que usó Stanny Kubrick en la cinta Barry Lyndon. Tengo un closet atiborrado de cuanto vestido desea una mujer, zapatos cómodos y como lo que quiero. Y mientras menos vea a mi marido mejor. Quiero una silueta que cree sombra conforme se mueva el sol, alguien a quien decirle que me siento como si acabo de bajar de otro planeta. Y que se vaya el coco silencioso que vive en mi closet, que me observa desde unos ojos chorreados de sangre porque algo horrible me tiene que pasar tarde o temprano. El presagio que trae todo coco.Y que se cumplió cuando menos lo pensé posible.
El coco es una figura universal. Cada cultura tiene su versión, con o sin pelos, con o sin pies. A mí me asustaban con él siendo niña. Luego siendo adulta me convencí que era una carambada, hasta que el propio coco me convenció de su existencia. No lo puedo describir, pero es una figura cuyos ojos con venas sanguinolentas, como los de un borracho, y aparece junto a mis vestidos Selim Soleil en el closet. Algunas veces su presencia fue tan real que me llevó a salirme de mi aposento e irme a dormir con mi esposo, quien creía que era yo quien llegaba a buscar sexo. Craso error.
Estaba en ese estado de ánimo, con un sapo como sentado en mi voluntad, cuando saliendo de un supermercado una mujer me botó al piso por salir corriendo. La mujer me dio la mano para sacarme del piso y el corazón me dio un vuelco. Sally. Era Sally, mi prima militar a quien toda la familia rechazó cuando se hizo piloto militar. Los enormes ojos azulados, el cabello en paje, el uniforme camuflado en azul. En la infancia fuimos inseparables. A ella se la trajeron adolescente c del viejo país, y yo ya vine adulta. Ella era mayor por varios años que yo, y por estar en su ajetreo militar no se había casado, o eso se creía... Sally, ahora más nicaragüense que el pinol. La abracé con fuerza, y le pregunté si me recordaba. La mujer se echó a reír, aquella risa de duendes a como nos decía nuestro abuelo. –Por supuesto, su alteza. Y nunca la voy a ver porque ahora que es la mujer del nuevo jefe, bueno no se mezcle la soldadería con los de arriba.
Nos fuimos a sentar a un cafetín, ya con mi kaibil tranquilizado, y la sorpresa del reencuentro  como un Moisés improvisado partió las aguas de ese Mar Rojo de la distancia, las diferencias y el tiempo y hablé con ella a como no había hablado con nadie en tanto tiempo. Ya no era una jovencita, pero se mantenía en forma. Patas de gallo casi imperceptibles brotaban de las comisuras externas de sus ojos claros, pero la alegre risa brotaba siempre cristalina. Ella me explicó que no había estado en la boda pues no solia mezclar placer con negocios, y el nuevo jefe-mi esposo- no estaba muy familiarizado con la única mujer navegante de todas las fuerzas armadas. Regresé a casa hecha un chischil de contenta. Hasta mi esposo lo echó de ver, pues incluso le preparé una cena deliciosa, y la comimos juntos. Le conté que había reencontrado a mi prima Sally tras largos años de no verla.
-Es una excelente piloto militar, pero un enigma para mí. La he visto de lejos unas tres veces a lo sumo, pero no hemos cruzado mas que unas pocas palabras tras la ceremonia para fijarme como jefe de las fuerzas armadas. Es un islote rocoso, no es muy comunicativa, un poco huraña aunque sé que la tropa la venera. No sé si la adoración es buena, duele cuando hallamos que nuestro ídolo tiene pies de barro.
OOOOOOOOOOOOooooops eso sonó  a envidia. Durante la cena seguimos hablando de una y otra cosa, hasta me solicitó que para el fin de año yo hiciera una cena de pollo para comer en casa conmigo, quizás como una manera de atraer mejor suerte, ya que habíamos tenido un año complicado con las reyertas entre Colombia y Nicaragua por unos islotes llenos de hormigones que mas bien nos hubiera salido hacerlos volar. Era buen material para un relato, si mucho me apuraban. Hace cuanto que no escribía yo? Tanto quehacer en la oficina y aparecer con sonrisita de princesilla de cuentos de hadas al lado de mi esposo en sus apariciones publicas me habían hecho dejar la pluma a un lado. En la familia, a pesar de mis talentos nunca era considerada como una lumbrera. Eso le tocaba a Sally…bueno hasta que decidió dejar todo por ser piloto militar .Ahi se convirtió en la oveja negra del clan y muchos se negaban siquiera a mencionarla. Era este ostracismo lo que la hacía tan buena en su carrera, dedicándose al trabajo para olvidar el rechazo familiar? Yo nunca la pude rechazar. Era mi ídolo casero, y tras haberla visto en el supermercado me di cuenta la enorme falta que me hacía. Mi kaibil me entretenía como si fuera un bello mono amaestrado, pero era compañía familiar lo que deseaba en el fondo. Alguien quien tuviera mi propia sangre. Podría Sally hacer tiempo para la prima a quien le peinaba las rubias trenzas cuando éramos pequeñas? Decidí invitarla para el 31 de diciembre del año que concluía. Lo hice temiendo que me dijera que no, pero para mi agradable sorpresa, la mujer sonó entusiasmada por el teléfono. Recordaba mis primeros esfuerzos en la cocina, al lado de mi madre, y hasta me mencionó mi primer pastel de chocolate, el cual quedó tan duro y seco que mi papá lo puso de pegoste para detener la puerta.
Me preparé con buen tiempo para conseguir los ingredientes para una cena estelar. Recuerdo que Bayardo me dijo que dos compañeros generales vendrían también, uno de ellos muy goloso por cierto. Omití, no sé por qué, mencionarle de la invitación de Sally, quizás porque su opinión tan sombría de ella en aquella cena meses atrás me dejó la impresión que iba a ser un faux pas.
El pollo en el horno, todo casi listo para la final del año .Huele bien en mi cocina, desearía que estuvieras aquí,le escribí a un veterano gringo de la guerra de Vietnam. Chele lindo, me había tocado atenderle cuando vino a Nicaragua hace 4 meses. Hicimos buenas migas, tan grandes, que vi un asomo de celos en el rostro rubicundo de mi esposo. Y esa noche, con el olor del pollo y sus aliños danzando en el aire de la cocina, con mis  gatos a mi alrededor.me di cuenta de lo sola y aislada que estaba.. Ahora respóndeme, le pregunté a uno de mis animales, : ¿por qué la sensación de vacío  Respóndeme tigre de salón, ¿por qué el vacío? Este personaje, aunque no un coronel como mi prima, tiene a alguien para escribir con ella, a diferencia del viejo pedorro en la novela de Gabriel García Márquez. Mi marido ha aprendido a fruncir el ceño y sonreír al mismo tiempo cada vez que escucho la música bluegrass banjo o digo algo que suena subversivo. Eso es el arte mismo. Pero, ¿por qué no es importante? Decidí preguntarle a mi amigo norteamericano a quien le estaba escribiendo algo parecido a un cri du coeur… Como un hombre casado ,le pregunte a  ¿alguna vez has aprendido a hacer eso? ¿O es algo que sólo una mujer intelectual rompepelotas puede molestar tanto a su cónyuge? A menudo sueño de entrar en un  helicóptero AN 17 llevarme a mí misma lejos de todo esto. No soy apta para que me hagan un  Taj Mahal. Tras el  entierro ceremonial, lo sé que los mil elefantes se pondrían en huelga.. Si alguna vez fui Mumtaz Mahal, nunca fui capaz de encontrar mi Sha Jahan en esta vida. Mierda que  sólo me pasa a mí. Pero el año nuevo me saludaba desde el porche de la casa, listo para entrar. Atisbando como los Himalayas saludando azules, altivos y en la distancia a la plataforma del Deccan, desdeñando las ambiciones de altura de esta meseta en la India. Mi regla se había acabado un día atrás. Sé que existe la depresión post parto, buena excusa para las paridas para no hacer nada provechoso y que las estén mimando, pero había algo médicamente hábil llamado achaques post menstruales..? Pero no ahogaba mis azules o verdes o lo que sea en una botella de whisky o una jarra de cerveza, ni siquiera en un churro bien sellado…. Yo soy lo suficientemente loca en mi estado natural . Cuál era la fórmula? Un closet atiborrado de bellezas de trajes? Hasta uniformes militares sin ser guardia? Hasta un traje camuflado, un buzo por cierto,  que me enviaron hace poco de Bangladesh, de uno de los mayores  que nunca llegará a  ser coronel, uno de los oficiales de la marina de guerra , señalizadores  de Bangladesh (digo la verdad, ni siquiera sospechaba que Bangladesh tuviese submarinos, y mucho menos un barco de vapor como los que suben el Mississippi). Ese traje vino envuelto en hojas de lámina de cebolla perfumado con sándalo, era tan delicado y hermoso que casi lloré encima de la caja en que venía cuando lo abrí, el hombre debe de haber pagado seis de sus salarios para enviarlo a través de Airpak. Aun mi esposo, todo un general de ejército, top brass,  había dejado escapar un suspiro que sonó más como un pedo. Los encantos de mi mujercita, ay pues, solo espetó al final. Material literario, purita sangre de lectura.. Siempre soñé con hacer un cuento o una novela corta como el general Pierre Choderlos de Laclos hizo en su obra maestra Las Relaciones Peligrosas, posteriormente deschincacada por la máquina de Hollywood de hacer mierda las obras, con estelares de John Malkovich con su mejor look de lagartija anémica en el papel del taimado Valmont y la Glenn Close como la maldita intrigante. Una gema construida con facetas que eran las cartas que los personajes se cruzaban entre sí, que maravilla. La primera novela psicológica en primer lugar, para etiquetarlo correctamente.
Los aromas de la cocina me fueron  alejando de escribirle más extensamente a mi amigo gringo. Verifico que todo esté listo, en orden, en su punto, la mesa puesta, los gatos hartos para que no pululen alrededor de la mesa se trepen arriba y se jalen del encaje de bolillo de Venecia del mantel hacia el piso en medio de una sinfonía cacofónica de cristales rotos. Bien, todo ok .Nunca olvidaré un banquete cuando mis padres ajustarían un año más de casados y el tigrillo que mi papi tenía como mascota hizo un clavado en la ponchera. Todo mundo se había reído y el animal cometió su crimen impunemente, pero había bañado a todos de bebida.
Si los gatos se hubieran subido arriba de la mesa  y nadado en el consomé o  si Jorge, mi tucán amaestrado, le hubiera sacado el ojo a alguien, hubiera habido menos hálito a tragedia que el que quedó después de esta cena de fin de año. No, no se me quemó el pollo ni se vomitó nadie encima de la mesa. Cuando Sally llegó, mientras servía los tragos, mi marido cambió de color y se quedó viendo a la mujer como si estaba viendo al diablo cagando por un hoyito. Lo cómico del asunto fue que a Sally, tan mundana y bella y segura de sí misma, le pasó lo mismo. Solo miraba a Bayardo con cara de idiota mientras los otros presentes no sabían si partirse de la risa o llamar a un exorcista. Era casi increíble pensar que estas dos personas no se habían conocido en tantos años de laborar en las mismas fuerzas armadas. Lo mejor del caso es que habiendo sido yo quien los presentó, me sentía como una no persona, ese término tan tenebroso acuñado por José Stalin para los enemigos políticos que encabezaban sus purgas rojas. Quien rompió la tensión momentáneamente fue mi escolta el kaibil, quien expresó estarse muriendo de hambre. Todos nos reímos  ante su espontánea sinceridad y nos dirigimos a la mesa por fin.
A veces, entre un anuncio que estoy creando y otro que aun asoma, rememoro esa cena de fin de año como quien recuerda una telenovela, o el cuento de horror en que desembocó. Fue ahí que comenzó todo el lío, y no teniendo yo experiencia personal con los coup de foudre, que es como los franceses llaman a esas impresiones fulminantes, no detecté los síntomas de lo espantoso que vendría después. Por cortesía elemental, senté a mi radiante prima la piloto al lado del jefe que acababa de ver de cerca. Estaban platicando como gallinas viejas, riéndose a mandíbula batiente que nunca hubieran coincidido en misión o nada parecido. Todos los comensales me felicitaron por mi buena cuchara, y aún después del postre, del café y Grand Marnier para ayudar a la digestión, Bayardo y mi prima seguían volando lengua a lo descosido. Viendo la buena sincronía que se estaba dando, fue cuando me senté al otro lado de mi esposo y le pedí que me permitiera tener más tiempo con mi prima, ya que por las ocupaciones de ambas teníamos una brecha de años que llenar. Con una sonrisa amplia, me dijo que mis deseos eran órdenes, pues él estaba encantado con lo que iba conociendo de mi familia. Vi la cara de alarma que puso mi escolta, pero le guiñé un ojo .Sonrió maliciosamente y se fue a la terraza a ver la luna. Entró de regreso a los 5 minutos, con expresión sombría, algo poco usual en el joven militar. Se acercó a mí y solo atinó a decirme que la luna tenía en la cara pringues de sangre y que había escuchado cantar a la lechuza negra. No me atreví a hablarle del coco que vivía en mi closet.
 Inicialmente la intención era que mi prima pasara más tiempo conmigo, y al inicio eso precisamente sucedió. Rescatamos nuestros recuerdos en común de la infancia, nos acordamos de detalles casi olvidados del país que nos vio nacer, y yo me sentía feliz. Sally tenía el buen tino de poner en estado de alegría a los otros, un don aparte. Yo necesitaba estar contenta, no tenía el consuelo de hijos. Fui dándome cuenta que mi negativa de reproducirme en realidad era algo contra mí misma. No porque quisiera atar a Bayardo. El ya tenía  varios hijos de anteriores esposas y de todo un establo de amantes. Algunos le visitaban acá en la casa, y yo había ido entablando una relación bastante cordial con ellos. Uno de ellos quería, para espanto del padre, ser pintor y me buscaba a menudo para buscar apoyo para su causa. El muchacho ya estaba adolescente y se volvía loco con cualquier forma de arte, sabía bordar como los antiguos samuráis y hacía haikus, esa forma tan precisa y breve  de poesía nipona. Sally de vez en cuando leía sus obras y le hacía señalamientos sobre cómo podía mejorarlas. Era de esperarse que Yasser estuviese feliz con su pareja de tías. Pero el más encantado con la presencia de Sally fue mi mismo esposo, quien se preguntaba cómo no la había descubierto hasta que yo se la presenté.
Tener a Sally más a menudo por mi casa me permitió irla conociendo mejor. Habíamos sido como gemelas, a pesar de la diferencia de edad, en la infancia. Una enorme brecha existía por los años en que perdimos contacto, y ahora que platicaba con ella cuando no andaba volando, me di cuenta que su vida había sido muy lejana a la idea del cuento de hadas que tenía yo como concepto. Sally ya había estado casada y para colmo con un perfecto don nadie que solo la hizo sufrir. Como dice la cantante Cher, a veces las mujeres se prendan de cualquier cosa y proceden a casarse con esa cosa, para su propia desgracia. El ex esposo de Sally era un tipo egoísta, 7 años menor que ella, de una familia campesina con muy pocos valores positivos, y fue todo un gigoló que logró medrar a costillas de ella. Joaquin Rodriguez la aprovechó al máximo en lo que pudo y luego de darle vida de perro, llamándola prostituta cada vez que se le antojaba, le dio el golpe maestro enredándose con una de las sirvientas de la casa, hija de un taxista. Según me contó Sally la mujerzuela, una gordiflona  negra y tetona de 40 años de edad, con un pasado borrascoso y una hija a la cual ya le iba enseñando las artes sexuales más cochinas, se instaló en su casucha de las afueras de Managua y Joaquín Rodríguez pasó a mantenerla de todo y todo, llegando a engendrarle un hijo que luego salió feo y para colmo anormal. Joaquin Rodriguez, quien no gozaba de trabajo fijo mientras iba a la universidad costeado por el bolsillo de mi prima, fue tan descarado que hasta llegó a robarle ropa y despensa a Sally para mantener a la mujerzuela. Se chateaban , él y su concubina de baja estofa, todo el día con un teléfono que él mismo le compró, y los mensajes cursis casi hacen vomitar a mi prima. Estás solo conmigo, contigo. Tigo tigo tigo. Te amo. Te amo! Entonces tráeme camarones y brócoli, no hay comida. Joaquin Rodriguez jamás había dicho te amo a Sally, ni el inoportuno día en que se casaron por lo civil. Ponía pataletas cada dos días para hacerse el enojado, cuando Sally descubría que su tarjeta de crédito había sido chimbombeada otra vez en el cajero automático. Un maridito así no le podía durar. Por suerte que la ley del divorcio unilateral seguía vigente y pagando dos buenos abogados, mi prima se deshizo del tipo en cuestión y de los apestosos suegros, cuñados haraganes y otro sabandijero que rodeaban a Joaquin Rodríguez. El sinvergüenza tuvo la cachaza de pedir pensión alimenticia  para mientras se graduaba de la universidad, algo que Sally le negó. No iba a ser ella quien mantuviera al canalla y a su nueva familia integrada por la amante, el bastardo mongolito que les nació y la ninfeta golosa que era la hija de la mujerzuela con otro hombre anterior a Joaquin Rodriguez. Joaquin Rodriguez siguió merodeando la fuerza aérea por unos dos años , pidiendo desde pasta dental hasta un poquito de atención, hasta que un día la paciencia le rebalsó a mi prima y sacando su pistola Makarov le ofreció tiros al granuja. No teniendo ni hijos ni mascotas en común, Sally no tuvo más que ver con el hombre que le había desgraciado la vida, y se dedicó a superarse con diversos entrenamientos, dentro o fuera del país. No se le volvió a conocer relación amorosa con hombre alguno y algunas oficiales envidiosas le echaban el muerto de ser lesbiana, lo cual la hacía estallar en risotadas sonoras que sus allegados llamaban la Carcajada del Diablo. La cosa empeoró cuando dos nuevos helicópteros arribaron en cajas y fueron ensamblados por los especialistas. Uno de ellos fue puesto en circulación para misiones especiales, y una madrugada en que estaba lloviendo Sally tomó la botella de Dom Perignon que había comprado días atrás y la estrelló contra la parte delantera de la nave, escribiendo luego en marcador indeleble el nombre: el Antoine de Saint Exupéry. Como nadie hablaba francés fluido, el pobre helicóptero quedó siendo llamado el Toño, diminutivo del impronunciable Antoine. Creo que Sally jamás le había contado a nadie sobre su desafortunado matrimonio, y pude percibir un hálito de alivio luego que me contó todo el asunto. Yo le confesé que no estaba enamorada de Bayardo, que había sido un enlace por motivos prácticos que nada tenían que ver con la pasión, y que no pensaba tener hijos jamás. Yo vivía para trabajar y mis labores sí me dejaban muchos gozos. Cada quien escoge de qué enamorarse y procede, le dije. Hallé mucho solaz en poder confiar en Sally, aún a sabiendas que todo parecía indicar que mi prima se estaba encariñando demasiado con mi esposo.
Y es que dejáme decirte una cosa. Un hombre se halla en cualquier lado, lo usás, te lo ponés y si bien fue sabrosa la sesión, que bien, pero si no lo fue ni modo. Los hombres son intercambiables. Pero una amistad, un afecto entrañable, un familiar en quien confiar no lo hallás a la vuelta de la esquina. Eso era Sally para mí, la depositaria de mis penurias y alegrías, alguien en quien confiar. Y mejor, de la misma sangre. Estaba bien servida. Bayardo cualquier día pararía la cola por otra y yo me quedaría con lo mismo: mi buen trabajo, mis talentos únicos, mi amor por los animales. Puse todos loso huevos de la vida en distintas canastas, por si la vida me daba una coz o dos. La canasta que menos huevos cargaba era la de mi matrimonio, porque siempre me percaté que yo era un utensilio. De las herramientas nunca se espera que sientan, solo que sirvan. Sentir era escuchar el trio para piano que Stanny Kubrick usó en Barry Lyndon y ver como la mente, como un enorme gato de angora, se despereza y se estira con deleite. O botar baba viendo el cuadro El Columpio de Jean Honoré Fragonard y suspirar con descaro, mientras la adrenalina adquisitiva, ese instinto de posesión inevitable, te corre por el cuerpo hasta el ultimo callo de los pies. O diseñar el spot publicitario perfecto, como cuando hice uno con los donantes estrella de la Cruz Roja de Nicaragua. A decir verdad, cuando la estrafalaria vieja que era la presidenta de ese benemérito organismo creado por el suizo Jean Henri Dunant en el siglo XIX me abordó, sentí asco. Eran muchos los sucios rumores en torno al saqueo que estaba haciendo la titular, pero ni modo. Iba a ganar una buena suma con el spot. Dos de los donantes con mayor aporte me cayeron pesadísimos, por cierto. Eran dos señores maduros, uno remaduro, diría yo, quien a los 70 años se las daba de gallo bravo, con uno de los pasados más tenebrosos de las fuerzas armadas pues cuando estuvo a cargo de la mentada Casa de Apoyo al Combatiente ubicada en el hoyo de Metrocentro donde ahora es una boutique enorme, tuvo la cachaza de entregar en dos tambores de lata los restos de 4 perros haciendo creer a una humilde familia que era la osamenta del hijo desaparecido en La Penca. Ese escándalo se había dado en 1986. El desconsolado padre del desaparecido antes de remitir al cementerio los supuestos restos de su muchacho había abierto los tambores de lata, y bastó una mirada para reconocer los despojos  tristes de varios perros. La noticia había salido en La Prensa y todo el muerto le cayó al ahora top donante de la Cruz Roja, quedando más desprestigiado que prostituta con chancro. Para suerte de la familia, el muchacho había aparecido sanito y salvo, y ahí se resolvió su familia a meterle tamaña demanda al tipejo que era ahora todo un santo varón donante. El otro donante campeón era un cincuentón flaco de ojos saltones quien había sido el hombre más temido desde 1991 hasta 1996 por los evasores de impuestos, pues como funcionario a cargo de la unidad de clausura de la dirección general de ingresos había sembrado el terror entre todos aquellos comerciantes que no daban facturas a sus clientes .Mientras chequeaba adonde iba a mandar sus fedatarios de incognito, se rumoraba que comía sardinas Indio Moctezuma con doble chile y luego una pana de cajetas de Diriomo, sin pestañear. Lo divertido era que tantos abusos no le habían dejado ni gastritis ni diabetes, y ahora expresaba con cara de beato que así complacía a dios, y lo decía con tanta convicción que apenas podías creer que su cargo actual requería que fuera el desalmado más grande de la corrupta administración de la alcaldía de Managua después de la misteriosa muerte del campeón de boxeo Alexis Arguello, quien había tenido el mal tino de meterse con gente de muy baja calaña. Nunca hubiera sospechado que un spot publicitario para gente de poca sabrosura me hubiera resultado un clásico. Fue reciclado y adaptado por filiales de la Cruz Roja de otros países, y en realidad, ya editando todo el material y hasta los testimonios de estos dos diablos que se creían santos terrenales, fue un orgasmo.
Un orgasmo. Cómico que lo diga yo que jamás he tenido uno en mi lecho matrimonial. El que merecería alguien tan sufrido como Sally. A ver, a ver y a ver. Analicemos fríamente esto. Nada de engañifas de bebé. El rayo, el impacto fulminante ya se dio la noche del 31 de diciembre en casa, y los afectados no me cuentan a mí entre las víctimas. Que Bayardo y Sally se reconocieron ya es más que obvio. A como nunca sentiste nada por él, Olivera. , me recriminé. Es tan grave que tu marido y tu prima se entiendan? Tarde o temprano van a acabar yendo a la cama, con tu venia o la de nadie .Como esposa tu deber es sentirte afectada, afligida, y no aliviada ni contenta. Aprobar que ellos se enamoren te coloca como una cabrona de campeonato. La esposa empujando a su marido hacia la cama de su pariente, que pavoroso. Tu marido no sale de la fuerza aérea, recientemente. Ha solicitado que ningún otro piloto sino tu prima lo lleve a sus misiones en las que visita unidades militares. En el Toño, por supuesto. Y los subalternos del escuadrón Yuri Gagarin murmuran, pues su jefa casi dia de por medio tiene la visita del general de ejército, lo cual no deja de ser una paliza pues deben estar en su mejor comportamiento, no tirarse ni un pedo, y se sienten invadidos mientras Sally estalla en rubores. Huelen a orines, dijo uno de los chicos, a puro berrinche. Y si mucho me apurás, Olivera, una mujer embramada es peor que carreta en bajada, me ha dicho con tanta franqueza folklórica mi kaibil mientras trata de no comerse toda la caja de chocolates nougat  Toblerone que he puesto a su orden, aunque diga que ya no podrá caber en sus pantalones talla 30. Se supone que me está alertando. Tan útil como su alerta para sí mismo que engordar es una desgracia, que nada se ve tan triste como un kaibil con sobrepeso, se mira sin disimulo al espejo y se pellizca la pequeña llantita de bicicleta que le ha salido desde que está a mi servicio y no en misión en el monte. Pero todo está bien, sigue siendo bello como un dios griego, todo bien. Como se mira bien que mi marido ahora está mejor que Nicolas Cage en Hombre de Familia, es un ciudadano que valora a la familia, imagínense. La mía familia, como dicen los sicilianos, y como le decía Joaquín Rodríguez a mi prima Sally  cuando estaba succionando la rica teta de la abundancia conyugal, y todo  Joaquin Rodriguez resolvió incluyendo a la concubina como parte de una familia extensa que solamente funcionaba en su teléfono celular en la  parte de la agenda familiar ahí incluida.
Cuando estuvimos en la cena que preparé para el 31 de diciembre, todos nos deseamos un año nuevo de paz y prosperidad. A todo nivel. Pero no nos oyeron en Colombia ni en Costa Rica. Hace rato que nuestros vecinos del sur habían optado por meter pleitos por adjudicarse un derecho de navegar incluso armados sobre el Río San Juan, y aunque ellos afirmaban no querer adueñarse de nuestro río, sus acciones delataban lo contrario. Cierto, no faltaban los apátridas como Joaquín Rodríguez, quien en varias ocasiones le gritó a Sally cuando aún era su esposa, que él prefería que los blancos ticos ensuciaran el río con contaminantes fábricas del lado de ellos a que lo desaprovecharan los nicaragüenses. Por supuesto, el tipo se consideraba agradecido con Costa Rica pues dos de sus hermanas, las cuales no habían sido muy provechosas en Nicaragua, habían encontrado la “pura vida” en Ticolandia como cachifas sobrepagadas, y sus hijitos, nacidos en Nicaragua, ahora miraban con ojos de almííbar la bandera tricolor tica. Por lo menos no le tocaba mantenerlas a ellas, que era la pretensión de todas sus hermanas cuando estaba casado con Sally. El Tribunal Supremo de la Haya se había encargado del resto, en el lío con Colombia, quien reclamaba unos cayos como sobremesa del Tratado Bárcenas Esguerra de 1928, cuando Nicaragua cedió estúpidamente a San Andrés. Los empelucados en Holanda habían hecho un solo rompecabezas al otorgar los cayos, islotes llenos de hormigas y dos cocoteros, a Colombia, pero las aguas territoriales para Nicaragua habían aumentado en torno a los islotes, y con esta extensión venía un banco de camarones que no era jugando.  El gobierno colombiano echó pedos, espuma y gritos como si les hubieran metido una anaconda culo arriba y sin aceite, pero los pueblos nicaragüenses y colombianos se seguían amando sin condición y con la alegría de siempre. Es mentira, cuando la familia es unida, ni hombres ni guerras podían echarla a la agrura. Como yo, que sigo amando y admirando cada día más a la prima que me quiere levantar a un marido que no me sirve para mucho. Sally yo nos moríamos de la risa, preguntándonos como iban los colombianos a pisar los islotes si estaban rodeados de agua nica? Solo que cayeran en paracaídas! Más té, priima? Más té, Olivera, me encanta ese toque de cardomomo que le echás al té helado!
Pero mi marido no opinaba igual. A menudo andaba con el ceño fruncido, los ojos grises como llenos de tormentas. A nivel diplomático las negociaciones iban mal, no se avanzaba. Para colmo, entre Costa Rica y Colombia había una malévola complicidad. Si bien era cierto que oficialmente Costa Rica clamaba no tener ejército en su afán hipócrita de posar como la democracia más pacifista del mundo, tenía una policía que estaba armada hasta los dientes. Todo parecía que ambos países querían echarle la vaca a Nicaragua. Ellos imaginaban cambiando el mapa, arrancando río San Juan y más terreno a Nicaragua, como si no se hubiera perdido ya tanto con el Guanacaste, el Territorio en Litigio con Honduras y San Andrés a lo largo de una historia que solo hablaba mal del sentido de soberanía que deberían haber tenido los nicaragüenses. Al gobierno de turno no le convendría una guerra en sentido real, pero las banderillas de torero de la unidad ante el enemigo la salía de perlas para disimular la crisis económica que estaba pasando el país. Los mandos del ejército, en su mayor parte, estaban cagados, por no decir menos. Creo que los únicos que estaban en forma para ir al combate eran mi kaibil y mi prima, el resto estaban tan grasientos e inútiles que con solo correr una cuadra estarían con la lengua como corbata. Cierto, los chicos cadetes  de la academia militar del ejército así como la última camada de tenientes recién egresados de ahí estaban musculosos, pero estaban flacos por falta de alimento, y no por ser campeones de fisicoculturismo. No aguantarían una batalla. Ya uno de la naval llevaba 3 motores desurdidos, para ser exactos. Enfrentar a Colombia y Costa Rica juntos? Nos iba a pasar peor que a los pobres argentinos que dieron el culo cuando quisieron reclamar las Malvinas y llegó hasta el jet-setter príncipe Andrés en su nave a cachimbearlos. Craso error, hasta la vez mencionarle la entregada de nalgas del incidente de 1982 a un argentino, ché, era mentarle a la putamadre! Ay cuanta razón tenía el amado Gabriel García Marquez cuando dijo que el que desayuna con la soberbia almuerza con la vergüenza. Nosotros íbamos a tener una comilona de una semana con ella si declarábamos la guerra a los bujoncitos de Colombia y Costa Rica.
A mí me tocó armar la campaña de spots publicitarios instando a los nicaragüenses a Pensar en la Patria y Aliñarse pare el Conflicto. Piñazo de sombreros de Sandino y caras de afligidos de Zeledón y José Dolores estrada salieron de mis archivos más viejos. Sin pagar un cinco más al pobre Franz Liszt usé su Rapsodia No. 2 en versión orquestal con Von Karajan para pegársela de fondo a los spots televisivos y radiales. Se necesitaba más que música húngara para convencer al pueblo que pusiera cara bonita al reactivar el servicio militar obligatorio , con cuya abolición había ganado en los noventa la presidencia del país  el ama de casa Violeta Barrios de Chamorro. Estaba ganando buenos billetes a costillas de la patria, pero no me dio por sentirme mercenaria. Era inútil sentir culpa, y había otras cosas mas interesantes que observar que una chequera. Mi marido, una noche que vino con tragos de más, se lanzó a la alfombra y en un mar de llanto como una Magdalena me confesó que se había cogido a mi prima. Dijo exactamente, Me la llevé en el saco. A lo que le riposté que debió haber sido el más grande costal de todos, pues Sally era poco menuda. Me enojó que lo dijera de forma tan soez, pero qué se puede esperar de un militar sin educación universitaria. Además, se había enamorado de alguien que no era para ser tratada así. Entiendo palabras como tales en boca de un campesino renegado como Joaquín Rodríguez, pero no en boca de Bayardo. Salada la Sally, segundo hombre vulgar que cosechaba. No con intención de consolar le dije a mi cónyuge que mucho se había tardado en hacer lo que debió haber deseado desde la cena del 31 de diciembre. Era la crónica de una muerte anunciada en  versión nicaragüense, pues todos menos él sabía la que iba a pasar, igual que el tal Santiago Nasar. Una vez que secó sus lágrimas, las cuales clasificaban como de cocodrilo, le pregunté si eso era todo para poderme retirar a mis aposentos mientras los tuviera. Me miró atónito y me reafirmó que él no pensaba quitarme mi lugar, ni despojarme de nada ni echarme a la calle como sirvienta ladrona. Que las cosas se quedaban igual, incluso si hubiera guerra con Costa Rica y Colombia o no. Yo le recordé que siendo financieramente independiente , que no estaba ni nunca estuve enamorada, y que todo contrato acaba. Estaba dispuesta a que tuviera la boda del año, algo digno de Vanidades y Hola- Por eso me ardió como alcohol echado en herida que me dijera que nada cambiaría, que no tenía planificado reconocerle el derecho que el amor le da a una mujer para llamarlo suyo. Sally sería la concubina oficial, creíase el monarca francés  Carlos VII casado con María de Anjou, pero con Agnes Sorel como favorita oficial. Podrido. Tan malévolo y calculador como Joaquín Rodríguez. Que mala sal tenía Sally que solo con hombres tan asquerosos iba a dar? El brillo febril de los ojos grises de mi esposo me indicaron que aun estaba encandilado, si posible todavía más, con Sally, pero aún así era tan pragmático y frío como para separar sus emociones de lo que le convenía políticamente. No le importaba sacrificar a mi familiar con tal de seguir teniendo el poder que ostentaba de presente. Estaría al tanto Sally de cómo pensaba conducir la liaison mi esposo? Pero aún faltaba el último episodio de la crueldad de mi marido hacia la mujer quien se le entregó muriéndose por él.
Con el correr de las semanas, dos cosas sucedieron. Bayardo ya ni se molestaba en disimular ante la opinión pública su relación con mi prima. Era la comidilla de Managua, y los mismos subalternos que habían idolatrado a mi prima comenzaron a faltarle al respeto. Incluso en la Asamblea Nacional, cuando llegó mi esposo a pedir apoyo para una iniciativa bélica, recibió abucheos. Era el colmo, que ahí mismo en el parlamento al cual llamábamos con sorna La Chanchera por  los porquerías que arrastraban los diputados, lo hayan irrespetado. Solo era apoyado por el presidente, como quien dice, por un tachón de basura, ya que el mandatario sin mando tenia antecedentes de asesino y tocachicos. Si situación era precaria, y hasta se hablaba de destituirlo para nombrar a otro jefe de las fuerzas armadas. Fue salvado por un campanazo absurdo. En medio de una crisis casi de insurrección popular cuando aumentó de nuevo el precio de los víveres, el megalómano enfermo que llamábase presidente le declaró la guerra a Costa Rica y Colombia el mismo día, solo con unas horas entre una declaración y otra.  Era una distracción para que el famélico pueblo no lo linchara, esperando poder unir aunque fuera artificialmente a quienes ya no lo soportaban.
Los mandos comenzaron a agarrarse el culo a varias manos, no solo las de ellos sino de sus familias, ya que sabían lo mal preparados que estaban para una guerra. Maldijeron porque ambos países contestaron que sí, que nos íbamos al pleito, y a última hora le pegaron piezas de artillería al helicóptero Toño, para colmo en el primer vuelo que hizo ella en ese momento l los armatostes de proyectiles se le cayeron al suelo y ni siquiera había ganado altura el aparato, uno de ellos cayó en la milpa de una de las casitas de techo redondo que quedan por el aeropuerto Las Mercedes, ay perdón, si es Sandino el nombre del aeropuerto. La vergüenza que pasó mi prima fue olímpica, muerta de rabia y con el mulato que llevaba de copiloto cagándose de la risa una vez que hubo regresado la nave  a la pista de la fuerza aérea.
Se hizo un llamado a la reserva del país, para sumarse a los permanentes del ejército. Ambas facciones iban virtualmente crudas a la paila de la guerra. Se exigió a todos los supermercados y centros de abastecimiento que proporcionaron el alimento para las tropas, recordando por fin algo bueno que había dicho el sultán Saladino sobre que el ejército marcha sobre su barriga. Y era vigente pues la mayor parte de los que comandaban las acciones ostentaban una panza enorme encima de sus zambrones. Los que iban bajo su mando ostentaban lo mismo, solo los flacos tenientes eran los únicos que parecía que podrían resistir o siquiera sobrevivir. Las tropas enemigas desembarcaron en Greytown, hundiendo dos fragatas de la naval nicaragüense. Uno de los sobrevivientes, un teniente nicaragüense, juró  por santos que aún no existen que no volvería  a desurdir máquinas si no lo capturaban ni los colombianos ni los ticos. Por supuesto, mi marido logró embutirse en un traje de piloto-clase de atrevimiento- para ser llevado en el Toño por Sally a la zona donde rugía el conflicto. Los tales cayos del pleito fueron devastados por varias bombas colombianas. Se decía que los prisioneros de guerra que se llevaba la guardia tica los pondrían a exprimir jugo de moras con los pies, a como antes se hacía el vino pisoteando uvas. Luego los iban a devolver a su país con la vergüenza de traer los pies manchados por el jugo de las moras y murmurando a coro con buena dicción puuuuuurash vidddddash, a como recitaban las hermanas del ex esposo de Sally cuando regresaban a visitar Nicaragua.
Saber que Sally iba en ese conflicto me mataba de angustia. No  tenía resentimientos ni rencores por su enamoramiento con mi marido. Era inevitable, nunca le pude dar a Bayardo lo que no sentía por él: amor. Era verdad lo que decía Benjamín Franklin: donde hay boda sin amor pronto habrá amor sin boda. Eso había sucedido con Bayardo y mi prima, y ninguno de los dos tenía la culpa. Ni siquiera me sentía ofendida. Sally nunca dejó de ser mi confidente, mi amiga, la persona que más quería en Nicaragua. La última vez que la vi con vida fue antes de partir en misión de supervisión de tropas. Bayardo iba a ver el frente de guerra, no era como los generales de antes que iban al frente de sus tropas. Por eso sentí que lo respetaba menos. La de los cojones, de la valentía, era Sally. Iba a luchar por un país que no la vio nacer, aunque sí a mi tía-su madre .El  apego y amor por Nicaragua  de Sally era sin medida, aunque hubiera nacido en Belgrado. Es mi país, me dijo con los ojos azules vidriosos y un nudo en la garganta, y para mayor cagada aquí me enamoré…Si tengo que dejar el cacaste en esta guerra imbécil, pues igual lo doy. Confieso que me cuesta llorar, y soy emotiva solo con mis mascotas, y a veces, con lo que me cuenta mi kaibil de su entrenamiento. Pero esa vez al despedirme abracé fuertemente a mi prima, como presintiendo que no la volvería a ver más. Soy atea, y Sally también aunque nunca lo acepte en voz alta, pero sentí alivio en musitarle al oído,”Alacito te lleve en sus barbas, m´hijita.” Soltó la Carcajada del Diablo y se fue. Allá llegaría Bayardo a la pista, y de ahí partirían en ese fatídico vuelo.
Dos proyectiles colombianos, salidos de un poderoso buque de su fuerza naval, derribaron el helicóptero Toño, a unos 75 kilómetros mar adentro de Greytown. El copiloto y otros  6 tripulantes murieron, pero Sally y Bayardo quedaron vivos. Fueron tomados como prisioneros de Colombia e inmediatamente llevados a Bogotá, donde fueron remitidos a una cárcel, esperando poderlos usar como elementos para acabar con la absurda guerra que a nadie le convenía. El hecho que mi prima era nacida en Serbia causó cejas alzadas. Se le destinó a otra cárcel, para evitar líos diplomáticos, aunque ella gritaba como loca que era nicaragüense. Bayardo, siempre viendo cómo sacar provecho de cualquier cosa, ofreció la cabeza de ella como “terrorista internacional de peligrosas tendencias musulmanas” para que lo soltaran a él. Afirmó desconocer quien era la audaz piloto que había conducido la nave, negando todo vínculo afectivo con ella. Afirmó que no sabía de su existencia como miembro pleno del ejército, como coronel. Dijo que no habían oficiales nacidos fuera del país, mientras ella sencillamente mostró sus estrellas de coronel y la documentación que siempre acarreaba sobre sí. La prensa colombiana quedó impactada cuando en el bolsillo de su chaqueta apareció una hojita con la tinta casi desvanecida por efecto del agua salada. Era el resultado de una prueba Gravindex que confirmaba que estaba encinta de 3 meses, y sencillamente ella dijo que Bayardo era el padre. El lo negó a gritos. Las negociaciones entre los presidentes se alargaban, y el mismo presidente nicaragüense desconoció el coraje patriótico de Sally.
Todo parecía indicar que el general de ejército, mi canallesco marido, iba a ser devuelto en bochorno y que a Sally el presidente de Nicaragua le prohibía la entrada de nuevo al país que había sido el suyo desde los 17 años de edad. Pero siendo Colombia un país bellísimo pero ya ensopado en la violencia con la narcoguerrilla, ambos Bayardo y Sally fueron secuestrados por un peligroso grupo que supo infiltrarse en sus celdas para sacarlos casi bajo las narices de los guardas. Pensaban utilizarlos para ganarle puntos al gobierno colombiano de turno, aprovechando lo revueltas que estaban las cosas. El gobierno colombiano, mas afanado en botar a la basura el fallo de La Haya mediante el cual perdían riquísimas aguas territoriales y ponerle fin a la guerra con Nicaragua, hizo caso omiso de las amenazas de los narcoguerrilleros., quienes decidieron que había que conseguir la atención del gobierno para sacar ventajas. 2 meses luego de la captura de mi marido y mi prima en medio del conflicto, los dos languidecían en poder de la guerrilla colombiana. Aburridos de verse ignorados, los guerrilleros decidieron acelerar el proceso. Sally fue la primera en pagar los platos de una fiesta que nunca fue suya. Ya con la panza visible de 5 meses de gravidez, no solo dio que hablar porque la aviación nicaragüense permitía a una piloto encinta volar sabiendo que era contra todas las regulaciones internacionales, fue llevada a una granja junto con Bayardo. Bayardo fue transportado en la misma jaula en la cual años atrás Pablo Escobar Gaviria había llevado a un enorme tigre de Bengala para su zoo personal. Mientras unos potentes parlantes sonaban la música de Madama Butterfly de Puccini, Sally fue despojada de sus ropas. Atada con gruesos cables, fue lentamente despellejada por un experto matarife. Una vez sin piel y aún viva, pero sin dar gritos porque su dignidad no le aflojaba la quijada para abrir la boca, un enorme garfio fue introducido en sus genitales y halado hacia arriba, abriéndole el vientre en canal. El feto de un varoncito fue descuajado de sus entrañas mientras chorros de sangre brotaban a borbotones. El que no paraba de gritar en su jaula era Bayardo, arrepentido de cuantas falacias había dicho en contra de ella. El cuerpo de Sally fue desmembrado y luego quemado para convertirla en cenizas, y el feto fue dado a comer a enormes pitbulls. Bayardo no podía parar de llorar tras haber visto la ejecución de mi prima y del niño que hubiera sido, engendrado en medio del enamoramiento más aplastante de toda su vida.
El gobierno colombiano condenó por supuesto la barbarie cometida contra la coronela, pero de ahí no pasó. Bayardo no fue devuelto a Nicaragua, aunque la guerra se acabó. Greytown y la desembocadura del Río San Juan pasaron a ser como la zona desmilitarizada entre las dos Coreas, tierra de nadie según un plumazo de la ridícula ONU que aunque fue creada para acabar con las guerras, nunca ha podido solucionar ni donde se recuesta. En medio de la jungla, en su jaula de tigre, Bayardo afirmaba sentir las manos de Sally sobándole la cara por las noches. Nunca creí en fantasmas ni mucho menos, bueno ,excluyendo al coco de mi closet que me pronosticó toda esta tragedia… y me consta que con lo canalla que se había comportado Bayardo, Sally jamás hubiera venido del más allá inexistente para tocarle la cara ni las bolas que para nada le sirvieron a mi esposo. Mucho antes de saber de su triste final yo opté por servirme de las leyes para divorciarme de él. Me daba asco .Evacué mis pertenencias, vendí la agencia de publicidad a una transnacional y empacando mis obras y mis mascotas, me fui de vuelta para Belgrado. A los 5 meses de estar en Belgrado, donde resido con mi hermano Esteban, arribó en auto exilio el capitán kaibil que fue mi escolta. Quería cuidarme aunque fuera sin salario, estaba dos tallas más gordo pero siempre me ponía de buen estado de ánimo. Fue él quien me contó que los remordimientos no dejaron vivir en paz a Bayardo en su cautiverio. Una mañana amaneció dando gritos y desnudándose completamente, golpeó su cráneo contra los barrotes de la jaula de tigre y siguió dándose duro hasta que los sesos se le salieron por un hoyo del cráneo. Gritaba el nombre de Sally hasta el último momento de vida. No era para menos. La narcoguerrilla dejó la jaula con Bayardo adentro a la entrada de la Corte Suprema de Justicia en Bogotá, con un rótulo de PONGA LA BASURA EN SU LUGAR. Los despojos sanguinolentos del desnudo Bayardo fueron remitidos a Nicaragua, donde la iglesia católica prohibió que se enterrara a un traidor a la patria en camposanto alguno. Los restos fueron cremados por el hijo artista de Bayardo, el gentil Yasser, precisamente el muchacho que solía visitarme asiduamente. Pagó una fortuna para que los restos de su indiferente padre fueran aceptados en un cementerio privado cuyo principal accionista era un político nicaragüense bellísimo que había estafado a una vieja gringa, a quien le dio opíparo bate quedándose con 40 manzanas de tierra en la carretera a Masaya.
A como dije al inicio de este relato, la vida es cíclica, decía Arnold Toynbee. Basta abrir un capítulo de la historia otomana para saber que lo sucedido con Bayardo y mi prima ya había pasado a inicios del siglo XV cuando Timurlenk gran amo de los tártaros capturó al sultán Bayaceto I el Rayo en la Batalla de Angora, ejecutando a su lugarteniente y amante Zuelika Lazarevic, quien ya estaba encinta. Bayaceto el Rayo había muerto varios meses después en cautiverio tras la ejecución de Zuleika, y de la misma manera virtiendo los sesos en una sopa de sangre capaz de espeluznar a cualquiera. La historia se repitió en Nicaragua y a mi me tocó ser asustada observadora. El coco en el closet, satisfecho con su cuota de sangre, jamás me volvió a salir en Belgrado.

3 de enero de 2013