Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

lunes, 28 de enero de 2008

el gran amor del Verde Galante






GABRIELLE D ´ESTREES,FAVORITA DE REY Y DEL PUEBLO
Cecilia Ruiz de Ríos
Normalmente, el epíteto de querida de rey o concubina de presidente nos trae a la memoria a mujeres golosas, odiosas, egoístas y muy interesadas en el erario de una nación para provecho propio. Sin embargo, cuando estudiaba en Francia, me pude dar cuenta que hubo una favorita real que siempre gozó del amor del populacho: Gabriella D´Estreés, la rolliza marquesita de Monceaux que fue la idolatrada querida del mejor rey que tuvo Francia, Enrique IV.
Gabriela vino al mundo en el seno de una familia linajuda. Su abuelo Jean había sido distinguido servidor de reyes anteriores a Enrique IV, pero Antonio, el progenitor de Gaby, era un bueno para nada que se casó con la maleducada y chabacana Francoise. Gaby tenía apenas 10 años cuando su casquivana madre abandonó a la familia para seguir a un amante joven. Ya siendo mocita, Gaby hizo buenas migas con Catalina de Navarra, hermana de quien en el futuro sería su regio amante. Pronto Gaby fue vista en tertulias con la reina Luisa (quien enviudaría del perverso rey francés Enrique III), y Luisa de Coligny, a quien le habían matado a su esposo Guillermo de Orange. Todas estas damas urgían a Enrique IV a que se casara con Gaby, pero Enrique ya estaba matrimoniado con Margot de Valois, la bellísima pero libidinosa hija del rey Enrique II. Para 1591, la amante oficial de Enrique IV era Corisande D'Andouins, Condesa de Guiche, pero ya Enrique se iba aburriendo de sus escenas de celos.
Cuando Gabriela fue presentada en sociedad, no quiso prestar atención a los piropos de Enrique y en 1592 se casó con Nicolás D'Ámerval, un viudo cuarentón cuya recién finada esposa había sido prima del papá de Gaby. Cuando Gaby supo que su propio papá había arreglado la boda, casi se muere del disgusto. No habló por 4 días y no le agradeció a papi que de esta forma la hubiera querido proteger de los avances del rey. De inmediato, reza la leyenda, Gaby se le presentó solo envuelta en yardas de seda azul al enamoradísimo Enrique. Antonio, padre de Gaby, se peleó con ella de una sola vez. D´Amerval afirmó nunca haber compartido cama con Gaby, y cuando se divorció de ella, Gaby salió con pito y tambor anunciando que su ex marido era impotente.
El 4 de septiembre de 1592 Gaby dejó su hogar y se fue a juntarse con Enrique en Chartres. A menudo viajaba con Enrique, pero eso no impidió que Gaby en una ocasión le pusiera los cachos a su regio amante con el Duque de Bellegarde.
Gaby comenzó a interesarse por política, y urgió a su amante que se hiciera católico para poder ceñirse la corona francesa con todas las de ley. Ella le recordaba que si Enrique aparecía como hereje ante el Papa, el Sumo Pontífice seguiría usando como pretexto el asunto de la religión para no darle el divorcio, algo que tanto Enrique como su esposa Margot ansiaban para poder ser felices cada quien por su lado. En 1594, en lo que se llamó la Guerra de los Tres Enriques (siendo los otros dos Enrique de Guisa y Enrique III), Enrique sitió a París y logró triunfar.
El 7 de junio de 1594 Gabriela parió a César, hijo que Enrique legitimó, pero a quien excluyó de la sucesión al trono. En diciembre de 1594 Gabriela presenció un atentado contra su adorado Enrique, siendo el agresor un estudiante de los jesuitas, Jean Chastel. En enero de 1597 Chastel sería ejecutado en la horca por este atentado. Enrique, una vez que el matrimonio de Gaby fue disuelto en enero de 1597, dejó en manos de ella a que lidiara con el Papa para conseguir la disolución del matrimonio entre Margot y él. Gabriela a estas alturas del campeonato ya se había hecho gran amiga de Margot, la primer esposa por la cual Enrique nunca sintió amor. El 14 de noviembre de 1596 Gaby parió a su hija Catalina Enriqueta, y para el bautismo de esta criatura la reina inglesa Elizabeth I Tudor envió a un embajador de alto nivel para negociar un nuevo tratado entre Inglaterra y Francia. De sorpresa, España atacó a Francia, victimizando a la ciudad de Amiens. Lo primero que hizo Gaby fue correr al lado del pueblo, pidiendo a todos que dieran dinero y joyas para financiar el esfuerzo de guerra contra los invasores.
Ella personalmente se desprendió de todas sus joyas y las fue a empeñar, y este dinero lo puso en manos del rey. Luego corrió a la fortaleza de Beauvais para estar al lado de su Enrique. En esta fortaleza, Enrique se enfermó y tuvo como amantísima enfermera a Gaby. Una vez que pudo ponerse en pie, Enrique solicitó que los terratenientes pagaran impuestos para recolectar más dinero. Viajó a París para pedir dinero a los obispos y cardenales, y aunque la situación era peligrosa, Gaby nunca dejó solo a su regio amante. Gaby, además, atendía a los enfermos y a los heridos en combate, y guisaba personalmente la comida de su amado dado que él manifestaba miedo de ser envenenado. Le zurcía la ropa, le afeitaba la barba y además le contaba chistes subidos de color cuando lo veía muy preocupado.
A pesar de que los españoles contaron con la ayuda de los austríacos, esta incursión iba a acabar mal para los españoles. Tuvieron que rendirse en Amiens, y cuando la victoria favoreció a los franceses, Enrique agradeció la valentía y desprendimiento de su amante creándole el título de Duquesa de Beaufort, siendo este ennoblecimiento hereditario. Enrique además sacó las joyas de su Gaby de la casa de empeño y se las devolvió.
Gabriela prosiguió apoyando al rey tratando de reconciliar a católicos y protestantes, y su sonrisa fue de oreja a oreja cuando Enrique IV promulgó el famoso Edicto de Nantes en 1598 en el mes de abril. A estas alturas Gaby ya le había parido otro varón a Enrique, el rubio Alejandro. Más enamorado que nunca, Enrique IV decidió presionar personalmente a Roma para que le cedieran el divorcio y así poderse casar con Gaby.
Un grupo de nobles franceses fue enviado a El Vaticano a asolear al Papa en noviembre de 1598, mientras que Gaby trataba de lograr que los jesuitas pudieran regresar a Francia tras su expulsión años atrás. El Papa Clemente daría el divorcio, pero solo si Enrique se casaba con la fea y gorda María de Médicis, la mujer destinada a ser su segunda esposa. Gaby se las vio mal en su último embarazo. Tenía pesadillas, sangraba a menudo y tenía como un presentimiento de algo fatal. En abril de 1599 fue a misa aunque se sintió mal al regresar de la iglesia. Estaba en el 6to. mes de gestación cuando le sobrevino un parto prematuro.
Su salud en pocas horas se deterioró tanto que perdió el habla, el oído y la vista. Tras parir a un bebé muerto, murió a las cinco de la mañana del 10 de abril de 1599, después que el médico, intentando ayudarla, más bien causó perforación uterina. Enrique IV lloró por días, pero posteriormente se vería obligado a casarse con la chela y espantosa italiana María de Médici en su ansia por conseguir descendientes legítimos que le pudieran garantizar que la estirpe de los Borbón seguiría en el trono galo.
Al morir a manos de Ravaillac Enrique IV un 14 de mayo de 1610, lo último que le oyeron balbucear fue Gaby.