Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

lunes, 28 de enero de 2008

Victoria`s Secrets


EL DESMADRE COMO MAMI TRAS LA FACHADA PUDICA DE VICTORIA
Cecilia Ruiz de Ríos

Generalmente, los necios y cortos de cerebro consideran que si una relación entre madre y cría anda mal, el villano de la película es el hijo y proceden a meter sus narices sin ser llamados. Sin embargo, la historia y la vida cotidiana ha demostrado que existen mujeres a quienes les gusta vanagloriarse de ser madres solo porque parieron, aunque en la crianza del retoño prueben ser un soberbio desastre.
En el frío mes de enero de 1901 se fue de este valle de lágrimas la monarca inglesa Victoria de Kent, quien calentó el trono por más extenso tiempo. Sin embargo, tras su fachada pudibunda y adusta, jamás albergó una onza de calor maternal hacia los 9 muchachos que fabricó “divirtiéndose mucho”(palabras suyas, no mías) con su puritano y grandulón alemanzote Alberto.
Victoria había nacido en mayo de 1837 casi como pariente pobre de la familia de Saxe-Coburgo Gotha, siendo su playboy papi el hermano menor de Jorge IV y luego William IV. Dado que a través de ella bajaría el espantoso y fatídico gen de la hemofilia, hasta se ha dudado por parte de algunos historiadores si el gastado duque de Kent de veras la engendró en el vientre germano de su madre, ya que en la familia real inglesa(la dinastía germana de Hanover que comenzó con el ascenso al trono británico de Jorge I cuando la línea Estuardo se extinguió al morir Ana tras parir 16 chicos muertos) no había rastro de tal dolencia. Victoria perdió a su disoluto papi cuando estaba diminuta( y que conste que nunca creció mucho de alto, aunque sí de ancho) y tuvo una estrujante relación de amor-odio con su mami. Su cancerbero-institutriz tampoco la dejó crecer a gusto con sus lloriqueos y exigencias absurdas, por lo cual Victoria no estaba predestinada a ser la mejor de las mamis. Primero tuvo un devaneo imposible con el futuro Alejandro II de Rusia, y ambos sabían que una unión era tan imposible como casar a un buey con un pavorreal.
Cuando Victoria se enamoró violentamente de su pariente pobre, el alemán príncipe rezurcido Alberto, ya estaba coronada como reina después que su tío Guillermo IV el Marinero se murió sin dejar hijos legítimos con su chela reina Adelayde. Aunque Alberto no estaba locamente enamorado de la regordeta y chaparra Victoria, accedió a casarse con ella aunque el pueblo inglés lo miraba como un aprovechado mantenido y nunca le dieron la corona matrimonial, teniendo que conformarse el galancete con el título de Príncipe Consorte. Victoria, quien aún no era tan pudibunda como para que el sobriquet Victoriano significara gazmoño y mojigato, gozó lo suyo entre sábanas y pronto salió pipona. Serían 9 muchachos los que pariría a pesar que su doctor le recomendaba no tener más chicos para no dañar su salud (que fue cuando ella muy pícaramente le preguntó sonrojada si “le iba a quitar su única diversión?”) Victoria decía que el embarazo era un atentado contra el pudor y el buen gusto femenino. El producto de sus barrigas tampoco parecía gustarle demasiado, pues no se dedicó a cuidar de sus bebés, afirmando que ella no “derivaba placer ni compensación alguna” por haberse reproducido como coneja. Los bebés “no son placenteros y no tengo ternura por ellos…son objetos muy nefastos, con un cuerpo grandote y unas patitas como de rana”, dijo. Particular alergia sentía por su pobre primogénito(el futuro rey Eduardo VII) y no toleraba tenerlo en la misma sala que ella. Conociendo la asquerosa fama de mujeriegos de su propio padre y de sus tío Jorge IV y William IV (ambos tuvieron enormes marimbas de espurios con las queridas, pero la heredera de Jorge se murió de parto y William no tuvo ni un solo hijo de su esposa), Victoria exigió que a Eduardo como heredero de la corona se le educara con una rigidez casi espartana y un alud de azotaínas. Eduardo, quien siempre fue alegre, campechano y bromista, acabó por corresponder al odio de su madre y hasta para enojarla se hizo díscolo y parrandero.
“Muchacho más feo y odioso no he visto…es como una mala caricatura mía y de su padre, quien sí es perfecto. Eduardo será la desgracia del país cuando yo muera, tiemblo de asco al pensar en dejar mi reino a tal mequetrefe,”espetó en una ocasión la reina quien se creía perfecta. A las chicas, Victoria les huía pues le estorbaba que las niñas quisieran besarla.”Me arrugan la ropa, y siempre andan untadas de algo nauseabundo,” dijo en varias ocasiones. Pero la relación de odio entre Eduardo y su adiposa madre habría de empeorar cuando Victoria culpó a su primogénito de darle tamaño disgusto a ellos tras una juerga. Alberto ya venía sintiéndose mal cuando se enteraron que Eduardo había participado en algo cercano a una orgía. El pudibundo Alberto se desmayó y posteriormente contrajo tifus. La muerte de su adorado marido trastornó tanto a Victoria que jamás se repondría totalmente del golpe. Culpó a su hijo Eduardo por la partida de su amado consorte. La reina dijo que “jamás podré mirar a Eduardo sin sentir una sacudida de asco y rencor.”
Victoria, incapaz de amar a su prole, se pasó el resto de su vida fingiendo que Alberto no había muerto. Hacía que los criados pusieran sobre el lecho las ropas, zapatos y otros objetos que el finado usaba a diario mientras era de este mundo. Victoria se atavió de negro hasta que murió en 1901 e hizo de su viudez casi un estado de militancia. Sin embargo, eso no le impidió tener una relación muy turbia con un alto y barbudo criado escocés llamado John Brown, quien la sacaba a pasear en su corcel y se refugiaba con ella en un cobertizo para empinar el codo bebiendo whisky. Las habladurías del pueblo inglés llegaron a tal que la apodaron Mrs. Brown y no falta quien jure que tuvieron un hijo juntos, lo cual creo improbable porque a Victoria ya no le hubiera cuajado un bebé por su edad. Eduardo nunca fue malcriado con ella, pero el asunto de John Brown sí lo enervaba y trató de convencerla que no pusiera en jaque su reputación. Victoria estaba tan entusiasmada con su escocés que hasta pensaba hacer la biografía del sirviente, pero tuvo que contentarse con hacerle una estatua –la cual fue derribada tras la muerte del criado.
Como suegra, Victoria fue la pesadilla de la bella, medio sorda y cuaca princesa Alexandra de Dinamarca, quien fue seleccionada para ser la consorte del mujeriego, gordo, alegre y glotón Eduardo. Victoria hasta quería imponerles cuándo debían dormir juntos para hacer la prole. Victoria al tratar de alejar a su hijo de sus obligaciones de estado, lo hizo desviarse hacia los juegos de azar, el licor y las mujeres. En una ocasión Victoria incluso le deseó la muerte a su primogénito, opinando que “espero que no me sobreviva pues el país en sus manos será el caos, y yo seré la culpable por haberlo traído al mundo.”
Cuando ya Victoria pateó la cubeta en 1901, Eduardo tenía 59 años y ya había casi levantado cáscara como buena tortilla de tanta necedad de su madre. Eduardo la lloró con sinceridad, pero por 9 años se propuso probar lo muy equivocada que estaba la vieja pudibunda. Fue un buen rey, le llamaron Eduardo el Pacificador pues trató de evitarle conflictos al Reino Unido. Se murió en 1910, dejando huella como un rey bonachón, afable, trabajador y muy educado, patrono de artistas y científico, y ni la sombra del mequetrefe inútil que su propia mala madre lo tildaba de ser en sus perretas menopáusicas.