Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

domingo, 13 de abril de 2008

Las jaquecas del corazón


LOS AMORES MAS CONTRARIADOS DE LA HISTORIA
Cecilia Ruiz de Rios
"Yo no veo telenovelas porque son irreales. Los cuentos de hadas terminan siempre en bodas, pero la vida real comienza con una y a veces acaba en tragedia, "me dijo una vez Claude Yvette Marais, Marquesa de Valois, eximia pianista francesa y una de las profesoras que tuve en mis tiempos universitarios. Pragmática y bella, Madame Marais fue la protagonista de un interminable
romance con su esposo senegalés Jean Claude, con quien procreó once hijos.
A lo largo de la historia, muchas parejas tuvieron amores muy contrariados debido a motivos muy ajenos a los del travieso Cupido. Si bien hubo romances de telenovela como el del rey Eduardo VIII de Inglaterra con Wallis Simpson, el matrimonio amoroso de Fernando de Aragón con su Isabel de Castilla o el del mariscal alemán Rommel con su adorada cónyuge, hubo otros enlaces que no fueron tan afortunados.
En México aún se escuchan relatos sobre la pareja de cheles extranjeros que fueron emperadores de dicho país: Maximiliano de Habsburgo y su belga esposa Carlota. Carlota era una bonita princesita cuando en 1856 conoció a maximiliano de Habsburgo, proveniente de una de las familias más influyentes de la rancia aristocracia europea.
Fue amor a primera vista para Carlota, quien desde el primer momento se hizo ilusiones en cuanto a ser su esposa. Maximiliano la encontró bonita, pero nada más. Tampoco le causó disgusto el tener que comenzar a organizar sus esponsales con ella. El 27 de julio de 1857 Maximiliano y Carlota se juraron fidelidad y amor eterno ante el altar. Carlota estaba perdidamente enamorada de su archiduque austríaco y a pesar de que en aquellos entonces se esperaba que la linajuda hembra de la especie a la hora de consumar el matrimonio no hiciera ruido ni sintiera deleite, Carlota gozó intensamente del "deporte nupcial" entre sábanas. Los esposos viajaron a Viena, Venecia y finalmente Trieste, donde se instalaron en un lujosísimo palacio.
De ahí fueron a Milán, y poco después Maximiliano, quien era buen marinero, expresó deseos de irse al mar para navegar por unos meses. Carlota no fue invitada a acompañarle. El faldero incorregible de Max se fue por tres meses y Carlota le esperó en el palacio. Cuando por fin regresó, el médico de cabecera de Max se adelantó para prohibirle a Carlota que tocara a su marido, explicándole que el hombre venía muy enfermo. Por fin Carlota pudo saber que la dolencia de su maridito era una galopante enfermedad venérea contraída con unas bailarinas brasileñas con las cuales Max y sus marineros se habían divertido aparatosamente en sus correrías.

Cuando Max superó su crisis de salud, buscó de nuevo el lecho de Carlota, solo para toparse con ácidos reproches y un portazo en las narices. A partir de entonces, Carlota, quien había amado a Max con delirio, jamás volvió a tener relaciones íntimas con su esposo... y con ningún otro hombre. Una vez que ellos se fueron a México en calidad de absurdos emperadores, Max no se abstuvo de contar con numerosas queridas criollas. Un 19 de junio de 1867 Maximiliano habría de morir fusilado, y su esposa Carlota le siguió a la tumba hasta en 1927. Ni siquiera en el sepulcro estuvieron juntos.
Otra pareja que tuvo amores muy contrariados fue la formada por el gran mogul Shah Jehan (1627-1666) y su esposa favorita Mumtaz Mahal. Jehan, un barbudo de ojos muy hermosos y gran valor en el fragor del combate, había sido un excelente gobernante en el siglo XVII en lo que hoy es la India. Su padre Jehan Gir fue un gobernante muy débil y Shah Jehan había hecho todo lo posible por restaurar el buen nombre de la dinastía.
Puso punto final a numerosas intrigas palaciegas, echó a todos a trabajar, suprimió las revueltas de los gobernadores provincianos y recapturó Kandahar del dominio persa, habiendo además arrebatado a Hongai de las garras de los portugueses. Mumtaz Mahal entró al harén de este mogul como una más, pero pronto su dulce voz, sus modales refinados, el verde esmeralda de sus ojos y su buen humor la hicieron la esposa favorita de Shah Jehan, quien llegó a adorarla. Sin embargo, la bella mujer falleció en la flor de la juventud y su viudo quedó como cucaracha sin patas. Como monumento de amor a su idolatrada esposa, Shah Jehan erigió esa joya arquitectónica que es el incomparable Taj Mahal. En él yacen los restos de la hermosa Mumtaz Mahal, la única mujer que subyugó a este poderoso monarca. La muerte de Mumtaz lo dejó tan atolondrado que en 1658 el melancólico monarca se vio depuesto por su propio hijo Aurangzeb...
Pocos imaginamos al rubio general norteamericano George Armstrong Custer como algo más allá de sus medallas ganadas en la cruenta Guerra de Secesión y como despiadado verdugo de los indios Sioux, a quienes buscó como despojarles de sus tierras...
Pero el chele general fue un hombre que conoció los estertores de la pasión carnal con su esposa, la hermosa Elizabeth Bacon. Al inicio la muchacha no le hacía mucho caso, pero después de un asedio de proporciones casi bélicas, Elizabeth se casó con el héroe de la Guerra de Secesión. Después que se enfrió el caldo de haber sido el hombre a quien el general Lee le rindió sus fuerzas en Appomattox, George quiso seguir siendo una gloria sobre patas y se fue a luchar en contra de los indios Sioux.
En la batalla de Little Big Horn saboreó el polvo de la derrota a manos de los indios, y poco después murió en combate, no sin antes haber sido el hazmerreír de sus soldados porque dentro de su uniforme vistoso llevaba una braga sin lavar de su mujer. Custer confesaba en sus cartas sentir unos deseos ardientes por estar en el lecho con Elizabeth, unas ansias tan exasperantes que hasta estuvo a punto de desertar, lanzar todo al carajo e irse "a apagar las llamas del corazón."
Para muchos resulta escandaloso que el forjador de la Rusia moderna, Pedro I El Grande, haya sido un hombre que abandonó a su zarina Eudoxia para luego acabar siendo el fiel esposo de una ex prostituta. Pedro, un gigante sifilítico y brillante que luchaba por sacar su país del atraso, ya tenía recluida a su esposa Eudoxia en un convento cuando conoció a Martha Skavronskaya, una
meretriz livonia que primero fue querida de su íntimo amigo, el príncipe Menshikov. Martha, sagaz y con pecho de paloma, supo comprender al zar a como nadie antes, y acabó casándose con él para darle varios hijos. A su muerte, subió al trono ruso como Catalina I.

Cuando hice el cuento "La Hembra de Techulca", la protagonista afirma que el "matrimonio es un cheque a dos firmas que la transacción bancaria de la vida se encarga de declarar como sin fondo." Me gané las más agrias críticas, y aunque muchos matrimonios bien llevados echan por tierra esta frase, otras parejas a lo largo de la historia se han encargado de hacernos pensar
que la relación amorosa solo produce jaqueca.
Uno de los hombres más desdichados en el amor fue el gran líder indígena norteamericano Caballo Loco. Siendo muy joven y ya dotado de su liderazgo, se enamoró de una mujer que acabó casándose con otro. Una vez matrimoniada, la mujer huyó con Caballo Loco abandonando a su esposo y este escándalo ocasionó que la imagen del líder indio sufriera grandes daños. Caballo Loco acabó librándose de su adorado tormento para casarse con otra señora, pero la sal siguió cayendo sobre él, y la hija que tuvo con su legítima esposa falleció cuando apenas contaba con 2 años.
En nuestro siglo, la historia de amor de la dulce morena italiana Clara Petacci con el aborrecido dictador Benito Mussolini ha sido ilustración de las nefastas consecuencias que puede tener para una joven el enamorarse de un hombre comprometido. Il Duce, un megalómano piojoso e imbañable que padecía de sífilis y delirio de persecusión, fue el objeto de amor de toda una vida para Clara, quien desde adolescente soñaba con él. Siendo Mussolini casado con la celosísima Rachele, Clara optó por casarse con el pretendiente insistente que ella tenía, pero el matrimonio resultó ser un fiasco. Ya libre de la presión de su familia, Clara se dedicó a seducir a Mussolini y vaya si lo logró. Al poco tiempo era su querida oficial y cuando Rachele se dio cuenta, fue a buscarla para pelear y gritarle que algún día iba a ir a parar a la Piazale Loretto, el refugio de las viejas y achacosas meretrices romanas. Clara no existía si no era en función de brindar amor a Mussolini. En una ocasión quedó encinta, pero el embarazo acabó mal y Clara casi se muere desangrada.
Curiosamente, la amenaza de Rachele Mussolini se vio cumplida cuando Clara Petacci y su adorado fascista fueron en efecto a parar a la plaza en cuestión, una vez que los partisanos ajusticiaron al dictador. Clara pudo haber seguido viva, pero escogió morir fusilada con su hombre. Cuando soltaron las balas contra Mussolini un 28 de abril de 1945, ella se atravesó para protegerlo con su cuerpo. Los cadáveres del Duce y Clara fueron llevados por el populacho iracundo hacia la Piazale Loretto, donde mujeres enfurecidas se orinaban encima de ellos y hombres cegados por la ira les pateaban sin piedad. Los cadáveres de estos dos amantes fueron colgados patas arriba, pero las cartas que se cruzaron entre el dictador italiano y su joven querida hasta la vez inspiran a muchos amantes por su ternura, sinceridad y pasión.
María Curie era una chelota aseada, sesuda como ella sola y muy buena mujer, pero ni su santa madre podría afirmar que era bella. Sin embargo logró desatar pasiones más que químicas en el científico francés Pedro Curie, quien la asedió con cartas para que accediera a ser su esposa. Como ama de casa, madre y compañera de trabajo, María fue la felicidad hecha a la medida de Pedro, y compartieron el Premio Nóbel. Sin embargo, la felicidad de estos científicos se vio truncada cuando Pedro murió atropellado, dejando a María sola con dos hijas que criar (una de ellas, Irene, estaba destinada a ganarse su propio Nóbel en compañía de su esposo de apellido Joliot). Pues un ex compañero de trabajo de Pedro Curie, el judío francés Paul Langevin, fue el hombre que volvió a encender la pasión explosiva de la erudita polaca.
El pelo en la sopa era que Paul ya estaba casado y con hijos, pero eso no impidió que vivieran un affaire au trés pétit sérieux que acabó en escándalo cuando un periodista publicó los pormenores del asunto en Le Journal en 1911. Paul había abandonado a su mujer y cuatro hijos para alquilar un apartamento a diez minutos del laboratorio de María. La enfurecida esposa de Paul consiguió
trozos de cartas de los amantes para exigir pensión y separación, y María se sintió tan sucia que no quiso seguir en su relación con su joven amante. María sentía que como viuda ensució el apellido de su difunto esposo y desde entonces fue hosca y seca en sus relaciones con los machos de la especie.
Uno de los hombres más desdichados en el amor fue sin duda el rey español Alfonso XII, hijo de Isabel II de Borbón y su amariconado marido. Alfonso XII era un hombre bello, agradable y muy inteligente cuando se prendó de Mademoiselle de Montpensier, Duquesa María Mercedes de Orléans. A pesar de que la mayor parte de los monarcas no se casan por amor sino por
intereses políticos, Alfonso insistió en pedir la mano de la preciosa francesita y ese gesto enterneció a sus súbditos. El 23 de enero de 1878, Alfonso XII y María Mercedes de Orléans contraen matrimonio rebosantes de felicidad, pero esta dicha habría de ser breve pues resulta que la linda francesa está enferma de tisis. Un 18 de junio, poco menos de 6 meses después de haberse casado, María Mercedes sufre un ataque en el cual casi vomita los pulmones. Un 24 de junio cumplió en su lecho de enferma sus 18 años y 2 días después, expira mientras Alfonso XII llora dando aullidos como de lobo mal tirado.
La tierna reina fue enterrada en el Panteón de Infantes de El Escorial, y la tristeza de Alfonso XII fue tan grande que se hicieron las célebres coplas que rezan, "Dónde vas, Alfonso XII, dónde vas, triste de tí, Voy en busca de Mercedes que ayer tarde no la vi." Alfonso XII después de mucho llanto y recuerdos imborrables, volverá a sus lides de hombre con una cantatriz llamada Elena Sanz (quien habría de darle varios bastardos) y posteriormente se casará para engendrar al desdichado Alfonso XIII con la archiduquesa austríaca Ma. Cristina de Habsburgo-Lorena. Por su parte su hijo Alfonso XIII protagonizará una triste historia de amor con Victoria Eugenia de Battenberg (la nieta de la reina Victoria quien introdujo la hemofilia a los genes de los Borbones y que por eso se vería repudiada por su marido). Pero poco antes de morir, el pobre Alfonso XII habrá de confesar entre tragos de jerez a un criado de confianza que "como a Merchita, jamás yo amé."

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