Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

miércoles, 5 de marzo de 2008

SALVE NOSFERATU TITO





EL VIOLONCELLO DE SERBIA
Cecilia Ruiz de Rìos


Para la memoria del gran estadista Josip Broz Tito,el nosferatu màs elegante de los Balcanes.


“El amor a primera vista es la màs perniciosamente engañosa de todas las emociones, debido a una primera impresión positiva uno luego olvida todas las otras-generalmente malas-que le sigue,”Cecilia Ruiz de Rìos
"Ninguna de nuestras repùblicas serìa cosa alguna si no estuvièsemos todos juntos, pero tenemos que crear nuestra propia historia –la historia de la Yugoslavia unida, tambièn en el futuro.”Josip Broz Tito

Cuando Giorg Markevich invitò a su mejor amiga a que fuera a vacacionar a su patria en enero de 1980 con èl jamàs se imaginò que estaba por torcerle el destino de forma tan radical. Dara Lempira Tsernaz estaba considerada en el Conservatorio Superior de Parìs como la posible sucesora de Mstslav Rostropovich o Pablo Casals casi desde el momento en que su hondureño padre Darien Lempira-quien se preciaba de ser descendiente del cacique del mismo nombre- la llevò siendo una niña marimacha en jeans y gorra con la visera al revès. Giorg Markevich, rubio con ojos negros, serbio de nacimiento y estudiante de medicina, la habìa convencido que le acompañara a su paìs y tras unas llamadas ràpidas a Tegucigalpa, Dara no solo habìa conseguido el beneplácito de su papà sino tambièn un giro extra por bastantes dòlares. Solo su madre, Ivanka Tsernaz, gitana de nacimiento y màs supersticiosa que una bruja en Halloween, se habìa opuesto. Decìa que el viaje olìa a fuego.

Haciendo caso omiso de la opinión de su madre de origen Magyar, Dara se montò en el tren con su mejor amigo. Sabìa que si ella no iba con èl, jamàs volverìa el muchacho por sì solo a pasar un rato con su familia. Tìmido desde la desaparición de su madre tres años atràs cuando una noche sencillamente no volviò a dormir a casa y su padre nada dijo, Giorg tenìa constantes pesadillas y era un genuino neuròtico juvenil. Decìa que no querìa ir a pasar vacaciones con “ese sátrapa”, refirièndose a su padre Milan Basil Markevich. Dara sabìa que el papà de su amigo estaba muy bien colocado en las esferas del gobierno del mariscal Josip Broz Tito,ya que era miembro de su equipo de seguridad. Durante todo el viaje, pasando primero por Suiza, luego por el norte de Italia, hacia Venecia, luego Trieste y finalmente entrando en Yugoslavia, Dara le iba sacando 50 metros de canas a su amigo pidièndole siquiera ver al viejo estadista aunque de largo, pues cuando en febrero de 1976 Tito habìa visitado Mèxico, el padre de Dara habìa estado trabajando en la capital y por accidente habìa conversado por unos minutos con el mariscal. Darien Lempira no era un hombre fácil de impresionar, pero su encuentro con Tito le habìa dejado hablando para siempre del robusto dictador. Ahora Dara iba con el propòsito de conocer al líder a como fuese posible, y sonreìa entusiasmada mientras pasaba una enorme mano huesuda sobre el estuche gris donde llevaba su violonchelo.
Una vez en Belgrado, Dara y su amigo tomaron un taxi hacia la zona donde el padre de Giorg vivìa. No era una gran mansión, pero se apreciaba que la familia era de prestigio y que poseìa cierto status. Una vez que Giorg la acomodò en su habitación, ella le preguntò donde estaba su familia. El muchacho le dijo que sus dos hermanas ya estaban casadas y no vivìan ahì, y que su padre tenìa horario tan irregular que era raro verlo en casa. Le mostrò dos enormes retratos en òleos del padre, y luego le dijo que se pusiera còmoda, pues a las 6 cenarìan juntos. Dara estaba sumergida entre burbujas en la tina del baño cuando sintiò que el sopor se le iba volando, pues un par de ojos la estaba mirando. Por la puerta entreabierta no pudo distinguir bien la silueta, pero una vez que saliò de la tina no hallò a nadie. Alguien habìa estado vièndola. Dara se envolviò en una toalla y estaba terminando de vestirse cuando un hombre uniformado entrò. Era un traje de gala militar y llevaba un reloj de oro Roamer Tissot en la muñeca izquierda. Lo que màs le impactò fue el rostro del individuo. Bajo el kepis asomaban unos ojos como carbones encendidos, oblicuos, negros y penetrantes.
Un bigote poco espeso, breve, muy bien recortado y una tez cetrina completaban la cara de quien bien pudo haber pasado por mongol. Un destello de crueldad asomaba a los ojos.
Dara asiò el cepillo y lo apretò contra su tòrax. El hombre apenas esbozò una sonrisa y se presentò como el coronel Milan Basil Markevich, padre de Giorg, y le deseò que tuviera una agradable estadìa. Luego girò y se largò. Hasta entonces Dara se dio cuenta que le faltaba el aire del susto que se llevò, y le dio la razòn a su amigo por sentir tanto temor ante el padre. Era un tipo con una presencia impactante. Y daba miedo. Le dio la sensación que jamàs serìa alguien a quien se le deba un favor, y ella estaba pidiendo algo muy grande: ver a su ìdolo a quien habìa adorado desde niña. No era demasiado?
Dara jamàs olvidarìa cuando dos de los subalternos de Milan Basil Markevich la llevaron en un cesto enorme de ropa sucia al cuarto donde estaba Josip Broz Tito en la clìnica de la universidad de Lubliana. Ella misma se dijo que el hedor de las ropas era la pastilla amarga que debìa tragar para poder tener acceso a su líder. Milan Basil Markevich estaba hablando con Tito, a quien le habìan operado la pierna izquierda. A pesar de que la operación no era considerada como exitosa, Tito estaba sedado pero no inconsciente. En lo que Milan Basil Markevich le dijo al mariscal distinguiò la palabra Honduras, y vio que Tito se sentò mejor en su cama a pesar que eso le debiò causar mucha molestia. El alto militar hizo un gesto con la mano indicando que Dara se aproximase. La joven sintiò que el corazòn se le salìa del pecho pero avanzò. Soltò una sonrisa tìmida y Tito le pidiò en inglès casi perfecto que se aproximase. De la camisa de algodón que andaba Dara sacò una sola rosa roja de tallo largo y no se pudo contener. Con suma suavidad besò la mejilla del aùn guapo anciano y le dio la rosa. Tito se sonrojò un poco y comentò que se sentìa halagado que a sus años y en la condiciòn en que estaba, aùn suscitara tanta admiración femenina. Milan Basil Markevich los dejò solos. Hora y media màs luego Milan Basil Markevich se preguntaba si habìa sido buena idea. Era obvio que Dara estaba hipnotizada por Tito. Cuando la joven saliò, iba tan feliz que solo pudo espetar:- Tito quiere que le toque violonchelo porque dice que la mùsica cura todos los males.
Milan Basil Markevich refunfuñò para sì mismo, siempre pasaba lo mismo. Maldijo a sus ancestros mongoles, pues por ellos no habìa salido con la apariencia castaña tan cautivadora como la de Tito. Milan Basil Markevich llevò a Dara en silencio hacia la casa que poseìa en las afueras de Lubliana, donde un ansioso Giorg la esperaba.
Tras contarle al amigo todos los pormenores de su hora y media con Tito, Dara no quiso ni comer y se fue a la habitación que le habìan asignado en la silenciosa casa de los Markevich. Sacò el violonchelo de su estuche, afinò, pasò la pez rubia por el arco y comenzò a practicar. Conforme comenzò a sudar, se fue despojando de su ropa hasta quedar en cueros, sin saber que un oblicuo par de ojos negros la miraban desde el otro lado de la pared a travès del cerrojo enorme. Dos dìas después pudo tocar ante Tito, quien a pesar de su dolor y la amenaza que le habìa proferido el mèdico de que le podrìan amputar la pierna, gozò enormemente con la mùsica de la hondureña. Bach, Telemann, Rachmaninoff, Boccherini, Vivaldi, Beethoven, Faurè, Debussy y otros grandes maestros volaban de las manos màgicas y el violonchelo de la joven. Milan Basil Markevich solo escuchaba desde afuera, con el deleite revuelto con el peor reconcomio que habìa sentido en su vida. Por què habìa cosas que estaban destinadas solo para otros y no para èl? No habìan sentimientos de segunda ni de tercera, pero èl siempre se quedaba con las migas de las emociones. Cosas romànticas, sencillamente deliciosas, nunca le ocurrìan a èl. Còmo quitarse esa sensación de ser invitado como testigo pero nunca como comensal a la mesa feliz de otros? El resentimiento social anidaba en Milan Basil Markevich desde chico. Habìa tenido una niñez fea, golpeado por su padre borracho y mimado solo brevemente por su madre, quien era asiàtica .A pesar que su madre habìa sido considerada una exòtica belleza, en èl las facciones amarillas se habìan mal disuelto con las serbias de su papà, y no habìa logrado lo que èl llamaba “ la perfección blanca “, algo que èl siempre envidiò en otros.
La mùsica de Dara habìa conseguido lo que tantos medicamentos no lograron anteriormente en el líder: paz. Cuando ella terminò de tocar, Tito quedò casi dormido, con una sonrisa en los labios. Agradeciò la gentileza de la joven, y ella le pidiò que la dejara besarlo. Cuando saliò del cuarto deTito, Dara iba casi en estado de gracia a como lo describen los religiosos. Si me dan una apaleada ni la siento, se dijo ella misma. Milan Basil Markevich sin sonreir la montò al auto Skoda y la llevò a la casa. El 21 de enero los mèdicos estaban amputando la pierna izquierda del líder. Al dìa siguiente Giorg Markevich y Dara iban en el tren rumbo a Parìs, regresando con retraso de sus vacaciones. Dara iba llorando en el camino a la Ciudad Luz. Se habìa infatuado del viejo líder. No tenìa lògica. En la estaciòn del tren, Milan Basil Markevich le habìa dado un beso en la frente tanto a ella como a su hijo Giorg, y le habìa aconsejado que no sufriera. Tambièn le prometiò escribirle con detalles sobre la salud de Tito.
Dara pasò la peor temporada de invierno de su vida. Generalmente le gustaba el cielo frìo y gris de Parìs, pero ahora le daba una sensación de opresión. No sabìa concentrarse. Hizo varios recitales y sus profesores detectaban que aunque volcaba el corazòn en sus interpretaciones, logrando una intensidad de sentimiento que nunca antes habìa logrado, andaba inquieta, distraìda, agitada y distante. Sus padres pasaron a visitarla en Parìs cuando decidieron celebrar su vigèsimo aniversario matrimonial con una “segunda luna de miel” que incluìa una visita a Francia y a Italia. Fue su papà Darien quien esta vez se percatò que algo andaba muy mal. Dara esperaba el correo con angustia, y cuando miraba la letra menuda, como de garrapatas caprichosas, de Milàn Basil Markevich el corazòn se le aleteaba en el pecho. Milan Basil Markevich le aseguraba que no se esperaba un desenlace fatal, pero el viejo, a como èl le llamaba, no estaba mucho mejor. Pocos dìas después de que ella se hubiese regresado a Francia, lo habìan sacado de la parte de la clìnica a Tito para meterlo ya directamente al hospital. Parecìa que el mariscal tenìa lìos con las coronarias. Asì habìa pasado, tratando de rehabilitarse durante el invierno gris, pero solo miraba la ausencia de su pierna izquierda y se deprimìa. Lo habìan visto llorar. Dara por su parte lloraba mares sobre las cartas y dejaba el papel arrugado y la tinta corrida. Para abril Tito presentaba un estado bastante alarmante. No paraba de sangrar, el hìgado presentaba daños y una ictericia violenta iba coloreando su tez sonrosada hacia un color cetrino enfermizo. Tenìa fiebre, y luego una pulmonía galopante se apoderò de sus pulmones. El corazòn seguìa teniendo graves complicaciones, y para colmo de males los riñones tambièn estaban fallando.
El 22 de abril Tito habìa caìdo en coma en horas de la tarde. Lograron sacarlo de ese estado el 28 de abril, pero la salud del líder estaba muy quebrantada. Al iniciar mayo hubo una ligera mejorìa y le oyeron decir que extrañaba la seda oscura del violonchelo. Pero a las 3 y cinco de la tarde del 4 de mayo, faltando 3 dìas para su pròximo cumpleaños verdadero)el 7 de mayo y no el 25 que era como el líder celebraba), Josip Broz Tito muriò.
Dara estaba ensayando una pieza de Beethoven cuando Giorg entrò raudo y con la melena rubia alborotada. Dara estaba en el aula de ensayo, y Giorg estaba con un radiecito de transistores en mano. Tuvo que quitarle el violonchelo de las manos a la pobre mujer, ya que se levantò dando gritos, como aullidos de animal mortalmente herido. Querìa destruir el instrumento musical que tanto amaba, y gritaba que ella habìa querido irse en un tren a Yugoslavia pero que sus profesores y las restricciones acadèmicas la habìan atado al atril, a su rutina triste en Parìs, al tedio de leer nuevas obras, tocarlas con el corazòn en la mano sin poder remediar nada. Al verla en ese estado Giorg no hizo otra cosa que cimentar su triste destino: le ofreciò llevarla a Yugoslavia de nuevo para las exequias de Tito.
No pudieron conseguir un solo boleto de tren hacia la patria de Giorg, pero Dara vaciò su cuenta de ahorro y pagò por los dos boletos de aviòn que los llevarìa a Yugoslavia. Giorg le avisò a su papà que iban para allà, con Dara en un estado impredecible.
Por supuesto, Milan Basil Markevich no estaba en el aeropuerto para recibirlos. Andaba en las vueltas del funeral de su jefe.
Dara al irse a Yugoslavia con su mejor amigo Giorg, aunque tiene miedo, no se percata que està desafiando al destino. Ella sabìa lo amado, y por què no decirlo, adorado que Tito era en su paìs. Pero las demostraciones de pesar y angustia que vio al arribar a Yugoslavia la conmovieron. Ella llegò a Belgrado enla noche del 5 de mayo de 1980, y horas antes habìa sacado los despojos tristes del líder de Lubliana, donde habìa fallecido el dìa anterior. Vertidos en un ataùd grande cubierto por la bandera de Yugoslavia, los restos de Tito fueron llevados por tren hacia Belgrado en un recorrido que lo llevò a travès de los pueblos que estaban a lo largo de la lìnea fèrrea. En cada poblado el tren paraba y el pueblo manifestaba su duelo. En Zagreb medio millòn de personas recibieron el tren fùnebre, y hubo desmayados y apretujados. Bajando por Croacia hacia Belgrado siguiò el tren con Tito.. Una vez ahì lo esperaba Jovanka, su ùltima esposa, con dos de sus hijos. El fèretro fue llevado al Parlamento, donde el coro, tras cantar el himno, comenzò a entonar las canciones folkòricas que tanto simbolizaron para Tito su sueño de unidad yugoslava. Del parlamento, el cuerpo fue llevado por las calles de Belgrado hacia el Complejo 25 de mayo, y de ahì a las inmediaciones de un barrio elegante donde estaba la Casa de las Flores, donde serìa enterrado. La profusiòn de flores vistosas, emanando potente perfume, confundiò a Dara. Era como si las flores, en un arranque de exhuberancia casi tropical, hubieran tomado el aliento de vida de Tito y lo estuvieran difundiendo. Sabìa que tenìa la cara màs hinchada que el cuerpo de un sapo, pero no le dio verguenza. Era apenas una màs entre miles que lloraban a Tito y se preguntaban què serìa de ellos tras su deceso. Recordò la frase atribuida a otro protomacho delicioso de la historia, Luis XV de Francia. Vendrìa el diluvio tras de èl? Vio las caras preocupadas de grandes lìderes durante las exequias. Delegaciones de màs de 120 paìses asistieron a lo que fue el sepelio màs concurrido que haya tenido estadista alguno en la historia del mundo.
Dara casi se desmaya ante la gran profusiòn de flores. Era como si le estaban quitando la respiración a ella. Giorg, vièndola pàlida y sudorosa, se la llevò a casa y le recomendò que se durmiera un rato. El rato inicial se hizo casi un dìa de sopor, y mientras estuvo en brazos de Morfeo, Dara soñò con Tito. Evocò los dos encuentros en minucioso detalle con el estadista, o mejor dicho con el hombre, la persona afable y carismàtica que habìa sido Tito. Con una sonrisa pìcara, Tito le preguntò si a sus 20 años ya habìa conocido el amor y Dara tuvo que confesar que no. El viejo faldero gozò contàndole a Dara-como si ella hubiera sido una amiga de la infancia en quien confiaba absolutamente-que su primera esposa habìa sido Pelagia Belousova, una rusa que le tuvo tres hijos, entre ellos una niña. Se habìan matrimoniado en Omsk antes de irse a Yugoslavia y fue llevada a Moscù unos amigos comunistas cuando echaron preso al líder en 1928.
Cuando confesò haberse aburrido de Pelagia anduvo con montòn de mujeres, añadìa con una sonrisa encantadora, pero no se enamorò de nuevo hasta en 1937 cuando en Parìs conociò a Hertha Haas, con quien a pesar de que no hubo boda sì hubo hijo, Miso, en 1941.. Herta era de origen judìo.En 1943 acabò esta relaciòn, ya que Tito jamàs dejò de ser mujeriego y Herta era celosa. Revolvièndose en su lecho de enfermo, Tito le confesò a Dara que el gran amor de su vida fue Davorjanka Paunovic, conocida por el seudònimo de Zdenka. Ella comenzò siendo su correo, pasò a secretaria personal y luego a ser su amante. Cuando Davorjanka contrajo tuberculosis y muriò en 1946 Tito admitiò que casi se vuelve loco. Insistiò en que no la enterraran en un cementerio sino en el traspatio de Beli Dvor,su residencia en Belgrado. Dara, quien estaba enterada de que Tito estaba casado con la morena serbia Jovanka, con quien no tenìa hijos, osò preguntarle que por què su esposa estaba un poco distanciada, y èl le dijo sin tapujos que era algo indebido, que en realidad nunca debiò haber creìdo las acusaciones de algunos de sus cohortes afirmando que Jovanka habìa tramado un coup d`ètat contra èl y que estaba corrupta hasta los tacones. Le dijo a Dara que aunque ya no sentìa pasiòn por ella, deseaba protegerla y ponerla a salvo de todo. Jovanka Budisavljevic estaba en sus floridos 27 años cuando èl a los 59 años perdiò la cabeza por ella. Se habìan casado en abril en la dècada de los 50, sorprendièndose Jovanka ya que años atràs cuando ella se le habìa insinuado a Tito, el líder la habìa rechazado. En ese entonces Tito andaba con la cantante operàtica de maduros encantos Zinka Kunc, y Tito le confesò a Dara que le habìa dado miedo la juventud briosa y el carácter enèrgico de Jovanka. Jovanka estaba convencida que Tito era el macho de su vida, por ende no se desalentò y siguió trabajando en la residencia de Tito, manejando a raya a la servidumbre. Cuando Tito se aburriò de su opulenta cantante, se fijò en la beldad serbia. La pareja no tuvo hijos, y la relaciòn fue tempestuosa. Las correrìas amorosas de Tito deleitaron a Dara, quien hasta entonces jamàs habìa hablado de cosas asì salvo con Giorg y su propio padre Darien. Después de haber tocado violonchelo para Tito en la segunda visita, cuando se acercò a besarlo Dara el mariscal le advirtió que mirase bien en torno suyo, pues un par de ojos negros la seguìan demasiado. Dara habìa estado tan aturdida por haber besado a Tito que de momento no pensò en lo que el viejo zorro le habìa observado.
No fue hasta que se despertò, 20 horas màs tarde, que comenzò a analizar no solo lo que habìa soñado sino lo que le dijo el estadista antes de despedirse. Estaba sudada, maloliente y con hambre. Buscò a Giorg y una vieja criada le dijo que habìa salido. Esta misma mujer le sirviò una copiosa comida después de que dara se hubiese bañado y vestido nuevamente. Cuando Giorg regresò, èste le dijo que el director mismo del Conservatorio de alguna forma habìa conseguido el telèfono de la casa Markevich en Belgrado Estaba muy preocupado por el futuro de quien consideraba una de las mejores alumnas y a quien le deparaba un futuro brillante como concertista. No podìa colgar su futuro en la estrella fugaz de una infatuación con alguien que ya ni existìa. Dara tratò de pensar de forma lògica y racional. Lo que decìa el director del conservatorio era verdadero y pràctico. Todos los años de entrenamiento musical, de tocar en la orquesta juvenil, de soñar con ser mejor incluso que el mismito Pablo Casals…a dònde iba todo? El sacrificio de sus padres, las largas horas de trabajo de su padre en una transnacional donde lo explotaban, el ahorro de su madre guardando en cuentas bancarias cada centavo? El mismo Tito la habìa contemplado embelesado mientras ejecutaba a Bach. El mismo Tito tocaba el piano bastante bien y a lo largo de su vida habìa escuchado a los mejores intèrpretes de la mùsica clàsica, por eso su opinión debìa ser respetada tambièn. Ya no querìa llorar màs. Làs làgrimas hacìan que la mortaja se pegara al cuerpo del difunto y eso lo incomodaba, decìan los celtas. No descansaba el muerto en paz. Pero estarìa completamente muerto Tito alguna vez?No iba camino a ser un nosferatu, un muerto andante como en la leyenda de Vlad Tepes III de Valaquia? Lo olvidarìa alguien de veras? No era la mejor forma de pagarle tributo a esos inolvidables momentos de comunión de almas-si es que tenìan algo asì pues ambos eran ateos- logrando llegar a ser una mùsico aplaudida, venerada, adorada…? Aunque nunca al mismo nivel que la gente idolatraba a Tito?
Dara se fue a sentar en un columpio de mimbre pintado en blanco que habìa en el porche de la casa de los Markevich. Giorg trataba de meterle sentido comùn. El por lo menos debìa regresar o su carrera de medicina estarìa en jaque. Para èl, en la Salpetrière no andaban con chiquitas. Le aclarò que no la estaba echando de la casa, que su hospitalidad era sinfìn, pero que cualquier persona pensante harìa maletas y regresarìa a sus estudios. Al final de su diatriba, Giorg le dijo:-No pensaràs quedarte en las garras del Ogro, mi papi?
Dara mirò fijamente a Giorg. Sin darse cuenta habìa metido el muchacho el dedo en la llaga que Tito dejò abierta cuando se despidiò de Dara. Los ojos negros de Milan Basil Markevich, que la seguìan. Era obvio que Giorg lo consideraba un monstruo y si lo toleraba era sencillamente porque èl habìa conseguido la beca de estudios con estipendio superior solo porque Milan Basil Markevich era muy allegado a la fuente de poder. Mientras el polvo del cataclismo que era la muerte de Tito se asentaba, Giorg debìa aprovechar para gozar los ùltimos centavos del estipendio y acabar su carrera de medicina de una vez, ya que solo le quedaba un año de estudios. Para aplacar a Giorg, Dara solo contestò-Creo que tienes razòn. Como siempre, Giorg. Tranquilìzate.
Con esta respuesta, Giorg soltò un largo y estruendoso suspiro de alivio, sonriò y dijo que iba a bañarse y a descansar un poco.
Las sombras de la tarde comenzaron a caer, y Dara estaba aùn en el columpio cuando vio venir la figura uniformada de Milan Basil Markevich. Por primera vez se fijò que el militar estaba cansado, pero los ojos negros centelleaban con la misma chispa demonìaca. Una media sonrisa levantò el bigote breve del hombre.-Ya te sientes mejor?
Dara asintiò. El papà de Giorg se sentò en el sofà de mimbre del mismo juego de muebles del columpio .Se quitò el kepis y estirò los pies.-Nos va a hacer mucha falta el hombre, no crees?-dijo.
Dara se sorprendiò al ver la vidriosidad de la mirada de Milan Basil Markevich. No era posible. Segùn Giorg su padre no lloraba ni con gases lacrimògenos. El hombre levantò la mano para evitar que Dara dijera cosa alguna. Y siguió:-Me hace falta. Dèjame que hable de ello porque nunca màs lo harè después de ahora. Serà mi manera de darle sepultura, aunque este muerto se sale por los cuatro costados del ataùd porque en realidad es como el vampiro eslavo y su leyenda de que nunca muere. Si pudiera clavarle una estaca en el corazòn a Tito, en su mausoleo lleno e flores, aunque me maten o me tilden de loco y me lleven preso, lo harìa. Pero da igual que me clave la estaca yo solo porque igual lo seguirè amando. Sì, mujer. Es posible amar al jefe. Y con un amor ciego, sin egoísmos, sin lìmites, desbordante, a como lo sigo amando aunque no estè fìsicamente. El me levantò del anonimato, vio què sè yo què caracterìsticas en mì y me elevò, me empujò a estudiar, a mejorar, a ser disciplinado, a aprender. Algo que ni mis padres me dieron. Cuàntas veces viajè con èl a los màs distintos paìses. El dejaba la puerta abierta, por si yo deseaba quedarme en algún paìs de esos, por si me querìa ir. Y era yo quien no querìa irse. Si alguna vez me hubiera echado de su lado, me hubiera muerto. Nunca me reprendiò, nunca me hizo daño. Hablaron que tenìa sus campos de prisioneros polìticos. Pero no eran campos de concentración. Quièn no quitarìa del medio a un enemigo? Todos somos humanos. Pero Tito amaba la cocina, sus perros, sus gatos, su piano, nadar desnudo en el verano, sus pioneros y la mùsica clàsica. Me dijo que el mejor regalo que yo le di fue cuando te llevè a que tocaras el violonchelo para èl. No es para que te envanezcas, aunque te cuento que Tito era vanidoso y te hubiera comprendido.
Quise decirle que èl con sus uniformes tan perfectos no se quedaba atràs, pero Milan Basil Markevich seguìa hablando como si nadie estuviese ahì y estuviera pensando en voz alta.
-Lo amè y lo sigo adorando, Dara. No como amò Federico Garcìa Lorca a su Salvador Dalì, ni como Alejandro Magno a su Hefestiòn. No soy homosexual. Pero me gustaba acariciar sus cabellos castaños, oler su aroma natural antes que se echara galones de perfume francès, secarlo cuando salìa de nadar de una poza. A veces posaba una mano sobre mi hombro y me decìa suavemente, hijo de mongoles, tàrtaro, en què piensas, y rozaba su mano grande sobre mi mejilla. Fue Lope de Vega quien dijo “eso es amor, el que probò lo sabe”? No lo puedo soltar, no lo puedo olvidar. Leìa mis pensamientos, aùn los que yo me prohibìa. A personas como Tito se hace ligeramente imposible olvidarlas. Y eso lo sabes tù. Dichosa tù que pudiste llorar hasta que desfiguraste tu rostro quedando como sapito hinchado. A estas alturas de mis cuarenta años me es imposible hacerlo en pùblico porque yo mismo he construido la càrcel donde vivo.
Dara se levantò de su columpio y tomò las manos del padre de Giorg entre las suyas.-No me haga llorar de nuevo, coronel. Sepa que lo entiendo mejor de lo que se imagina.
Un furioso rubor subiò por las mejillas del hombre. Le daba una vergüenza atroz que lo vieran en un momento de debilidad, y peor que fuese esta muchacha extraña cuya presencia lo habìa perturbado desde el primer dìa que Giorg la trajo en enero.-Yo tambièn aprendì a amarlo en pocas horas, coronel. Bueno, y le cuento, me voy pasado mañana de vuelta a Francia. Giorg y yo debemos regresar a nuestros estudios. Le estoy muy agradecida porque conocerle a usted ha sido un gran honor, me ha dado el recuerdo màs preciado de mi vida. Y una hospitalidad memorable.
Esa noche Giorg saliò para despedirse de unas amigas y arreglar unas cosas que tenìa pendiente, dejando a Dara con su papà en casa. Tras la cena, el coronel le enseñò a Dara los regalos que le dio a lo largo de tantos años de servicio su jefe. Cuando le mostrò una muñeca hecha en Mongolia, una làgrima cristalina brotò del ojo izquierdo del militar y cayò sobre su mano. Dara no pudo màs. Abrazò al cuarentón y lo besò suavemente, acurrucàndolo a su pecho. No se dijeron nada màs. Milan Basil Markevich la llevò de la mano hasta su dormitorio y ahì poco a poco la fue despojando de sus ropas mientras èl permanecìa totalmente vestido en su uniforme casi redìculamente pulcro y perfecto. Dara recordò lo que su padre decìa del NAPALM. Quema y arde y brilla a la vez, cuando lo sientas en el cuerpo es el amor. Un poco de esa substancia parecìa estar viajando por el torrente sanguìneo de Dara, quien parecìa no poseer voluntad propia. Las manos de ella fueron hacièndose osadas para ir despojando al hombre de sus vestimentas. Milan Basil Markevich sufriò una transformación con cada prenda que Dara le quitaba. Perdiò la ilusiòn de estatura y de momento Dara no se percatò de ello, pero abriò los ojos y vio ante sì la silueta de un hombre pàlido, con enormes venas azules asomàndose por la piel cetrina translùcida del abdomen, manos en realidad pequeñas, pies pulcros extremidades finas y suaves, como de renacuajo joven. Era el pecho de un adolescente, con poco vello. Solo los ojos no habìan cambiado. Dara quiso mirar màs y solo se percatò de la existencia de un miembro que parecìa una versión màs morena y arrugada que las setas que Giorg y ella iban a recoger a la campiña francesa. El hombre le pidiò que abriese las piernas y colocò la boca ahì, para sobresalto de Dara, quien no esperaba algo asì en una primera experiencia.
Pensò fugazmente, no le darà miedo poner la boca ahì, si no me conoce? Caviar del mar Caspio le oyò musitar mientras seguìa con la faena el hombre. Muerta de la vergüenza y la impaciencia, Dara lo instò a que copularan de una vez por toda y antes que pudiera hacer nada, tras unos pocos movimientos en el interior de la muchacha todo habìa concluido. Dara no recordò jamàs haber dicho la palabra Tito, pero la pensò en el momento en que el hombre acababa su paroxismo con el rostro como si hubiera tenido undolor.Hasta alcanzò tiempo para que Dara pensara,con su caracterìstico sentido del humor que siempre tratò de controlar, solo falta que este señor se me muera de un pedo atravesado tras el coito y van a decir que lo matè.
Dara se levantò de la cama para internarse al servicio higiènico aledaño. El hombre la siguió y jamàs supo còmo fue que al meterse a la ducha colocada encima de una bañera estilo antiguo, el coronel de repente la precipitò al piso y se insertò de nuevo en sus entrañas. Haciendo movimientos de conejo sofocado la poseyò de nuevo, y no fue hasta que èl se levantò dejàndola inerte que se dio cuenta que del codo izquierdo de la joven manaba la sangre copiosamente. El antebrazo izquierdo lucìa exangue y cuando Dara volviò en sì, quedò con los ojos desorbitados. Milan Basil Markevich la miraba atònito. La sacò de la ducha y la metiò a la cama, donde la limpiò a como pudo y la vistiò. Asustada y sostenièndose el brazo lesionado, Dara saliò corriendo descalza hacia su habitación.
Unos momentos màs tarde una ambulancia llegò a la casa de los Markevich. Giorg aùn no habìa retornado de la calle. Un silencio incòmodo reinaba entre el militar y la mùsico. Fue atendida en una clìnica, donde le dijeron que iba a precisar cirugía apenas se desinflamara. Con el brazo vendado y el futuro en trizas, en un descuido de Milan Basil Markevich Dara se escapò de la clìnica y se montò en un taxi rumbo a la casa de los Markevich, de donde solo extrajo su pasaporte, su bolso y dejò las maletas al lado de la cama donde habìa estado durmiendo desde que llegò a Belgrado para las exequias de Tito. Pobre Giorg, que no la encontrarìa. Pescò un taxi hacia la estación de trenes, con el conductor miràndola asustado. Caramba, pensò el hombre, este paìs como que se va al desastre desde que se muriò el Jefe!
Tomò el primer tren que pudo hallar, y èste era uno rumbo a Trieste en Italia. Una vez ahì con el dolor corroyèndole el brazo y con pavor de empeorar, se montò en un tren que la llevarìa hasta el mismito Parìs. Todavía no se atrevìa ni a llorar.
2008
Dara Lempira Heathstone revisò por ùltima vez las copias en tintas fosforescentes que hizo de su arreglo espectacular de Cuadros de Una Exposición de Modesto Mussorgsky y confirma que todos sus documentos para el viaje estaban listos. Esta vez su esposo Brian no podrìa acompañarla pues estarìa en medio del lanzamiento de una campaña publicitaria de un nuevo producto para mascotas.
El clima està bastante frìo para ser inicios de la primavera y le està doliendo un poco el codo que se fracturò en 1980. Mierda, el tiempo no cura todas las heridas, se dijo. Ya no tenìa el enorme verdugòn que le quedò después que llegò desesperada y adolorida, casi en trizas, a Parìs, huyendo de Yugoslavia y en particular de Milan Basil Markevich. Los mèdicos que la atendieron le advirtieron que jamàs volverìa a tocar violonchelo en su vida, por lo menos no a nivel de virtuoso, y una vez que la examinaron por completo dictaminaron que dado que el daño era mayor, le insertarìan un platino en el codo y unos tornillos en la cadera, pues tenìa ademàs un desprendimiento del ilìaco izquierdo y una fisura en ese mismo hueso debido a la violencia de la còpula en el piso de la ducha. Probablemente tendrìa dificultades para parir, le añadieron. Con el futuro hecho añicos –casi tanto como su pobre huesera-Dara habìa optado por cerrar el capìtulo de las làgrimas. Durante la cirugía de la cadera un embrión de pocos dìas habìa sido extraìdo de sus entrañas y apenas pudo salir de su cama de hospital, regresò al conservatorio. Iba a tomar otro paso atrevido: querìa reciclarse como directora de orquesta. Sabìa a cabalidad orquestar, se conocìa los mil y un trucos de los diversos instrumentos de la orquesta y poseìa un sentido del ritmo casi prodigioso. El director del conservatorio fue el primero en aplaudir su decisión. El siquiatra que la atendìa opinò que la mejor manera de aliviarle esa nostalgia espantosa por el hijo que violentamente le habìa hecho Milan Basil Markevich y que no habìa sobrevivido a la operación de la cadera era ponerla a trabajar con chiquillos. Y el chiquillo que siempre fue para ella Giorg? Sus padres la habìan obligado a mudarse del apartamento donde vivìa en Parìs, y aunque ella nunca les contò los pormenores de còmo se habìa accidentado en Serbia, sus progenitores no hicieron muchas preguntas sobre Giorg.
Trabajar con niños fue una alegrìa sin final. Fue cuando Dara comprendiò a cabalidad el amor desmedido de su ìdolo Tito por sus pioneros. Libre de preocupaciones econòmicas debido a una herencia que le cayò en manos cuando Adiac, su tìo paterno, habìa muerto solteròn y sin hijos, Dara pudo dar rienda suelta a sus proyectos incubados desde antes de Milan Basil Markevich. Antes de Milan…què horrible! Antes y después de Milan, como si el serbio fuese Jesucristo que habìa partido la historia en antes y después de Cristo.maldito atrevido! Era Milàn su cristo? Mas bien la cruz, o los clavos que le pusieron en la cadera y el codo. Me hizo la Mujer Biònica, por lo menos en el cuerpo porque en la cabeza sigue todo igual. No hay cirugía que me lo extirpe de la cabeza, o asco mayor, de los sentidos. Còmo puedo estar tan mal de autoestima que en 6 ocasiones me he sorprendido a mì misma marcando el numero telefònico de la casa de los Markevich en Belgrado? Debo estar muy jodida. Cuàl fue la magia, la groserìa que me dijo que parecìa caviar fresco del mar Caspio?O era ese el mejor piropo que podìa lanzar en esa ocasión? Curas de burro he necesitado, hasta traducir documentales a precio botado sin necesitar el dinero, solo para tener un pretexto fìsico de no ir al telèfono y marcar el numero de la casa allà en Belgrado. Cuànto extrañè mi violonchelo que dejè en Serbia?Aunque no lo toque màs, un trozo de mì se quedò allà con el instrumento. A veces me miro, tan transparente y cristalina ante los chicos, y mepregunto si los padres de esos niños supieran lo que pasò en Serbia, confiarìan en que alguien tan aberrada como yo estè con sus hijos? Si el niño hubiera nacido, jamàs lo hubiera puesto con una mujer como yo.
Trabajar con los muchachos era como lavarse la mente diariamente en agua de rosas. Invirtiò una buena cantidad de tiempo en formar una orquesta con niños de origen pobre, provenientes algunos de ellos de sitios como Gennevilliers en las afueras de Parìs, niños de hogares de inmigrantes àrabes, negros, gitanos y asiàticos. Tras 5 operaciones, el codo de Dara quedò bastante bien y su brazo podìa ejecutar un 95 de las cosas que hacìa antes de la fractura, pero Dara ya se habìa despedido para siempre del violonchelo, por lo menos a nivel de concertista. Estaba demasiado fascinada por los ilimitadas posibilidades de los instrumentos de la orquesta, y procediò a enamorarse de sì misma como directora de orquesta. Vestìa las màs extravagantes vestimentas para dirigir la orquesta, a veces de acuerdo a la temàtica de las piezas que iban en el concierto a prepararse. Cuando pudo meterse en un uniforme vistoso de Hùsar y dirigir a los niños y adolescentes de su orquesta en un concierto de solo marchas y mùsica patriòtica fue cuando se enterò que habìa superado su trauma hacia el uniforme militar. El concierto habìa sido un èxito total en los Jardines de Luxemburgo, donde ella misma los domingos iba a gozar con el Guignol. Desde entonces, preparaba con entusiasmo las apariciones de su orquesta de muchachos, y habìa conseguido sustanciosos patrocinios para la renovación de los instrumentos de la orquesta y hasta para pagarles una especie de sueldo-beca a los muchachos. Ante sus padres, era una solterona contenta, una especie de monja estrambòtica con chales vistosos y zapatos de ballerina.
La orquesta de los niños estaba firmemente anclada en el respeto popular y la crìtica favorable .Y fue cuando el publicista anglo-nicaraguense Brian Heathstone Madrigal, considerado como el nuevo Ogilvy en los cìrculos de mercadeo y publicidad de Parìs, le buscò para hacer un anuncio de juguetes que se dio cuenta que por fin el nombre de Milan Basil Markevich no desencadenaba espasmos de recuerdos dolorosos para ella. Al inicio el publicista rubio le habìa dicho que catrachos y pinoleros se odiaban por plantilla desde el lìo del territorio en litigio, y Brian Heathstone Madrigal le dijo que los hondureños se querìan hartar el Rìo Coco y que por eso les iba a salir el coco grande feo y peludo, pero tras varias salidas al margen del anuncio, descubrieron que tenìan mucho en comùn. Se casaron un 25 de mayo-fecha en que Tito celebraba su cumpleaños aunque el mandatario habìa nacido un 7 de mayo- en el ayuntamiento de Parìs sin mayor ruido que el que produjo la banda de vientos de los chicos cuando el primer violinista o concertino de la orquesta el judìo de 19 años Nazim Leibner, hizo la entrega formal de la novia en la sencilla ceremonia. La banda de chiquitos les tocò las dos marchas nupciales(la de Wagner de Lohengrin y la de Mendelssohn de Sueño de una Noche de Verano) sino tambièn la Boda en Troldhaugen de Grieg y el Cancan de Offenbach. Casi se los lleva la policía a la prefectura por hacer escàndalo en la vìa pùblica, pero hasta los policìas que llegaron acabaron admirando la banda de entusiastas chiquitos que celebraban el esperado fin de la solterìa de su directora. Siendo atea recalcitrante, Dara no quiso ceremonia religiosa, y siendo su nuevo esposo un luterano indiferente, no hubo problemas. Hubiera querido que su padre la entregase, Pero Darien Lempira andaba en Mongolia, como siempre de trotamundos. Su madre por su parte no aceptaba que se casara con quien ella consideraba un payo, un no-gitano. Giorg hubiera sido muy aceptable para entregarla, pero no habìa sabido nunca màs de èl desde que ella huyò hacia Parìs toda fracturada.
A veces a medianoche se despertaba sobresaltada y miraba de reojo la figura de su marido durmiendo plàcidamente al lado suyo. Le costaba acostumbrarse a la presencia constante de otra persona al lado suyo. Brian Heathstone Madrigal no hacìa mucho ruido, era apacible y estaba dedicado por completo a su oficio. Sabìa cocinar muy bien, arribò al matrimonio con una especie de dote viviente de 5 gatos, dos perros, un camaleón de las Galápagos llamado Igor y una lora que despotricaba en seis idiomas. Dara, quien siempre adorò los animales, se sintiò muy a gusto con el zoo que su esposo habìa llevado consigo.Se mudaron a una casita en la Celle-Saint-Cloud, a una veintena de kilómetros de Parìs. El esposo le aconsejò que era mejor guardar el Mercedes Benz que ella tenìa y le adquiriò una cucarachita Renault negra con la cual era màs fácil vadear a los que manejaban como locos en Parìs. Los niños de la orquesta pronto cubrieron de calcomanías fluorescentes el auto de Dara.
La habìa pensado mucho en aceptar la invitaciòn que le habìan hecho para que llevara a su orquesta a tocar a lo que fue Yugoslavia, y que se desmembrò tras la muerte de Tito. Sabìa que aùn era peligroso andar por esos lados, pero fue precisamente el esposo quien le dijo que uno pierde el miedo a las cosas hacièndolas. El era un experto en eso. Su madre nicaragüense lo habìa sacado de Nicaragua en la dècada de los 80 para evitar que hiciera el servicio militar obligatorio. Pero nomàs terminò de estudiar publicidad en Inglaterra, Brian Heathstone Madrigal se dio por tarea regresar a Managua con su diploma y alcanzò a servir en las fuerzas armadas como camarògrafo. La experiencia fue valiosa, aunque le costò un charnel en la columna que por suerte no lo dejò en silla de ruedas. Dara en todos los años después de su amarga experiencia con Milan Basil Markevich estuvo siguiendo muy de cerca los acontecimientos en lo que fue Yugoslavia.
Era curioso còmo se evidenciò que Tito jamàs debiò haber puesto a vivir juntos como naciòn a tantas etnias diversas y con tantos platos rotos entre ellas. En 1986 La Academia Serbia de Ciencias y Artes puso su granito de arena para incrementar el nacionalismo de los serbios. Sacò a luz un memorando que aludìa a algunos temas candentes sobre el estatus de los serbios como los màs prominentes entre todos los que formaban Yugoslavia. La influencia de Serbia sobre Kosovo y Vojvodina se habìa visto reducida por la Constitución de 1974, y los temas tocados por los miembros de la academia serbia les cayeron como balde de agua hirviendo. Para colmo, el repulsivo chele comunista Slobodan Milosevic, serbio, querìa anular la disposición de la Constitución de 1974 y ponerle la bota a los kosovares. Estos, encabezados por los bravos mineros, armaron huelgas y protestaron. Las tensiones ètnicas escalaron a raìz de esto y no faltarìa quien le echara el muerto al cara de nalga de Milosevic por haber desmembrado la frágil Yugoslavia que quedò tras la muerte de Tito. Pronto y conforme se avanzaba el tiempo hacia la dècada de los 90, a los eslovenios y a los croatas tampoco les gustò el tono que la cosa iba tomando, sobre todo con Milosevic asumiendo mayor control dentro de las esferas gubernamentales. Aunque en enero de 1990 hubo el extraordinario Congreso Decimocuarto de la Liga de Comunistas de Yugoslavia, un pelòn ruso estaba a punto de desmoronar la torta del comunismo. Mikhail Gorbachov desde Rusia con su perestroika iba a aguar todo lo que Milosevic propuso de unificar el voto en una sola persona, creyendo que èl iba a tener suficiente talla para caber en los pantalones de Tito. Milosevic enojò tanto a los asistentes que no eran serbios que las delegaciones eslovenia y croatas se levantaron enojados y el partido comunista yugoslavo muriò ipso facto tristemente desmembrado. La muerte del comunismo como tal en Rusia solo fue una patada al ya cadáver del partido comunista de Yugoslavia, y cada repùblica hizo sus elecciones a su gusto y antojo.
En marzo de 1990 durante una protesta en Split(Croacia) un miembro del ejèrcito fue estrangulado arriba de un tanque y balaceras se dieron en varias bases militares. En ese mismo mes
el Ejèrcito del Pueblo Yugoslavo tratò de forcejear con la presidencia federal yugoslava para que se declarase un estado de emergencia. Hubo empate en cuanto a que republicas apoyaban esta medida y cuales otras estaban en contra. Este empate atrasò las hostilidades, pero no las detuvo indefinidamente. El conflicto se recrudeciò y Milosevic siguió insistiendo en recetar la cucharada sopera a Serbia. Salieron a relucir todo tipo de artimañas gubernamentales, hasta un video de una reuniòn de altos oficiales que se declaraban en contra del mismo ejèrcito. Para marzo de 1991 ya habìa protestas contra Milosevic en Belgrado, dejando el saldo de dos muertos cuando el chele sacò tropas para reprimir al pueblo.El 25 de junio de 1991 Eslovenia y Croacia se declararon independientes. Para agosto, estallò la guerra en Croacia. En septiembre, siguió la independencia de Macedonia. Su primer presidente tuvo buenas relaciones con Belgrado. Para noviembre de 1991 la inservible ONU que jamàs ha podido detener una sola guerra se dio a la tarea de vestir y armar a sus cascos azules para que fueran a patrullar las zonas màs calientes. La calma se perdiò en Bosnia en abril de 1992. Solo quedaban dentro de la Republica Federal de Yugoslavia Serbia y Montenegro. Kosovo posteriormente se convirtió en un polvorín. Las atrocidades cometidas en la guerra civil que siguió al desmembramiento de Yugoslavia dejò en los archivos de la historia los rècords màs sanguinolentos, dejando atràs en algunos sitios a los nazis y a los asesinos del Pol Pot de Camboya. Milosevic por su parte quedò tildado como uno de los criminales de guerra màs asquerosos de todos los tiempos. El sàbado 31 de marzo del 2001 fue el sàbado que le llegò al chancho Milosevic cuando se entregò a las fuerzas de seguridad, arrestado bajo cargos de abuso de poder y corrupción. El 28 de junio fue llevado a la frontera con Bosnia para echarlo del paìs, y fue colocado en custodia para ser extraditado al Tribunal Criminal Internacional de las Naciones Unidas para el caso de la ex Yugoslavia. Lo acusaron de crímenes de guerra en Bosnia y Kosovo y el 12 de febrero de 2002 le iniciaron un proceso en La Haya, Holanda. Milosevic muriò ahì un 11 de marzo de 2006 mientras su juicio aùn seguìa. Los estados resultantes tras la pesadilla de la guerra en Yugoslavia fueron Bosnia and Herzegovina, Croatia, Kosovo(desde el 17 de febrero de 2008),Montenegro, Republica of Macedonia, Serbia, y Eslovenia. Milosevic habìa dejado tras de sì una estela de putrefacción y sangre. Quedando su caso a medio palo por su muerte, Milosevic de alguna forma habìa pagado.
Ahora en vìsperas de su viaje hacia Serbia y Kosovo. Dara se preguntaba què habìa sido de Milan Basil Markevich. Habrìa sobrevivido a semejante conflicto? Sabiendo el gusto por la crueldad que el militar poseìa, a cuantas hubiera violado o descuartizado? A èl le debìa Dara su esterilidad conyugal. Llevaba años casada con Brian Heathstone Madrigal, y nada. Y no podìa alegar que su esposo no ejercìa sus derechos conyugales. Se preguntò què serìa de la bella Jovanka, la viuda de Tito. Una vez leyò un artìculo que le habìan quitado todos sus privilegios como viuda del gran estadista que habìa sido Tito, y que su casa estaba cayèndose a pedazos. Dara la recordaba en el funeral de Tito. Parecìa una reina.
En el repertorio de mùsica que llevaban iban algunas piezas favoritas de Tito, y el arreglo casi màgico de Cuadros de Una exposición de Mussorgsky que ella habìa hecho.. Los 150 niños y jóvenes que integraban la orquesta estaban emocionadìsimos de poder tocar en un paisito recièn estrenando su independencia, a como era Kosovo. Dara le escribiò un correo electrònico a su padre confesando que llevaba el estòmago lleno de papalotes negros. Al leerlo su madre, siempre reclinada sobre el hombro de Darien Lempira, afirmò que era un presagio pavoroso y se fue a prender varias velas blancas. Brian Heathstpne Madrigal le recordò que no dejara olvidada su càmara para que le trajera numerosas fotos. Algunas podrìan ser compradas por la agencia publicitaria. Uno de los patrocinadores habìa obsequiado los boletos de aviòn para el transporte de toda la orquesta y su personal de asistencia. Dara hubiera preferido irse por tren, pero la presiòn de los padres de familia de los muchachos la habìa llevado a aceptar el donativo de los pasajes aèreos. Arribaron a Belgrado en horas de la tarde y fueron llevados a un hotel bastante agradable. Los anfitriones derrocharon atenciones sobre los niños mùsicos y Dara, quien se sentìa aturdida. Cuànto tiempo sin pisar suelo serbio? Los chicos fueron remitidos a sus camas a las 9 de la noche, pero Dara no podìa dormir. Se puso un jeans, camiseta sencilla y zapatos deportivos y saliò del hotel. Reconocìa las calles, y se metiò a un cyber-cafè. Ahì inclinado sobre una de las computadoras estaba un rostro conocido: Giorg Markevich. Andaba todo de blanco. Estaba concentrado en una pàgina de Internet. Dara no iba a abordarlo cuando el hombre levantò los ojos de la pantalla de la computadora y la mirò fijamente. Era èl. Seguìa siendo el mismo a quien Dara le decìa que parecìa un girasol, todo rubio por fuera y con centro negro, ojos oscuros. Habìa subido de peso, lo que le venìa bien pues de joven era demasiado delgado.
-Tardaste en regresar, Dara-dijo en perfecto castellano. De mozalbete no lo hablaba, solo las malas palabras que Dara le enseñaba.
Dara lo abrazò fuertemente.-Doctor Markevich?
-Pediatra para ser exacto. Nunca me renovaron la beca para regresar a Parìs y tù te fuiste tan apresuradamente. Pero continuè acà, luego pude ir a Turquía y ahì saquè mi especialidad. Tengo dos hijos, pero la madre muriò en el conflicto de los 90.Era de la Cruz Roja. Vivo cerca, y trabajo en un hospital estatal. En casa no tengo Internet.
-Yo ando con la orquesta de los niños. La dirijo yo. Estoy en un hotel a 5 cuadras de acà.
-Pero sièntate, Dara. Lamento que dejases el violonchelo. En un artìculo que sacò un diario local afirma que tras un accidente optaste por la direcciòn de orquesta. Pero no da màs detalles.
-Bueno es verdad, pero dirigir una orquesta es tan placentero como tocar chelo.
Y asì Dara y su amigo estuvieron hablando por una hora, sin que Dara se atreviera a preguntar por Milan Basil Markevich. Dara le contò que se habìa casado pero no tenìa hijos aùn. Giorg le dijo que llevarìa a sus niños, una muchacha y un niño, al concierto.Le dijo que la niña de llamaba Dara Yelena, por ella y por la madre. Y le recalcò que con lo de nombrarla Dara el primero en estar de acuerdo fue su padre, Milan Basil Markevich.
Piedra. Una piedra se asentò en el pecho de Dara, donde antes habìa estado latiendo el corazòn. Por fin adiestro a su lengua a preguntar por èl. Una cortesía Dara, que no tienes hijos por culpa de èl.-Y el viejo coronel?
Giorg sonriò. –El general retirado, Dara. Subiò a general bajo el mando de Milosevic. Sì, no pongas esa cara. Casi lo acusan de atrocidades, pero su nombre saliò limpio. Tiene una pensiòn vitalicia, pero creo que quedò mal de la memoria. Sospecho que tiene los inicios de Alzheimer. Vive en una casita en las afueras de la ciudad. A mì me dio la casona donde estuviste alojada tù. Nunca quiso volver a vivir en esa casa, no después de sus dos intentos de suicidio. Decìa que las paredes se le venìan encima y que goteaban sangre. Dijo que en la tina de baño habìan huesos, y otros disparates. El viejo estuvo muy mal tras la muerte de Tito. Luego trabajò al lado de Milosevic, se ganò sus estrellas de general, y de repente, una noche se acostò a dormir y no despertò. Lo llevamos al hospital, y lo declararon en coma. Estuvo asì como 5 meses. Ahì conocì a Yelena, mi esposa. Lo estuvo cuidando con tanto primor. Cuando saliò de su estado de coma, regresò a la vida militar pero para 1999 se retirò, afirmando que estaba harto de la guerra y la polìtica. En su casa vive solo con un asistente, y le ha dado por escribir. Hay cosas que no recuerda. Tiene lagunas mentales, pero nunca subiò de peso y sigue usando el pantalón talla 30 de cuando estaba joven. Si tienes tiempo tras los conciertos, puedo llevarte a verlo.
Dara no hizo ningùn comentario aparte de afirmar que si el tiempo le daba irìa. Giorg la llevò de regreso al hotel, le dio su numero de celular y prometiò llevar a sus hijos al concierto del dìa siguiente. Dara subiò a su habitación, llamò a su marido a Parìs y luego hizo infructuosos esfuerzos por dormir.
Al dìa siguiente, Dara logrò dirigir magistralmente la orquesta aunque no habìa dormido del todo. Su arreglo de Cuadros de Una exposición de Mussogsky suscitaron una ovaciòn de pie, y el medley de obras favoritas de Tito sacò làgrimas a muchos de los presentes. Entre ellos, un hombre de ojos negros oblicuos ataviado en lino blanco, estaba profundamente conmovido. Al finalizar el concierto, Dara estaba cambiàndose de ropa en su camerino cuando Giorg entrò apresurado con dos adolescentes rubios, y el hombre ataviado de lino blanco. –Se me vino de cola porque se morìa por verte, Dara- dijo Giorg para explicar la entrada intempestiva de su padre.
Con su mejor sonrisa protocolaria y abrochàndose la camisa, Dara le dio la bienvenida:-Es un honor, general Markevich. Se le ve muy bien. Lo felicito por sus hermosos nietos. Dichoso usted con su descendencia.
Milan Basil Markevich estrujò a Dara en un apretado abrazo y le cubriò la cara a besos.-Ese suite de canciones yugoslavas que encantaban a Tito me hizo llorar. Gracias. Quiero invitarla a que venga a comer con nuestra familia antes que regrese a Francia. Està bien el jueves?
Dara no sabìa què decir. Automáticamente dijo que el jueves aùn estarìa dando concierto en Kosovo, pero que el viernes por la noche estarìa bien pues el sàbado partìan no hacia Parìs sino por tren hacia Viena, Austria, para el final de la gira musical. Inmediatamente se preguntò a sì misma de què iba a hablar con el general. Hola long time no see, como dicen los gringos, te cagaste en mi carrera, me dejaste como presas de pollo para freìr y para colmo me dejaste inservible sin descendencia, señor de los ojos de Genghis Khan. Y las miles de vìctimas durante el conflicto, te recordaràn tanto como yo?
Los aplausos en Kosovo, las demostraciones de afecto, las flores, la algarabía de los niños y los regalos formaron una amalgama de recuerdos que Dara atesorarìa por el resto de su vida. Estaba feliz por haber contactado de nuevo a Giorg, quien prometiò llegarla a visitar a Parìs coincidiendo con un congreso de pediatrìa que estaba fijado para dentro de cuatro meses. Regresando a Belgrado temprano por la tarde del viernes, cansada pero contenta, llamò a Giorg para confirmar que cenarìa con èl, sus hijos y el general. Pero antes revisò su libreta de apuntes y mientras el personal administrativo que andaba con ella ayudaba a los mùsicos a empacar, Dara sacò de su equipaje el traje tìpico de su Honduras natal y se lo puso. Saliò asì ataviada a la calle mientras algunos la miraban con mal disimulada curiosidad. Se montò en un taxi y le dio la direcciòn al joven chofer, quien le dijo que si iba a lo que èl sospechaba,iba en misiòn imposible porque la señora no daba entrevistas.
La depositò a la entrada de una casita modesta que habìa visto mejores años. Una mujer octogenaria estaba en el jardìn. Olvidando modales y protocolo, Dara entrò apresuradamente y se parò frente a la mujer. –No me rechaces-le dijo en inglès.
La mujer,algo sorprendida, la mirò por unos momentos y por algùn motivo que ella misma desconocìa, la hizo pasar. –Hola Jovanka Budisavljević Broz, mis respetos. Soy Dara Lempira Heathstone.
-La directora de orquesta hondureña que trajo a unos pequeñines muy talentosos. Yo te escuchè la primera noche. Estuve ahí pues en el programa aparecìan unas canciones que gustaban mucho a mi esposo. Y èl te gustò tanto que le llegaste a alegrar tocando tu violonchelo cuando aùn podìas-dijo la mujer con una sonrisa pìcara.
Fue cuando Dara pudo ver a Jovanka con los ojos de Tito y descubrir a la fascinante mayor del ejèrcito que lo subyugò. Las dos mujeres se sentaron a hablar y Dara escuchò a la viuda de Josip Broz Tito evocar tantas cosas del pasado. Hablò del Tren Azul, el tren que Tito hizo refaccionar como el interior de un dormitorio de James Bond, de los perros y gatos de Tito, de tantas anècdotas y hasta de la cantante Gertrude Munitic, con quien Tito tuvo su ùltima canita al aire pero que ella, Jovanka, se enterò cuando un periodista occidental destapò todo el pastelillo. Jovanka le habla del origen del apodo Tito con el cual pasò a la historia, y luego de la muerte de Tito, el arresto domiciliar y el despojo que el gobierno hizo de todas las posesiones que eran legítimamente de ella. Por primera vez en su vida Dara habla sin tapujos de su relaciòn con el entonces coronel Markevich, y Jovanka se horroriza y le dice que nunca le gustò esa sombra negra sobre Tito, y le sugiere que nunca es tarde para nada. Al despedirse, la octogenaria le afirma a Dara que quizàs nunca se vuelvan a ver màs, pero que para ella que nunca le gusta dar entrevistas ni hablar de nada, la visita pasarà a constituir uno de los momentos màs inolvidables de su vida. Dara regresa al hotel con una sonrisa a flor de labios. Se quita su traje tìpico, se baña, se arregla soberbiamente y està lista para ir a cenar con los Markevich.
La cena transcurre entre sonrisas y anècdotas de la orquesta de los niños. Los hijos de Giorg estàn fascinados con ella, y la niña que lleva su nombre menciona que ella quiere ser violonchelista tambièn. Una vez terminada la agradable velada, después que Giorg ha prometido llegar a Parìs cuando vaya al congreso de pediatrìa, y que ella escribirà a sus hijos, Giorg la llega a dejar al hotel. Està cansada pero se va a dar un baño caliente. Lo necesita. Mañana parten por tren hacia Viena. Entra al cuarto de baño y en la bañera seca està un estuche. Es su violonchelo que dejò abandonado en Belgrado tantos años atràs cuando saliò gravemente fracturada y cubierta en sangre. Sentado sobre la tapa del inodoro està Milan Basil Markevich, sin una hilacha de ropa encima. Tan seguro de sì mismo, casi con la misma pinta que tenìa cuando el incidente hace tantos años. Solo unas canas màs. Ya te olvidaste que opinaste que parecìa renacuajo? Sigue parecièndolo, se dice Dara antes de sacar el violonchelo hacia la alcoba. Los pasos de Milan Basil Markevich no se oyen sobre la mullida alfombra azul. Viene descalzo tras de ella.-Què te hace pensar que caerè otra vez?-le pregunta ofuscada.
-Solo el hecho de que estès alterada ya lo dijo todo-susurra el viejo militar antes de llevarla al lecho.
Al dìa siguiente, antes que el alba se haya escurrido sobre las sàbanas del lecho que ocupò Dara en el hotel, Milan Basil Markevich ya se ha ido. Nadie lo vio salir del hotel. Dara no tiene tiempo para pensar, se viste apresuradamente porque el tren partirà sin ella si no se da prisa. Va tan apresurada que ni se le ocurre pensar en nada màs.
Cuatro meses màs tarde, Giorg Markevich efectivamente arriba a Parìs para participar junto a otros 3 doctores serbios en el congreso de pediatrìa. Al llegar al estudio de Dara se lleva una sorpresa: la mujer ostenta una pequeña barriga gestante y una gran sonrisa de felicidad.
Dara se lo lleva a casa,donde lo alojarà. Ahì, cenando, Giorg le cuenta que su padre ha muerto. Ha sido una muerte curiosa pues poco después de la visita de la orquesta infantil a Belgrado, èl lo encontrò colgado del cielo raso de su casita, con una cuerda de violonchelo al cuello y completamente desnudo, salvo por unos audífonos y un aparatito de MP3 colgado de la oreja izquierda. Al parecer, el general retirado habìa estado oyendo al momento de quitarse la vida el medley de canciones yugoslavas que fueron favoritas de Tito, interpretado por la orquesta infantil de Dara. Giorg mencionò que su padre jamàs habìa quedado bien después del conflicto bèlico que se dio en su paìs, era un lisiado de guerra pero màs lisiado de la mente que del cuerpo, y que aunque su suicidio lo habìa dejado muy apesadumbrado, èl ya se imaginaba que su padre, quien acarreaba tantos traumas y remordimientos, podrìa acabar asì. Lo enterraron sin mucha ceremonia y la casita la estaban alquilando a una joven pareja. Giorg sacò una caja de madera de su maleta y se la dio a Dara. Le explicò que habìa dejado una nota de suicidio y en ella especificaba que sus escritos le fueran llevados a Dara, quien entenderìa. Dara tomò la caja y la llevò a su despacho antes que su esposo regresara al dìa siguiente de su viaje a Holanda. Abriò la caja del violonchelo y vio que la faltaba la cuerda màs gruesa. Era la que habìa utilizado Milan Basil Markevich para quitarse la vida. Dara posò una mano sobre su barriga. Era justo. Una vida por otra, a como hubiera dicho Tito en el cenit de su poder y sabiduría. Làstima que habìa costado tantas vidas el poder llegar a una paz aparente que no tenìa nada de calma, porque las cicatrices de la guerra, y el particular de su guerra entre Milan Basil Markevich y ella, habìan dejado heridas y consecuencias que ni el tiempo curarìa por completo.
3 de marzo de 2008.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Buen relato Cecilia, felicidades. Benjamín.