Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

domingo, 3 de febrero de 2008

de machorra a coneja


Catalina de Médicis, la madraza intrigante
Cecilia Ruiz de Ríos
Cuando el soberano galo Enrique III contempló el cadáver de Catalina de Médicis, reina de Francia, dijo,"Parió varios hijos, y varias guerras. Construyó castillos y destruyó poblaciones enteras. Ay, qué señora!" Muerta un 5 de enero de 1589 en Blois, Francia, Catalina de Médicis es una de esas mujeres que sencillamente nacieron para ser madres, y en su pujanza por hacer el bien a sus hijos, le hizo daño a Raimundo y medio mundo.
Catalina de Médicis había debutado en este mundo un 13 de abril de 1519 en Florencia, siendo hija de Lorenzo Di Médici (Duque de Urbino) y su esposa francesa Madeleine de la Tour D´Auvergne, una princesa Borbónica con muy buenas influencias. Poco después de su nacimiento Catalina quedó huérfana de madre, ya que la linajuda señora que la parió murió de fiebres puerperales. Catalina gozó de los mejores tutores en una época en que muchas niñas no recibían ninún tipo de educación, y las monjas la disciplinaron en Florencia y Roma bajo estrictas normas del convento. En 1533, siendo considerada como uno de los costales de reales más atractivos de Europa, su tío el papa Clemente VII la casó con el heredero del rey francés, el taciturno Enrique quien a estas alturas era apenas duque de Orléans. Enrique, a quien su secuestro en manos de los españoles para liberar a su papá el rey Francisco I le había dejado el carácter agrio y hosco, no escatimó malos modales para hacerle saber a Catalina lo indeseada que era. En abril de 1547, Francisco I murió con las vísceras podridas y Enrique pasó a ser Enrique II de Valois, rey de Francia. Ya estaba perdidamente enamorado de la linajuda Diana de Poitiers, quien era mucho mayor que él.
Diana sin embargo era una querida muy particular, y estaba lo suficientemente segura del amor de Enrique como para no ser celosa. Apreciaba de veras a la fea y gorda Catalina, le tenía lástima porque la muchacha no concebía, y optó por forzar a su regio amante a que consumara el matrimonio, por muy desagradable que esta faena le pareciera al odioso y barbudo Enrique. Catalina por su parte se tragó sin respirar una asquerosa poción que el médico y astrólogo judío Miguel de Nostradamus le dio para promover la fertilidad, y pronto estaba pariendo como una coneja activa. De sus 10 hijos, 7 sobrevivieron hasta edad adulta, aunque varios de ellos llevaban severas deformidades y debilidades físicas. Al verse llena de hijos, la dicha de Catalina no tuvo límites. Diana, quien ya había sido buenísima madre de dos niñas habidas de su marido, le ayudó a Catalina conseguir buenas niñeras, y le auxiliaba en la crianza de los infantes reales. Catalina vivió ocupadísima con sus niños hasta que fue nombrada regente cuando Enrique II estuvo ausente durante el sitio de Metz. Su habilidad política y elocuencia fue elogiada tras la victoria española de San Quintín en Picardía en 1557.
El destino le tenía reservado grandes sufrimientos a Catalina. El 30 de junio de 1559, Enrique II, desobedeciendo sus ruegos, optó por ignorar una profecía que Nostradamus, astrólogo muy allegado a la corte, había hecho. Al romper lanza con el Conde de Montgomery, una astilla se albergó en el yelmo real, perforando el ojo de Enrique y causándole una grave lesión en la cabeza. Catalina lloraba a mares al ver a su esposo postrado en cama con la cabeza perforada cual macabra brocheta, y el rey murió el 10 de julio tras diez días de espantosa agonía. Catalina le quitó las joyas de la corona que Diana de Poitiers tenía y la mandó a recluirse en Anet. Como regente nuevamente, asumió el poder. Francisco II, uno de sus hijos y por cierto casado con la futura reina escocesa María Estuardo, fue coronado, pero no duró mucho en el trono pues murió con los oídos infectados un 5 de diciembre de 1560. Le sucedió otro hijo de Catalina, Carlos IX. y la cosa se puso color de hormiga. Tres guerras civiles por asuntos de religión se desataron entre 1560 y 1570, luchando contra extremistas católicos que querían ejercer dictadura sobre la corona y peleando contra los hugonotes (protestantes) por otro lado. Trató de apaciguar los pelitos entre facciones religiosas diversas casando a su hija Margot con el rey de Navarra, Enrique de Borbón (futuro Enrique IV y por cierto el mejor rey que ha tenido Francia), pero poco después de la boda entre estos dos se desató la matanza de La Noche de San Bartolomé en agosto de 1572 en una de las masacres más sanguinolentas de la historia. Dedos acusadores apuntaron contra Catalina como la artífice de la muerte de almirante Gaspar de Coligny, quien era de la facción de los hugonotes. En mayo de 1573 Catalina estaba preocupada por el la elección de su hijo Enrique, duque de Anjou, como rey de Polonia.Este dejaría muy mala estampa en Polonia y retornaría a Francia tras la muerte de Carlos IX, arribando a París en agosto de 1574 para coronarse como Enrique III, uno de los reyes más sanguinarios y depravados de la historia. Catalina no podía influir en Enrique III dado que era muy apegado al catolicismo de la boca para fuera, como máscara para ocultar sus perversiones.
Atrás quedaba la mujer que había diseñado el castillo de Chenonceaux como obra maestra de la belleza renacentista. Catalina era una pobre vieja enferma irrespetada por una buena parte del pueblo francés, quien nunca le perdonó ser extranjera.
Francia se precipitaba hacia el caos cuando ella murió en Blois ocho meses antes del asesinato del odioso Enrique III, quien cumplió aquello de quien a hierro mata a hierro a hierro muere.
Catalina ha gozado de una leyenda negra como italiana intrigante que lograba lo que fuera necesario usando traición y veneno, y su gusto por los astrólogos y charlatanes delataban que era una mujer supersticiosa. Un vidente le había hecho el pronóstico de su muerte y por eso había huido a Blois, sin saber que la huesuda ahí le aguardaba. Como mujer, se vio profundamente humillada por el amor que su esposo le profesaba a Diana de Poitiers, quien ostentaba el título de favorita oficial. Como madre, sufrió el inmenso dolor de ver a varios hijos morir chiquitos o en la flor de la juventud. A pesar de sus esfuerzos por guiar a sus retoños hacia el bien y la felicidad, hizo mucho daño a otros y hasta a sí misma en su sed por ser la madraza protectora. Al propiciar las bodas de sus hijas Margot y Elisabeth con Enrique de Navarra y el detestable Felipe II de España respectivamente, les compró boleto directo hacia la infelicidad. Sin embargo, esta mujer figura como uno de los íconos políticos de la historia renacentista quizás precisamente por su celo como madre.