Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

domingo, 10 de febrero de 2008

La Carta del Corazòn Ruso



Cuadros de una Exposición
“A veces el corazòn tiene razones que la razòn desconoce.”Blaise Pascal, matemàtico y filòsofo francès.


“Alguna utilidad debe haber en dar la vida por algo en lo que uno cree, y quizàs eso es lo que motiva al patriota o al amante. Yo, para desdicha o gozo, he sido ambos. Ambos son catalogados como pendejos de cuidado por los cìnicos y los pragmàticos. Cuando me dijeron que yo iba a trabajar con vos de asesor en el instituto recièn creado para administrar pensiones militares, uno de los cargos claves en el nuevo ejèrcito luchando por profesionalizarse, me preguntè si yo, conocido en ese contexto como el mayor Modesto Pedro Murillo, de veras iba a aguantar el gas, como se dice popularmente. Maceta de madre, me dije atusàndome el bigote de escobillòn oscuro que tenìa entendido volvìa locas a las fèminas, y para colmo enseñarle a la muñeca de sala que es la cuarta esposa del ministro de defensa, a trabajar. Me habìan hablado tan mal de vos, mujer, que yo te albergaba asco sin conocerte. El general de casi 58 años habìa enviudado de las tres mujeres anteriores y tenìa un chorro de hijos insolentes de esas uniones, y al casarse por cuarta vez habìa escogido lo màs cercano a una Barbie en la cuarentena, con amplio pedigree màs notable que el de un caniche campeòn de Animal Planet, tìtulos para regalar de universidades inglesas y un nombre tan rimbombante como Isabella Mercedes. Todos los oficiales decìan que te habìan dado el cargo por ser el culo oficial y con anillo del general Emerson con quien ni hijos tenìas, y que estabas nombrada con el encaje de tus calzones Victoria`s Secret. Para entonces yo ya albergaba una confusiòn olìmpica en mi cabeza, pues después de una caìda por las escalinatas de mi casa dos años antes de nuestro encuentro, aùn con una goma de campeonato, habìa quedado padeciendo de jaquecas y hasta con dificultades hasta para recordar el nùmero de placa de mi carro viejo o la comida favorita de mi gata Nastassja. No le voy a enseñar nada del teje y maneje del instituto a esta vieja moña reencauchada, ell atranqukila echàndose el chorro de billetes y yo solo a enseñarle a robar màs, suave, al dibujar bien las cosas y me quedarè con el cargo yo, eran mis propòsitos malèvolos.
“Te fijas que cuando màs planificas una acciòn, màs pronto te aterriza derrotado el plan a tus pies? Fue exactamente lo que me pasò a mì. Aquel lunes lleguè a las oficinas remozadas con mi mejor uniforme, las botas lustradas y perfumado como una puta francesa, con el bigote atusado y un maletìn nuevo que comprè a pesar de ser cuero de lagarto y por eso horriblemente antiecològico, y cuando tu secretaria me dirigiò hacia tu elegante despacho, llegò inesperado el tiro de gracia para mis maquinaciones. Tenìas la versión de los rockeros ingleses Emerson Lake y Palmer de Cuadros de Una exposición en tu estèreo. Me puse la mano al pecho, sobre el mismito corazòn que jamàs sospechè que te darìa en todo el sentido de la palabra, y me detuve. Un presagio verde, alguien corriò sobre mi futura o antigua tumba, què pasa, no distingo nada, motas verdes en el aire. La secretaria me mirò alarmada, preguntàndome si me sentìa bien. Sonreì con la mueca de picardìa que me consta hace estragos en las hormonas mujeriles, y seguì caminando. El maletìn ocsuro de piel de lagarto me pesaba horrores. Còmo fui tan estùpido, por ostentar nomàs, de andar cargando un maletìn que iba vacìo, pero que por sì solo, quizàs porque llevaba el alma del pobre animal a quien sacrificaron para hacerlo maletìn, pesaba demasiado? No iba a ser posible odiar a alguien que escuchaba mùsica rusa, por muy mayoneaseada, manoseada y malmatada que estuviera por los ingleses.
“Sinceramente no esperaba ojos atigrados, ni un aire de vulnerabilidad ni un olor a incienso. Tenìas 49 años cumplidos, pero no evidentes. Andabas unos aretes de diosa babilònica, lo primero que te preguntè fue si no tenìas la versión original de la obra que estabas oyendo. Fue cuando me dijiste, con tono casi de reverencia religiosa, que sì, y que tenìas todo del autor, que era tu predilecto. De ahì en adelante parece que a los dos se nos olvidò que ìbamos a ser titular confundido y asesor mundano y diestro, Me mostraste la oficina, contiguo a la tuya, que serìa mi despacho. Apreciè tu sinceridad cuando me dijiste que eras experta en estadìsticas, y que hasta habìas dirigido la orquesta juvenil del conservatorio de Parìs en varias ocasiones, y que de seguridad social apenas sabìas de los mùltiples, humillantes y engorrosos tràmites que tu tìo Jonàs, el genio loco de la arquitectura, habìa pasado para que le dieran una miseria de pensiòn por parte del seguro social a nivel nacional. Tenìas la buena voluntad que cualquier oficial que se retirase de la fuerza castrense lo hiciera con suficiente moneda como para poder comprarse una libra de frijoles por dìa, y que te dolìa el alma que no estabas segura de tener el tener que ver a los ancianitos haciendo cola bajo sol y lluvia solo para que le dieran suficiente para montarse en un taxi e irse a casa a acostarse sobre el doliente estòmago vacìo. Pero no tenìas ni la màs china idea de còmo ibas a hacer funcionar el complicado engranaje. Pensè que tenìas un arma màs decisiva que el resto de funcionarios que eran nombrados en sus cargos por pagar favores y que jamàs albergaron un àpice de voluntad por ganarse honestamente los sueldazos que les pagaban. Tenìas ganas de trabajar por los demàs, y a pesar de haber sido criada en cuna de oro y con todos los privilegios a tu favor, seguìas siendo sencilla y nada de la tufosa extranjerizante muñeca de sala que me habìan dicho que eras. Que atrevimiento, pero hasta comprendì por què el general Emerson, en lugar de casarse con cualquier jovencita aprovechada y golosa, hubiera preferido una cuarta esposa cuarentona. “El jaque mate me lo diste cuando me preguntaste en perfecto ruso si habìa leìdo a Pushkin.
Habiendo pasado, en esta vida, cursos en la Academia Frunze de lo que era entonces la Uniòn Soviètica, comprendì tu pregunta y te añadì que no solo a Pushkin habìa leìdo, sino tambièn a la Akhmatova, a Lomonosov, a los dos Tolstois y a Dostoyevsky en el original, sin olvidar a Gogol y los escritos de esta germana màs rusa que los rusos que acabò siendo Catalina la Grande. Mucho nos reìmos del pobre Frunze ya que me dijiste que sospechabas que la operación que Stalin le mandò a hacer en el estòmago(el cual funcionaba bastante bien gracias) para colmo en la noche de brujas de 1925, habìa sido un asesinato disfrazado de operación fallida solo para que Stalin pudiera sacarse del pelo a su amigo imprudente. Por lo menos fue màs discreto que el rubicundo rey de Enrique II de Inglaterra cuando gritò que lo libraran del cura Tomàs Beckett, y luego se echò a dormir la siesta mientras 4 cepillos hicieron del religioso un buen salpicòn en las gradas de la catedral de Canterbury. Apreciè tu fino sentido del humor, apenas amargo como el dulce de toronja, y me dije que habìa encontrado la talla perfecta. Pero…y mis planes de serrucharte el piso? A la mierda, jodido, al carajo. Pero no lo dije en voz alta, ni en ruso ni en castellano.
“Trabajar con vos fue algo extraordinario. Eras una trabajòlica perfecta, y tuviste muchos escollos que quitar de en medio cuando comenzaste a implementar el plan maestro de la institución. En realidad la parte tèorica te la enseñè yo, pero habìan cosas que no estaban en los frìos documentos que los pusiste vos por instinto. Hasta tu esposo, sonriente bajo el bigote entrecano de morsa contenta, opinaba que habìa creado un monstruo en vos. Lo peor fue cuando te enfrentaste con el mamarracho de presidente que tenìamos –y eso que me confesaste que vos nunca habìas ido a las urnas a votar, ni tu esposo tampoco-y le dijiste que todos aquellos que habìan sacrificado tanto, familia, manos, pies, vista y salud, por no decir la mismita vida, merecìan una pensiòn digna aunque como patriotas no pedìan nada a cambio al hacer su entrega. Los mismos mandos estaban hasta un poco asustados, y tu esposo dijo que te tomabas demasiado en serio tu cargo, añadiendo que èl jamàs irìa a dirigir las tropas si los ticos se nos querìan comer el Rìo San Juan Yo me iba a quedar un año màs, a lo sumo, como asesor tuyo, ya que la alumna habìa salido màs sagaz que el profesor, cuando nos dimos cuenta que iba a ser un lìo aprender a vivir otra vez sin que tus ojos atigrados estuvieran fijos en mi bigote de escobillòn. Como desaprender la costumbre de tomar tè negro de un samovar ruso humeante a las 4 de la tarde, o a no leer la tabla periòdica de los elementos de Mendeleiev escrita en el ruso original, esa tabla que colgaba cerca de tu computadora y que era como un talismán o un sutil recordatorio de la quìmica extraña que estaba sucediendo entre vos y yo? Incluso me tradujiste al ruso varios poemas de Darìo y Salomón de la Selva, y yo los guardè y cuando bebìa con mis amigos, sin poder parar porque necesitaba ahogar tu sombra en lo que fuera, los recitaba a gritos en la mesa de tragos y decìan que Pedro Murillo estaba completamente loco? Cada vez bebìa màs, y a veces era difícil ocultarte mi aliento a alcohol, y sabìa que te iba a avergonzar, vos que ni cerveza tomabas, y que la secretaria notaba que a veces me dormìa en el escritorio y escribìa apenas me despertaba, sin poder parar, y me daba por llorar sin hacer mucho ruido pero evocaba a un Víctor quien no sabìa yo a ciencia cierta quièn era, pero que gravitaba gentil y apenas sonriente entre el éter de estupor de mi pobre cerebro embotado en licor. Sabìa que llamarlo era inútil, que ya no estaba, y abrìa mi gaveta y habìan unos dibujos lindos con su firma, y volvìa yo a llorar.
“Me mandaste donde el mejor siquiatra, pero ni ese profesional me podrìa sacar el elìxir de veneno que vos misma me habìas dado sin saber lo que hacìas. Pude ver detrás de la màscara de la madrastra de lujo de fines de semana, la perfecta doña que servìa pastelillos y se reìa de los tatuajes obscenos y los aretes por docena que andaban los hijos de tu marido. Te veìa contener el llanto cuando salìas del baño aledaño a tu oficina y te sacabas la chaqueta hacia fuera del uniforme, porque te daba miedo manchar de carmesí de regla el asiento de los pantalones o la mullida silla giratoria. Siempre me baja la regla cuando ando este maldito uniforme de tanquista, lo que cuesta salirse de èl antes de tener un derrame, le decìas a tu secretaria haciendo un esfuerzo para tomarlo todo a la ligera,y ella te ripostaba que no era normal que no tuvieses menopausia aùn.
“Otra vez la decepciòn, el vacìo, la nada, el ànfora sin cenizas ni polvo que pudiera hacerse carne, la tierra baldìa, los hombres, en esta ocasión ,las mujeres huecas como plasmaba T. S. Eliot, somos los hombres huecos, la pieza de la cabeza rellena de paja. Una inmensa estepa inmune a la lluvia. Tu vientre estaba lleno de nada. Te podìa entender. Yo no tenìa hijos tampoco. No tenìa esposa a quien preñar. Amorìos habìa tenido a montones...Nada màs. No servìa de mucho ser el alma de la fiesta, el hombre de la pata hueca, como decìan los irlandeses para designar a quien bebe y bebe licor sin que se le note, tocar el piano y sacar de las teclas cualquier cosa que fuera escuchable, desde Chopin hasta la Sonora Matancera. No creo que hayas olvidado aquella noche que te llamò tu esposo desde Panamà, que se iba a estar una semana màs con altos oficiales del comando Sur de las fuerzas gringas porque ya estaban hartos de estar bailando con la loca de los SAM 7 que si los convertìan en ceniceros o en bacinillas para la mujer del presidente, y yo me dije que era ahora o nunca. Te reasegurè que no era ningún plan maquiavèlico, pero que precisaba de vos peor que el asmàtico precisaba de una buena bocanada de aire, y me puse la Makarov al cielo de la boca, alborotando tu trauma de cuando tu hermano hizo lo mismo pero sì se disparò porque nadie le hizo caso a tiempo. Si no estabas conmigo me iba a morir, fue dicho en tono de amenaza, pero resultò ser como pavoroso enunciado profètico. Venìamos de descubrir que Juan Pablo II se habìa equivocado al quebrarle el negocio a la iglesia con que el infierno no existìa, y nos sentìamos Vasco Da Gama pasando por la puntita del Africa porque sì habìa paraíso en la tierra y nos pertenecìa cuando no vimos el camiòn de la cervecerìa dirigièndose contra nosotros en la carretera. Fuiste una muñeca macabramente rota cuando el timòn del auto que manejabas con nosotros felices adentro se hundiò en tu pecho, donde minutos antes yo, realizado y aliviado, habìa descansado mi oscura cabeza tras tocar las llamas del infierno y las trompetas de los arcángeles celestiales al mismo tiempo.
“4 costillas fracturadas y una lesiòn cardìaca fueron el resultado de la colisiòn para vos, Isabella Mercedes.. A mì nada me pasò aparte de unas escoriaciones y el impacto que me dejò todo magullado. Te dejaron hospitalizada con un montòn de tubos lànguidos, ofensivos y transparentes. Le avisaron a tu esposo pero no vino sino a los tres dìas del accidente. Nadie dijo que yo iba con vos en el auto. Tres dìas tardò tu cónyuge para deshacerse de los mandones gringos y poderte venir a ver. El vacìo en tu oficina era sòlido. Pero tres dìas fueron suficientes para que mi vida cambiara para siempre. Ya sè que la privacidad ajena es sagrada pero no lo pude evitar. Hurguè en tus gavetas, en tu computadora. Me llevè la sorpresa de ver el manuscrito de la obra Cuadros de Una Exposición que vos habìas arreglado cuando tuviste tu experiencia con la orquesta juvenil del conservatorio francès. La orquestación era centelleante, tornasolada. Ni maestros como el francès Ravel ni el excèntrico Leopoldo Stokowski habìan hecho algo similar. Debe de haber sido sensacional cuando la tocaste. Hallè un cassette viejo donde estaba grabada la obra cuando la dirigiste vos, siendo los mùsicos niños entre 4 y 19 años de edad. En la misma gaveta estaba tu diario. En tu letra menuda, como de hormiga con frìo,escribiste,”No estoy loca. Es èl. Es èl. Con quien tanto soñè antes que mis padres me llevaran del moño de pelo a la fuerza a Inglaterra para que estudiara estadìsticas, contra mi voluntad. Es Modesto por fin. La historia es cìclica, Arnold Toynbee, tenìas razòn. Mi incompetencia, mi esterilidad, mi vacìo existencial lo llamò y vino. Siendo vana, atea, pleitista, fanàtica, machorra y odiada hasta por la basura de presidente que tenemos, lo traje. Lo merecì. “
Fue cuando me dì cuenta que yo ya no era el aprendiz de Playboy chinandegano que creìa todas las letras de rancheras de Vicente Fernàndez, sino lo que fui en la Rusia del siglo XIX. El oficial inquieto, elegante, quien aplaudiò la emancipación de los siervos a manos del Zar Alejandro II en 1861 aunque esto le costò la prosperidad a mi familia terrateniente y estirada.El ex militar sin pensiòn luego venido a menos como funcionario pùblico de pacotilla, siempre àvido de exaltar los valores nacionales, enamorado del arte y un poco de mi amigo Victor Hartman, a quien inmortalicè màs con mi mùsica que por la genialidad de sus obras pictòricas. Yo era el mismo dandy de quien se reìa mi compañero de grupo Kolya Rimsky-Korsakov mientras yo le recordaba que un ancestro suyo navegò por las enaguas perfumadas de la zarina Catalina la Grande. Yo creo que como desquite por esas burlas sobre el pasado poco sabroso de su antepasado, tras mi muerte Kolya me agarrò mi òpera Kovantschina y la jodiò tratando de terminarla. Eso sì lo logrò: le dio punto Terminal a punto que hoy en dìa solo tocan la danza de la esclavas persas en conciertos dominicales. Claro que era yo mismo, Modesto, el que un dìa le dijo a su amigo Alejandro-quien era buen quìmico, compositor y militar a la vez pero no recordaba cuantos desayunos habìa comido en el dìa-que un dìa iba a dejar llorando a todos en medio de una parranda y asì sucediò 6 años luego que yo me fui del mundo por primera vez solo y abandonado en un hospital el dìa de mi cumpleaños en 1881, en medio de delirium tremens viendo diablos azules.
“Como podìa haberme confundido? Lo ùnico cierto era que no querìa repetir el ciclo horrible de mi vida, hacerme un alcohòlico lastimero, un piruca como se dice popularmente, y morir solo y sin vos porque ya tenìas la vida hecha. Fui a mi casa y ordenè a mi criada lo que iba a hacer. Pasè una mano cariñosa por mi gata rusa azul Nastassja, sabiendo que iba a quedar en buenas manos tuyas. Puse todo en orden y me fui al hospital donde estabas vos. Tenìa que hacer que mi vida continuara como algo valioso, no como lo que podìa ser si esperaba que el ciclo inexorable del destino o kismet diera su vuelta entera. Me presentè ante los doctores e hice mi humilde ofrecimiento. Tu esposo no dijo nada. En realidad nunca decìa nada. Eso era un atenuante si ibas a quedarte con èl una vez que yo hubiese partido. Cuando algunos se casan o se van a la cama, se dan corazones de dulce o de papel para que la pareja entienda que estàn enamorados. Eso era pueril y no iba a entregarte semejante pendejada.. Tras el impacto del timòn en el pecho, vos por supuesto que ibas a necesitar mucho màs que niñerìas rosas de adolescente mimado. Yo estaba listo a dàrtelo, Isabella Mercedes. Te acordàs que al inicio de esta misiva dije que iba a dar el corazòn? Ahì lo tuviste. Nos llevaron a ambos a Cuba y ahí te hicieron el trasplante. El resto de mi cuerpo no regresò, fui sepultado allà tras firmar mucha papelerìa indicando que era algo voluntario y nada de negocios. Curiosamente la cicatriz que te quedarìa serìa mìnima y pronto podràs lucir escotes cuando te apeès tu uniforme militar al llegar a tu casa. Casa, no hogar. Eso lo hubieras tenido conmigo.
“Te preguntàs por què quise que siguieras viva, aunque lo hicieras ya sin mì. Llevàs mi corazòn, y con èl aprenderàs a amar a como debe amarse a los demàs, al paìs, que aunque hecho mierda por los gobernantes corruptos y funcionario infuncionales, es la patria. Amaràs a como ya sè que adoràs a mi peluda Nastassja …o si tuvieras tu propio hijo,lo cual no serìa remoto y luego te explico por què.
“ Yo, como Modesto Petrovich Mussorgsky, compositor nacionalista ruso nacido en un 28 de marzo de 1839 y en esa misma fecha en 1881, quizàs amè demasiado y por maje me metì al tal grupo de los Cinco, donde solo Borodin me apreciaba de verdad.. Los otros siempre me odiaron cordialmente, y gustaron de mi moneda para pagar una cantidad de vodka pero nada màs. De ellos nada quedò de consideración, Balakirev sigue siendo un incògnito en las pàginas de la historia y de Cèsar ni Cui le llaman los crìticos. Alejandro Borodin morirìa en medio de una fiesta asustando a medio mundo, pero no sin haber dejado un puñado de obras valiosas y muchas deudas… y Kolya las pagò toditas con ese alumno demonìaco Igor Stravinsky a quien le tocò adiestrar.
“En tu escritorio quedaron todas mis obras manuscritas para que las conservès y les des divulgación desde tu posición de autoridad, desde la Noche de San Juan en el Monte Calvo hasta Cuadros de Una exposición, originalmente para piano, que dediquè a mi amigo Victor Hartmann., la formidable Boris Godunov, y la llamo asì a mi òpera porque aunque Balakirev y Cui-que decìan ser mis amigos-me tildaban del perfecto idiota, el maricòn de Pedro Tchaikovsky decìa que yo tenìa talento y era obvio. Con vos yo lleguè a mi completamiento, mi colmo y mi reivindicación ante la historia. He dado mi corazòn de patriota por alguien quizàs màs patriòtico que yo, porque siempre fui un fanàtico de mi paìs, aùn cuando tuvo malos gobernantes como los tenès vos en el tuyo. No importò que 7 años tras mi muerte el gigantón nefasto del zar Alejandro III prohibiera que Boris Godunov fuera ejecutada en la òpera nacional, al fin y al cabo uno sabe de donde proviene la mierda y ese monarca era un culo sobre patas.
“ Me llamaste tanto desde tu vacìo que tuve que venir a Nicaragua y ocupar el cuerpo de otro para llegar a vos. Pero antes de que terminès de leer esta carta que te dejè para que la abrieras una vez que yo me hubiese ido, debo pedirte una sola cosa. Allà en Cuba, en el hospital donde te operaron, un doctor llamado Danilo Melèndez tiene otro legado mìo para vos. Es cosa tuya pero no la pensès tanto, porque dentro de dos años comenzaràs tu menopausia. Por supuesto que no serà lo mismo que si hubiera sido por medios gozosamente naturales, pero Melèndez guardò una muestra de semen mìa y basta descongelarlo para que cumplàs tu màs preciado anhelo. La batuta queda en tus manos para dirigir lo que podrìa ser la orquesta de tu futura felicidad, y agregar un retrato màs a los Cuadros de esta exposición.”.
Tuyo siempre y gracias por existir,
Modesto Petrovich Mussorgsky
a travès de Cecilia Ruiz de Rìos

10 de febrero de 2008

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