Bienvenidos a El Mundo según Cecilia

Ni en broma ni en serio sino que en ambas formas y gracias a la guìa de mi hija Elizabeth, aquì estoy dando a luz a mi cuarta intervenciòn en Internet, siendo mis anteriores websites www.cablenet.com.ni/historyarte , www.cablenet.com.ni/historia/histoper y www.cablenet.com.ni/rubendario .Soy Cecilia, historiadora y profesora de idiomas tan orgullosamente nicaraguense como nuestro rìo San Juan, tengo 48 años y 27 dìas al momento de comenzar este parto, y es un intento por saltarme la barrera de las censuras, derribar el muro de Berlìn de los convencionalismos gazmoños y evitar que mis aportes se vean entorpecidos por la mediocridad. Aquì encontrarèis mis artìculos sobre historia, mis relatos de terror que sacan tinta de la sangre de los campos de guerra de la Nicaragua violenta de los años80, mis pensamientos filosòficos y mi amor incondicional por los animales. Quizàs sea la màxima expresiòn del egocentrismo militante y el sadismo utilitario, pero os prometo que no estarèis indiferente a nada, que ya es algo en este mundo de tedio y aburrimiento. Pasad adelante y gozad, o a como dicen los "cops" en Estados Unidos: Relax and enjoy it!
Cecilia Ruiz de Ríos
31 de octubre de 2007,Managua

jueves, 1 de noviembre de 2007

Saludo de Amor


SALUDO DE AMOR



Para Julio Max Blanco.

“ Porque cada vez que tú lloras, lo siento en el alma.”

El Soldado Desconocido.
Salomón de la Selva.


Amanda se sentó en las graditas un momento antes de entrar al aula de clase, donde el piano Steinway era lo que más acaparaba la atención. Juan Marcos Benavente, su profesor de teclado, en esos momentos estaba tocando el Saludo de Amor de Sir Edward Elgar.
Amanda lo escuchó detenidamente. Era un momento de desnudez sentimental del maestro, y no quería entrar a pescarlo en comunión con sus recuerdos. La Fernanda. Tema recurrente del maestro Benavente, quien era tan dulce y jovial que los alumnos jugaban con su apellido y le decían Buenamente. Mano de hierro con guante de seda, o rosa y rebenque, a como dijo Jorge Amado en Tereza Batista Cansada de Guerra. No era secreto alguno que el maestro Benavente añoraba los tiempos felices con su esposa Fernanda, quien había muertos años atrás , dejándolo, a como él mismo decía, “ como papalote sin cola”. La Fernanda, La Nanda, La Nanda decía, las manuelitas que hacía La Nanda, el sombrero de pamela como le lucía a La Nanda. Y como tomaba la viola, ese instrumento ronco que a veces hablaba con voz humana, era el Saludo de Amor de Sir Edward Elgar.
Saludo de Amor y La Fernanda. El maestro Benavente finalizó la pieza y Amanda entró a aula. El profesor la bendijo. Era un rito entre maestro y alumna, a pesar de que el profesor era católico, apostólico y romano, según su autodefinición, y la muchacha de los hombros de Charles Atlas provenía de una familia en la que había desde Judíos asta Budistas.
“ El buey no puede trinar como jilguero,” repitió por enésima vez el maestro Benavente escuchando a su alumna hacer trizas al piano la sonata en do de Mozart. Tenía talento, memoria prodigiosa. ¿Por qué se empeñaba en correr como si un demonio la siguiera? Miró detenidamente el teclado. Sangre. Le tomó con suavidad la mano a la muchacha y vio una cortadura abierta.
“Estuve pelando papas hoy y el cuchillo tenía hambre”, _ dijo Amanda_.
El maestro Benavente le dio un beso en la cortadura: _ sana casana, culito de rana, si no sanas hoy sanarás mañana...
Amanda volvió a tocar a Mozart con una sonrisa en los labios. Una vez que terminaron la lección, la muchacha lo convidó a ir a una surtida pulpería ubicada en el barrio que colindaba con el conservatorio. Mientras Amanda apuraba una cocacola, el maestro Benavente sorbía una cerveza. Tenía ojos de gitano tras los gruesos lentes, cabellos de obsidiana y vestía con sencilla elegancia.
Mi hija se va a enojar al sentirme lo que ella llama “olor a níspero”, pero necesitaba esa cervecita, hija. Es uno de los pocos placeres que me quedan desde que se murió la Fernanda. No es que viva mal, no me puedo qujar de mi familia, sería ingrato si lo hiciera.
Solo con oírlo hablar el matrimonio me suena a glorias ininterrumpidas, profe...
El matrimonio no es una gloria ininterrumpida, Amandita. En El Viejo lo llaman la lotería, pero a mí me tocó el Premio Mayor con la Fernanda. Fuimos pavorosamente felices, por eso es que pronto la voy a ver de nuevo. Mis huesos ya sienten su llamado. A veces creo verla en el bus, o en la cola del supermercado.
_ No me venga con que le late que se nos va a morir, profe.
_ La muerte es el mal nombre que le dan al reencuentro, mi niña. Si uno cree en Dios no hay por qué tener miedo, pero como ahora estos muchachos sandinistas les ha dado por decir que utilizan a Cristo como botadero...
_ Siente algo en particular, dolores, síntomas?
_ No. Nunca me he sentido mejor. Ni la artritis me molesta tanto ya.
Es un pálpito, un olor a adiós.
_ No me gusta me gusta que me hable así... un día sin usted es como papa sin sal.
_ Aunque no lo creas, nunca vas a poder librarte de mí. Después de muerto voy a regresar para palmearte la manito izquierda cuando estés tocando mal. Incienso y limones dulces, y colonia Eau Sauvage . Ese seré yo, siempre detrás, más insistente que los custodias de los comandantes... _ y se tiró una carcajada el maestro Benavente, poniéndoles los pelos de punta a Amanda.


La conversación con el maestro Benavente había dejado inquieta a Amanda, a tal punto que cuando estaba en casa, después de la cena y cuando ya veían una telenovela, se preguntó cuanto ataban los lazos de amor. No era algo como decía D. H. Lawrence en El Amante de Lady Chatterley, obra que Amanda había leído a los once años de edad sin entender la mitad de lo que en ella se decía. No eran esos lazos de amor, o lo eran?
_ Que harías vos si se te muere mi papá? –preguntó Amanda a quema ropa.
Rosa, quien comía cajeta de leche de un bolso de golosinas miró a su hija de reojo con mirada de “no jodás”, pero se dio cuenta que si no contestaba la muchacha iba a seguir neceando.
_ Pues lo entierro y punto, no lo voy a dejar para que se banqueteen las moscas con él a vista y paciencia de media humanidad.
_ Hablar con la boca llena es mala educación, _ dijo Amanda_, y su padre soltó una estruendosa carcajada al ver la cara de enojo de su mujer.
_ nadie se está muriendo, mujeres necias. Déjenme ver la telenovela en paz, _ dijo Genaro_.
Lazos de amor, vaya. Amanda en la cama se da vuelta. No es el dolor del masaje rudo que le dio el japonés en el gimnasio Atlas. Quiere saber de que rayos habla el maestro Benavente cuando dice que Fernanda es indispensable, tanto que la oye que lo llama. Tiene diecinueve años y si fuera católica y para colmo practicante, podría irse a confesar con un cura guapo sin tener un asomo de rubor. El mulato que la pretendía hace unos meses ha salido huyendo tras una reducción a talla cero que le pegara otro de sus profesores, el musicólogo Arguello.
Qué es eso de ser indispensable. Los sandinistas recién llegados al poder dicen que nadie es indispensable, pero Berthold Bretch dice que los hombres de vanguardia son indispensables. Que arroz con chancho... ese es un buey que no trina como jilguero! Como agarro ese trompo en la uña? Y la inmensa nostalgia en los ojos del gitano del maestro? Amanda se levanta de su cama redonda y abre la ventana. La luna entra rauda y su luz se le sienta en los cabellos cobrizos . Mechones de cálico, gata de jalea, le dice el maestro Benavente. Por lo menos no es el gato de algalia que Juana la Loca afirmaba que se le había comido la razón a su madre. Quién le explica eso de lo indispensable? El maestro Benavente es indispensable para ella, el porte fino, los modales de caballero medieval, su olor a Eau Sauvage , la mano de hierro en guante de seda, las largas conversaciones sobre la Managua que el terremoto del 72 se llevó en sangre y tragedia, el Saludo de Amor de Elgar.
Es una adorable argamasa de abuelo con mejor amigo, consejero y fuente de conocimiento. Se puede morir. Yo le prohíbo que se muera, teacher. No porque no pueda seguir aprendiendo de teclado con otro, y de hecho tendré que hacerlo cuando me vaya a Europa gracias a esa beca que usted mismo me está gestionando, no entiendo como puede quererme y a la vez alejarme de usted. Dicen que en Francia me espera una vieja brava que fue alumna de la Nadia Boulanger. Avión pues. Pero usted no tiene permiso de irse. No hay permiso de retirarse, teacher. Nadie le daría a usted permiso de retirarse ni mi madre si hablara claro, porque ella suspiraba cuando íbamos a las purísimas que usted animaba, sobre todo la del Seguro Social, que nos íbamos de coladas gracias a que mi tía Vivian trabaja ahí de delineante, y ahí estaba usted, elegante, con su orquesta. Abro un limón dulce, imagino incienso y poco de la colonia que usted se echa y ahí lo tengo, y mi madre que decía calladito, “ese hombre me trastorna”, y Vivian que le decía entre dientes si te oye Genaro y mi mama que decía que mi papa era uno de los primeros admiradores del maestro Benavente...no hay permiso de retirarse, teacher.


El maestro Benavente sonríe complacido y le da cinco pesos a Jesús López, el clarinetista que ya lo tiene loco con su sonsonete de que le compre un número de una rifa cuyo premio es un televisor a colores. Pero cuando le entrega el papel de la rifa, en el número comprado no aparece el nombre del maestro, si no el de Amanda. Jesús alza una ceja.
_Esa rifa se corre el treinta de mayo y para entonces ya no pienso estar en este mundo, _explica el maestro con una sonrisa plácida.
Jesús se pone erizo. _No diga disparates, maestro. Usted está más sano que bebé recién nacido...
Amanda ya está en el aula de clases. No ha sacado la partitura del bolso. Tiene un inmenso estuche de sombras y se está maquillando.
Viene entrando del gimnasio, y la mano izquierda maneja con destreza un pincel lleno de pintura negra.
_ con los ojos así pareces matachín, _ dice el maestro Benavente sentándose a darle cuerda al metrónomo. Pasó detrás de Amanda y no se vio reflejado en el espejo. Como si no existiera.
Amanda guarda el estuche. Saca la partitura de la sonata patética de Beethoven y le entra al rondó. No tiene prisa hoy. Toca como si el mismo Divino Sordo le estuviera guiando los dedos.
Claro, hay errorcitos, pero el maestro no quiere salirse del estado de gracia en que está. Mira fijamente a la ventana. Sonríe. Cuando la alumna termina el movimiento le dice:_ Te lo dije, Amandita.
Gorda, mirála... ahí están las dos, la muerte y la Nanda. En la ventana detrás de vos. La Nanda está tan linda como el día en que la conocí. Vienen por mí Amanda.
Amanda pierde el color del rostro. Ni el maquillaje recién aplicado puede ocultar la palidez de susto y las gotas de sudor que le perlan el labio superior. Abre la boca en una mueca de pavor y no le sale la voz. Sale despavorida corriendo del aula y cuando intenta llorar en el patio, no salen lágrimas. El viento, el canto de pájaros, el ruido del tráfico no existen. En el fondo del Conservatorio, en el aula en donde estaba, el maestro ha sacado la viola del estuche y toca el Saludo de Amor de Elgar.



Amanda hoy no tuvo apetito. Medio mordisqueo el lomo de costilla de res, sanguinolento a como a ella le gusta, y no quiso nabos. En la noche se metió a la tina de baño del cuarto de sus padres y pasó sumergida en burbujas de Aquarius de Max Factor por más de una hora. Su madre ha gritado que se salga porque se va a hacer pescado, y Amanda sigue en el baño, en la tina de agua azulada donde ha echado a flotar un patito de hule que tiene desde los tres meses de edad. Súbitamente el color del agua cambia, se hace morado y luego color vino, como sangre. Amanda se asusta, jala el tapón que impedía el drenaje y se seca en una toalla blanca, la cual queda roja. Tiene miedo. Un olor a incienso, limón dulce y colonia de hombre invade su alcoba y cuando abre la ventana, hasta la luna luce rojiza. Deben estar quemando potreros. Es mayo. Mañana la orquesta va a tocar en un aniversario más de la fundación de la Cruz Roja. Va a llegar con ojeras de mapachín sin necesidad de ponerse sombra negra. No puede dormir. El olor extraño no la deja dormir.
En la mañana, desayuna a prisa y con desgano. Cuando va a tomar el autobús hacia el conservatorio, oye que alguien la llama, Amanda, Amanda. La llaman bajito, como si la voz viniera de lejos. Sin percatarse de ello, la piel se le eriza y un escalofrío le baja por el espinazo.
Está poniendo las partituras en los atriles. Amanda pone los violines primeros, violines segundos, violonchelos, contrabajos, madera, viento, percusión. La viola. No encuentra la particella de la viola. Sabe que está prohibido llevarse a casa las particellas. Aparecen la de los otros tres ejecutantes de la viola, pero el binder sobrio y pulcro del maestro Benavente no aparece. Se regresa a la biblioteca y no lo encuentra. Está rinconeando el tiempo le juega una mala pasada. Han llamado de la casa del maestro Benavente.
Ha muerto de un infarto después de rasurarse cuando se alistaba para venir al ensayo de la orquesta. Se le ha acabado su puntualidad de caballero perfecto. Siempre era el primero en arribar al ensayo...antes que cualquiera el maestro Benavente llegaba listo para comenzar el día con más entusiasmo que un adolescente disciplinado.
No. Definitivamente que no. No es posible. Juan Marcos Benavente no tenía permiso para retirarse. Me niego a aceptarlo. Yo le dije que eran locuras. Usted no tiene derecho a asustarme así, teacher. Yo no puedo aceptar que se haya ido. Yo no le dije que se fuera! Y porque no? Porque yo lo quiero. Me es indispensable, lo respeto, me ha hecho, buena parte de lo soy he sido por obra y gracia suya, no me puede dejar a medio palo. Termine su obra, que soy yo. Ya sé que le hace falta la Fernanda. Lo comprendo. Pero usted nos hace falta. Y ahora que voy a hacer con todo el afecto que le tengo, lo voy a botar a la basura como chicle que perdió el sabor, no sabe lo horrible que es seguir queriendo cuando el destinatario del amor ya no existe. Usted mejor que nadie lo sabe, porque siguió amando a su esposa aun después de muerta y me hace algo parecido a mí...Cree que me merezco esto? Usted era el abuelo que no tuve, teacher, me perece algo horriblemente egoísta que usted se haya tomado la libertad de morirse, me deja suelta como cúcala desarbolada, usted fue el que me dijo que cuando le botan el palo en que se columpian las cúcalas, éstas quedan dando vuelta como en un triste carrusel al lado del tronco caído. Así me quiere ver usted! Es cruel, es injusto. Usted ya está con su Fernanda, y no sabe lo que me alegro por usted, pero mírenos como nos deja...



La amplia casa donde habitaba el maestro Benavente se hizo chiquita para tanta corona, cruz y rosas. Después de afinar con el la del oboe, y el ruido de zoo de los violines y trompas, después del coro de Finlandia de Sibelius, el saludo de amor de Elgar y La Muerte de Ase del Peer Gynt de Grieg, Amanda, quien se anda muriendo de calor en un traje negro, se asoma al féretro del maestro. La cara está ligeramente tumefacta, pero tiene expresión de paz. Lo vino a llevar con su sombrero de pamela y aquel vestido de chiffon que tanto le gustaba a usted, verdad teacher? Estaba de seguro hermosa, linda como cuando la conoció. Fue tanta la la alegría suya que no le cupo en el corazón y de ahí el infarto. Y la barba le viene creciendo de nuevo, la Fernanda le va a decir que va rasposo, pero estará tan feliz de verlo de nuevo que ni se va a fijar en detalles como ese. Yo en pocos meses me voy. Hoy mismo me mandaron a llamar de la embajada de Francia y voy a llenar mis papeles. Usted me preparó para vivir sin usted, me cortó el cordón umbilical y me dolió. Me va a seguir doliendo toda la vida. Entendido? Toda la vida. Me niego a aceptarlo como muerto. Y ahí me dispensa usted la falta de respeto de decirle esto.

La mujer cabecea pero se percata que la puede estar enfocando una cámara. Se alisa el vestido encima del vientre gestante y mira a su alrededor. Oye el abejorreo del sistema se sonido de la Asamblea Nacional. Están contando, _ ay milagro,¿será posible?_, están contando votos... 30, 40 a favor, y ella cabeceando. Aleja a Morfeo, ese dios del sueño intangible que la ha estado acariciando sin que ella se dé cuenta. Ella vota. El niño se mueve en su interior, dando pataditas imprudentes e insolentes. Tiene enormes ojeras bajo los ojos de ónix y el pelo de casi 4 colores precisa un recorte en el salón de belleza. Vaya descuido, después de tanto cabildeo, tanta saliva gastada, tanto esfuerzo y reuniones, todo para que en súbito conteo ya vayan aprobando la ley que le ha venido quitando el sueño desde tantos años atrás, cuando veía que siempre llegaba tarde a las agencias publicitarias, porque ya tenían un fabuloso jinglero salvadoreño o tico.
Hay aplausos, y penetran unos mariachis al salón del plenario de la Asamblea Nacional. Tiene ganas de llorar pero no puede. Solo piensa, si el maestro Benavente pudiera ver esto, si estuviera vivo, pero estoy segura que donde quiera que esté se da cuenta del paso importante que se ha dado. El niño patalea a más no poder, y la tiene exasperada. Ninguno de los dos anteriores retoños pataleó tanto. Lo va a llamar Orfeo si es varón, si es mujer Terpsícore.
No ha querido saber ni el último resultado de ultrasonido.
Toma su bolso y abandona su sitio. Los otros diputados aplauden y hacen chistes. Por fin hay ley de derechos de autor en Nicaragua, le restauraran las pensiones vitalicias a las viudas de músicos como Victor Manuel Leiva. Pensiones de verdad y no limosnas. Parece mentira.
Se mete a su modesto Volkswagen negro y apenas arranca se pregunta dónde ha dejado su capacidad para emocionarse. Va con un nudo atorado en la garganta. Manipula a ciegas los botones del tablero y ahí está, emerge dulce y melodiosa el Saludo de Amor de Elgar, justo en el momento en que comienza la pieza, y un fuerte olor a limón dulce, incienso y colonia de hombre Eau Sauvage invade el carro. El niño se apacigua en su vientre y deja de sudar. Al detenerse en un semáforo cree ver a un hombre ataviado con sencillez elegante, de cabellos negros y ojos profundos. Va sonriendo y lleva tomado del talle a una mujer bella, vestida de traje de chiffón floreado y sombrero de pamela con flores. Van felices. A como va ella escuchando el saludo de amor.
Solo que cuando llega a la casa Amanda se percata que el radio del auto ha estado apagado todo el tiempo. Una lágrima cristalina le brota del ojo izquierdo pero cuando el marido la recibe en la antesala donde sale el piano, ya va sonriendo.

Cecilia Ruiz de Ríos.


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